Alaska – Km 106.784

El vuelo desde Los Ángeles aterrizó en Anchorage a media tarde. Armar la bici y minuciosamente cada una de las alforjas me demoró tres horas. Luego dejé el aeropuerto pedaleando, bajo la lluvia. Afortunadamente pude instalarme en casa de Chris, un estadounidense originario de Minnesota que me había hospedado 9 años atrás cuando lo conocí en Addis Ababa, Etiopía. Fue una sorpresa recibir su mail justo semanas antes de volar a Alaska. Chris me seguía por la web.
Aquella tarde, él no estaba en la ciudad por ello me dejó la llave de su casa escondida, otro buen ejemplo de la amabilidad y hospitalidad norteamericana.

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Durante mi estadía en Anchorage compré algunos accesorios de camping y cosas para la bicicleta. También me acerqué al mercado del fin de semana, donde su manager me pedía pagar 95 usd si deseaba pasar el día vendiendo mi libro; “aquí somos todos iguales, y no hacemos diferencias, si quieres quedarte tienes que pagar adelantado como todos”, me dijo levantándome la voz.

Durante aquellos días creí haberme adaptado a la situación de Alaska. Debido a la inclinación del planeta, en Alaska, en el verano no oscurece y las noches no son más que un interminable atardecer. El primer día en ruta acampé a las 10 pm, pero solo conseguí dormirme pasadas las 02.00 am. El cansancio de haber pedaleado no era más de lo que me incomodaba la luz, me daba la sensación que siempre eran las 7 de la tarde. Desde entonces mis horarios se desfasaron y así durante todo mi recorrido por Alaska nunca paraba de pedalear antes de las 01.00 am. Había días que me dormía pasadas las 3 o 4 de la mañana.

08advertenciaAl segundo día arranqué más tarde de lo normal y por no encontrar un buen lugar para acampar pedaleé 169 km. Cuando empecé a armar la carpa comenzó a llover fuerte y llovió durante toda la noche. Al rato que me acosté me desperté por la presencia de un animal que olfateaba alrededor de la carpa. Ya había sido advertido acerca de los osos, que son atraídos por el olor de la comida, del shampoo, pasta dental y hasta del repelente. Por ello aconsejan guardar todo en una alacena osos-resistente por lo menos a 100 metros de la carpa, o a falta de ello colgar la comida de un árbol a la misma distancia. Yo no llevaba semejante caja y confieso que no tomé la otra precaución; porque entre el cansancio y la lluvia solo pensé en acostarme. Pero tenía conmigo un aerosol de pimienta para osos y una campanita para ahuyentarlos que había comprado en Anchorage. No se que animal fue el que se me acercó; y en aquel estado y con ese frío, no quise ni saberlo, solo quité mi brazo de la bolsa de dormir y por un rato hice sonar la campanita. Y el animal se fue, pero al rato volvió y me despertó otra vez, por ello repetí la operación. Y otra vez me salvó la campanita.

En la mañana me desperté con la ropa interior mojada; la bolsa de dormir, el aislante, la ropa y hasta las zapatillas también estaban mojadas. Pasadas las 2 p.m., todavía con lluvia, decidí salir de la carpa, cocinarme avena y comenzar a pedalear. Distaban 35 km hasta el parador siguiente donde según mi mapa había una estación de servicio, con restaurant y alojamiento. Casi sin fuerzas, sintiéndome mal y con lluvia todavía pedaleé por más de 2 horas para llegar al lugar.

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Pero en Alaska la mitad de las casas o paradores en ruta están abandonados, parecería que “el sueño de construirse una cabaña y vivir en Alaska” se frustra al pasar los primeros años. En la ruta, he cruzado decenas de lugares que fueron totalmente abandonados y saqueados, y que se encuentran invadidos por el mato, con sus vidrios rotos y con un basural alrededor. El parador donde había llegado era uno de esos, tenía sus cabañas cerradas a excepción de una que tenía su puerta atada con alambre. Aquello, fue como una bendición. Enseguida cargué agua del lago, la herví para poder beberla y tras cenar me tiré al suelo a dormir. En la noche me desperté temblando en varias ocasiones y apenas con la fuerza para recurrir al diminuto paquete de medicinas. Y di las gracias al cielo cuando entre ellas encontré algunos paracetamol. Todavía llovía sin parar.

Al día siguiente estaba totalmente noqueado no era capaz de levantarme para salir a orinar. Pasé todo el día tirado en el piso, y cocinarme fue tan difícil como la más dura de mis travesías. No se de donde salieron mis fuerzas. Por momentos me sentí el personaje del film: “Hacia rutas salvajes”.

Como pocas veces en mi viaje reflexioné acerca de los momentos miserables que me tocan vivir. En Alaska, al igual que en los últimos países recorridos la habitación más barata cuesta 70 usd y la carpa es la única alternativa. Sólo cuando soy más afortunado alguien me hospeda por uno o dos días. Mientras deliraba venían a mi mente algunas de las travesías más duras que ya he enfrentado, como Mongolia, Tíbet o la interminable Australia. Entonces me preguntaba el por qué de tanto sufrimiento.

Imagino que es más que un reto, no importa que tan duro sea. Se trata de atravesar cada rincón remoto apenas con mi bicicleta para llevar conmigo cada uno de esos momentos incrustados bajo la piel, para siempre. Estar en soledad en situaciones tan extremas me hace fuerte. “No puedo quebrarme” pienso. Allí, aparece esa fuerza interior, como si surgiese desde el alma. Y entonces grito bien fuerte: “Vamos Pablito carajo!!!!” Superar estos lapsos en los que no deseo más que estar en mi casa y ser un tipo normal me llena de vida.

09enlacabanaTras dos días en la cabaña, aún sintiéndome débil y al borde de tener una recaída partí hacia el siguiente parador que distaba a otros 50 km. Entre más subidas que bajadas pedí auxilio a un par de vehículos, creía que me podían llevar a la ciudad de Fairbanks, que distaba a unos 300 km, pero nadie se detuvo. Pero la mayor decepción fue cuando llegué al otro parador que también estaba abandonado. Allí, apenas tuve fuerza para cocinar y sólo porque salió el sol decidí pedalear los otros 40 km para llegar a Cantwell. Aquella tarde fui recompensado al atravesar uno de los paisajes más bonitos que hasta ese momento había visto en Alaska y la ruta comenzó a bajar. Cuando llegué a Cantwell, un pequeño poblado, me senté en el restaurant y ordené una de las pocas opciones del menú, una hamburguesa con papas fritas “caseras”. Me cayó como una bomba, las papas habían salido totalmente quemadas, pero no tenía ganas de discutir y las comí igual; fue la última comida que ordené en un restaurante de Alaska, por lo mala y por lo cara. La energía de cocinar y hacer valer mis derechos me la guardé para armar la carpa en las afueras del pueblo, aunque sin darme cuenta bien cerca de una jaula de perros de trineo, que aullaron toda la noche, bueno “noche” es una manera decir…. De todas maneras aquel día dormí como un bebé, la primera vez que conseguía hacerlo desde mi llegada a Alaska.

Al día siguiente por fin me sentía un poco mejor, pero el dilema era elegir que ruta tomar. La ruta que me llevaba a Fairbanks, es la ruta principal, de asfalto y por ello la más transitada y segura, pero aburrida si la comparaba con la Denali Highway, que desde un principio había sido mi objetivo. Ésta es un camino de ripio de condiciones pésimas y es la más elevada de Alaska. Por ello es una ruta asolada y arriesgada para mí por las condiciones en las que me encontraba. Y sin pensar que podía tener algún problema en la bicicleta que no estaba 100 % como debía ser.
Pero el policía del pueblo que me dio la información me dijo que era la ruta más bonita de todo el estado y que si quería tener una verdadera experiencia del “Alaska profundo”, debía tomarla, así como también precauciones, debido a la presencia de lobos y osos.

Finalmente tras el desayuno, compré un poco de comida, me cargué 5 litros de agua y me adentré en la Denali Hwy, más cargado que nunca.

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Y valió la pena, porque aquella ruta resultó una de las más bonitas que he pedaleado en todo mi viaje, con interminables subidas y bajadas, pero con paisajes vastos, y contorneados por cadenas montañosas de picos nevados.

La primera noche acampé al margen de la ruta, y como no había árboles de donde colgar la gran cantidad de comida y demás, me acerqué al vehículo de Payuk y Dika para que me guarden todo lo que daba olor, mientras yo acampé a 200 mts de ellos.

05payukydikaPayuk y Dika eran nativos de Alaska y pertenecen al grupo étnico Inupiaa, según me explicaban casi el 20 % de la población en Alaska se compone de pueblos indígenas. La mayoría de los nativos viven en las zonas rurales, a menudo en aldeas remotas, donde llevan un modo de vida predominantemente de subsistencia. También conocidos como esquimales, los distintos pueblos indígenas que habitan las regiones árticas de América y parte de Siberia poseen características físicas que los ayudan a sobrevivir en el frío. Sus orígenes se remontan a más de 4000 años y siempre han desarrollado una vida nómada, siguiendo las migraciones de los animales que cazan, entre los cuales pueden destacarse los caribúes, osos, ballenas y focas. De estos y otros animales aprovechan todas las partes posibles, para abrigarse, construir viviendas, herramientas para cazar y alimentarse incluso en el duro invierno del Ártico.

Pero en las últimas décadas con el descubrimiento de importantísimos yacimientos petrolíferos y la explotación de otros minerales como el oro, plata, zinc, hierro y cobre ha surgido en Alaska un enorme crecimiento económico. El mayor hito de su desarrollo ha sido la construcción, a partir de 1974, de un oleoducto de más de 1.200 km que une Prudhoe Bay en el Mar Ártico con el puerto de Valdez en el océano Pacífico. Desde entonces el petróleo también ha sido el origen de ciertos desastres, como la marea negra provocada por el buque-petrolero Exxon Valdez en 1989 que ha sido calificada como uno los mayores desastres ecológicos de la historia.

“A finales del siglo pasado, los pueblos indígenas comenzaron a formar organizaciones privadas para defender nuestros intereses”. me decía Payuk.“De esta manera se han alcanzado logros significativos como por ejemplo en el ámbito del reconocimiento del derecho a la tierra. También se debaten problemas comunes y se presiona en favor de la representación de las comunidades indígenas en la planificación del desarrollo económico, promoviendo la conservación del medio ambiente. En muchas ocasiones, comunidades enteras fueron indemnizadas y asistidas en las necesidades de salud, educación y desarrollo de las mismas. Pero como consecuencia esto ha provocado la degradación de la cultura indígena en el ártico; antes el jefe de familia tenía orgullo de salir a cazar y compartir con otras familias la presa obtenida, en tanto ahora, mucha gente de la nueva generación no se ha vuelto más que dependiente del alcohol”.

Durante tres días atravesé la Denali Hwy donde siempre me las ingenié para no dormir con la comida, afortunadamente no me he cruzado ni con osos ni con lobos. Tras 10 días de ruta llegué a Tok, donde me recibió Chip, un estadounidense de Arizona que vive en Alaska desde hace varios años. Chip fue como un ángel para mi, porque me prestó su casa rodante por una semana, donde me recuperé y engordé unos kilos.

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Luego volví a la ruta, destino Canadá.