Km 31.868

Crucé la frontera entre Alemania y Austria sin darme cuenta; no hubo una señal ni una bandera que me lo indicara, me encontraba de nuevo en la Unión Europea.

Pero a los pocos kilómetros un patrullero me alcanzó y se detuvo. “Alto” me indicó con la mano uno de los oficiales. “Pasaporte” me dijo. Enseguida me bajé de la bici, busqué mi pasaporte y se lo di. Y aunque estaba con la conciencia limpia me sentí como un criminal, porque el poli que era bastante antipático se fue a la radio del patrullero y pidió información. Y demoró varios minutos para devolverme mi documento.

Más tarde una fuerte lluvia comenzó. Parecía que se caía el cielo, pero por suerte pude cobijarme bajo el altillo de una casa del pueblo que atravesaba. Si esa lluvia me encuentra pedaleando creo que todavía estoy secando mi ropa.

Fue en ese pueblo que coloque la bandera alemana en mi bicicleta. Ya son veintiuna.

La lluvia se extendió durante casi tres horas; ya no sabía en que posición aguardar. Por ello sobre la tarde pedaleé casi sin parar, aún me restaban 100 km para llegar a Munich y no quería hacerlo de noche. El camino fue un sube y baja constante y la ruta se dividía una y otra vez. Atravesé varios pueblos hasta que me di cuenta que me había perdido una vez más. Le preguntaba a la gente pero no nos entendíamos. Que difícil que era todo!!

Hasta que finalmente encontré a un conductor que con mucha paciencia me explicó como seguir viaje.

Munich

Llegué a Munich sobre el final de la tarde y para variar con lluvia. Mientras pedaleaba hacia el centro de la ciudad se me acercó Hanse, un alemán que hablaba español y quién me ofreció alojarme en su casa, aunque en realidad vivía en el altillo de una casa de familia.

Pero Hanse fue amable, me ayudó a reparar el rayo de la bici, compramos comida y cocinamos. Tenía buen feeling, había estado en Argentina y su sueño era regresar allí para pasar un tiempo. Pero de repente al día siguiente todo cambió. La novia de Hanse se enfermó y repentinamente tuvimos que partir. Y otra vez llovía como el demonio.Hubiese deseado aguardar un poco pero Hanse tenía prisa y me dijo que no podía quedarme en la casa. Y me lamenté porque tuve que esperar tres horas en las afueras de la ciudad hasta que pare de llover.

Luego llamé a Matt, un alemán que había conocido en Barcelona y quién por suerte me albergó en su estudio. Y aunque éste era demasiado pequeño, de 6 metros cuadrados, no me importó. Allí me quedé dos días y fue una buena opción para ahorrarme el hostal que nunca bajaba de los 20 euros diarios.

Munich es la ciudad más importante del sur de Alemania, posee majestuosos edificios, además de monumentos históricos y grandes museos. También es conocida por la célebre fiesta de la cerveza: “Oktoberfest”

Permanecí una semana en la ciudad, trabajé frente a la municipalidad y recaudé el dinero para avanzar otro trayecto del viaje. También visité el “Deutsches Museam” que muestra como han ido evolucionando las ciencias naturales y la tecnología, desde sus orígenes hasta la modernidad; en diversos campos, como en la agricultura, en la navegación, en la aeronáutica, en los carruajes y hasta en las bicicletas, entre otras cosas, un lugar donde uno puede pasar el día entero si así lo desea.

En búsqueda de un sponsor alemán

Pero sin duda lo que me trajo hasta Munich fue el encuentro que creía que tenía con el gerente del departamento de sponsors de una marca de barrita de cereales presente en toda Europa. Le había presentado la idea cuando estuve en Alemania la primera vez buscando apoyo, a fines del año 2002. También le mandé material desde Kenia, y finalmente había hablado con Él varias veces por teléfono. La última vez desde Austria, me había dicho que me iba a apoyar. Pero cuando llegó la hora de encontrarnos comenzó a poner excusas y como algunos otros a pesar de sus promesas se borró.

No importa el viaje aún es largo, pensé. Y para consolarme recordé las palabras que me dijo un empresario en Argentina: “No hay nadie imprescindible para esto más que vos y tu salud” …que así sea.

08bEn mis últimos días en Munich continuaron las lluvias y también mis mudanzas. Así fue que caí en la casa de dos eslovacas y su amiga peruana, que había conocido frente a la municipalidad. Allí cené inyera, comida tradicional de Etiopía, no lo podía creer, las chicas tenían una amiga etíope quién justo el día anterior les había cocinado.

Pero mi sorpresa mayor fue encontrarme con Peter, un amigo que hice durante mi estadía en Maputo, Mozambique. En aquel tiempo Peter deambulaba por África y también buscaba sus sponsors para una exposición fotográfica. Fue de pura casualidad que se encontraba en Munich en casa de sus padres; motivo por el que celebramos yendo a tomar unas cervezas a uno de los lugares tradicionales de su barrio, aunque él no estaba muy convencido de llevarme allí y luego entendí por que?

Era un bar gigante, tipo club, sin música y al aire libre, había como doscientas mesas con 12 o 14 personas por cada una de ellas y la mayoría de sus ocupantes promediaban los 50 años. “Así son los bares aquí” me dijo Peter, un poco decepcionado.

Finalmente cuando salió el sol dejé la ciudad pero a los pocos kilómetros se me rompió el pedalier y tuve que volver; claro, éste tenía más de 22.000 km. El problema fue que la pieza era Shimano de Italia y en Alemania sólo trabajan con piezas Shimano provenientes de Japón y pedirla demoraría varios días, quizás semanas.

Por ello recorrí la ciudad entera, como 8 o 9 importantes bicicleterías, pero nadie tenía repuesto para la medida de mi cuadro. Entonces volví con quién la había desarmado y encomendamos la pieza de otra marca a uno de sus proveedores. Y tuve suerte, un pedido estaba llegando y me demoró apenas un día. “Pudo haber sido mucho más”, me dijo el bicicletero, que en principio me pareció muy amable.

…pero a la hora de cobrar se aprovechó y sin mucho código me arrancó la cabeza.

Y no lo dudé, era un alemán cabrón!!!

Si deseas conocer más acerca de mi viaje, consigue el Documental: Pedaleando el Globo