Km 150.700 

Entre en Bolivia por Puerto Quijarro, en el Oriente, una zona caliente y demasiado seca, constituida por llanuras y matorrales. Una zona olvidada en el país, en la que apenas unos años atrás asfaltaron su ruta principal que une escasas y diminutas poblaciones de calles de tierra. Pedalear allí me ha hecho creer como si estaba en África, por el calor sofocante, por sus poblaciones distantes y por la precariedad en la que vive su gente.

Un día, tras 75 km de pedaleada, me detuve sobre el mediodía en una población de no más de 10 casas, que tenía un solo bar y que apenas vendía cerveza, nada de comida. Por ello saqué mi hormalla y me cociné, mientras indagué ante Yawar, el dueño del bar de rasgos indígenas, sobre el desarrollo y las condiciones de vida en Bolivia. Y al respecto me dijo:
“Bolivia es el segundo país más pobre en Sudamérica, pero con el gobierno de Evo que está en el poder desde el año 2006, la economía ha crecido de forma considerable, se ha disminuido en 20 puntos la pobreza extrema, se ha creado una cobertura total de servicios básicos, se construyeron hospitales, escuelas y carreteras, y se han implementado bonos para los jubilados, estudiantes y a la niñez. También con el gobierno de Evo hemos nacionalizado los biocarburos y hemos lanzado nuestro primer satélite. En los últimos años el país ha sido el de mayor crecimiento económico en la región”, concluyó orgulloso y recordando que tiempo atrás los bolivianos andaban en burro.

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Durante mi recorrido por Bolivia, en cada población que visité, por más pequeña que fuese noté que junto a cada escuela había sido construido un campo o patio deportivo y que cada pueblo también contaba con un centro de salud. Bendito sea Evo y el Señor, porque no se que hubiese pasado con mi amigo Fernando, cuando en un poblado fantasma, de la forma más tonta se golpeó con un fierro en la cabeza. Afortunadamente, en aquel lugar había un centro de salud donde cocieron a mi amigo con 11 puntos.

Fernando había llegado de Buenos Aires, por un par de semanas para acompañarme a una comunidad menonita en la región oeste del país, que había visitado unos meses atrás con el fin de gestionar mi visita al lugar. Por ello nos dirigimos a Manitoba una comunidad donde viven más de 300 familias menonitas. El lugar es otro mundo y llegar allí fue como viajar al pasado, porque sus habitantes viven aislados y no les interesa el desarrollo, se trasladan en carretas tiradas por caballos, no tienen internet, ni televisor, ni teléfono celular. Apenas energía solar. Son todos rubios y visten iguales. Las mujeres usan vestidos largos y el pelo recogido con trenzas, y los hombres visten jardineros y gorras.

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Todos tienen sus casas con el césped minuciosamente cortado, ganado vacuno y unas 50 hectáreas de campo. La mayoría de los menonitas son agricultores y se destacan principalmente en la producción de cereales, frutales y hortalizas, y por ello algunos tienen maquinaria agrícola. La comunidad de Manitoba también cuenta con una fábrica de quesos, una escuela y una iglesia. “Los menonitas somos un grupo religioso seguidores de Menno Simons, un líder religioso anabaptista, una de las corrientes existentes del protestantismo, y la religión es el sustento de nuestras familias y de la comunidad”, me explicaba Abraham, la persona que nos recibió con su mujer y 4 de sus 8 hijos.

Desde Santa Cruz, ya en soledad, seguí viaje hacia Sucre, por una ruta que por momentos es intransitable. El camino desde Saipina hasta unos km antes de Aiquile es de tierra y atraviesa varios pasos montañosos que superan los 3.000 mt de altitud, imposible atravesarlos pedaleando con una bicicleta de 90 kilos, está en muy mal estado y en construcción. Hay que caminar. En cambio el camino desde Sucre a Potosi y luego hasta Uyuni es todo asfalto, pero tiene subidas de hasta 20 km, que superan los 4.000 mt. Aunque los verdaderos obstáculos son el frío, el viento y las distancias que existen entre las poblaciones donde comer algo.

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Durante aquellos días comencé a mascar coca, que según los bolivianos ayuda a superar el mal de altura, suprime la fatiga, el hambre, la sed y el dolor. El proceso consiste en agarrar un puñado de hojas de coca y un poco de bicarbonato de sodio, y metérselo entre la mandíbula y la mejilla. La mezcla de la hoja de coca, junto al bicarbonato de sodio y la saliva forman un bolo que reúne alcaloides y algunos nutrientes. Al principio el gusto de la coca me pareció horrible, pero luego me acostumbré, porque es afectivo.

Desde Uyuni mi camino siguió a través de uno de los paisajes más impresionantes del planeta, el Salar de Uyuni, y la reserva de fauna andina Eduardo Avaroa. Adentrarme en estos 500 km que se extienden entre los 3600 y 5000 mt sobre el nivel del mar ha sido uno de mis mayores desafíos, porque el camino no es exactamente un camino, sino las huellas de las camionetas 4 x4 que llevan turistas diariamente por terrenos arenosos o rocosos, imposibles de pedalear. Con una bicicleta de 90 kilos hay que empujar no menos de 100 veces por día. Es por ello que en cada montaña a trepar no se puede avanzar más de 3 o 4 km/h, o un promedio de 30 km al día. Una pesadilla para quien no está preparado psicológicamente y bien equipado. Pero la cuestión aparte de lo físico, es táctica también.

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La pregunta es como llevarse una buena cantidad de comida para las 2 semanas de travesía, y cargar con el agua suficiente. Pues el secreto es implorarle a los benditos choferes de las camionetas para que se detengan y te den agua. Y lo hacen, porque al igual que en el desierto de Gobi, Mongolia, en este lugar del mundo tan “extremo” la gente te ayuda. Podrías morirte en el lugar. Aparte, uno termina siendo un atractivo más para los turistas, que no paran de sacarte fotos. Posar para ellos con una sonrisa, a pesar del cansancio, es el precio a pagar por el agua.

Para la comida uno debe organizarse mucho más. Se trata de comprar todo lo necesario, racionarlo, empaquetarlo y enviarlo por medio de una agencia de turismo a lugares claves de la travesía. En mi caso por ser 4 cajas elegí dos agencias: Tito Tours y Know Bolivia Tours; y que bueno que no me fallaron. De esta manera he comprado 25 kilos de comida. Cada encomienda que recibía era una de mis mayores alegrías.

El clima ha sido otro de los mayores obstáculos. Durante el día el viento frío de frente, que corre de sudoeste a noroeste, es una pesadilla. Comenzaba a las 10 u 11 de la mañana, y paraba solo de noche. Y entra hasta los pulmones. Como consecuencia me agarré un fuerte dolor de garganta tos y resfrío, que fui combatiendo con vitamina C, propóleo, miel y desinflamatorio. El frío también te corta los labios, la punta de la nariz y las manos. Los guantes que tenía no eran para este clima. Llegué a tener 30 tajos en mi mano derecha, varios de ellos profundos, porque cada vez que abría el broche de las alforjas se abrían cada vez más y sangraban. La mano derecha me dolía un montón, y para el final del viaje, casi que no la podía usar. Como no tenía ningún cicatrizante los bolivianos me aconsejaban lubricármelas con aceite.

Hubo un par de noches que me tocó acampar a 4800 mt, nunca lo había hecho, ni siquiera en el Tíbet, donde acampé a 4.600 mt. Cocinaba dentro de la carpa, y hasta me las ingenié para lavar las cacerolas. Afuera, la temperatura llegó a 15º bajo cero, y 8º dentro. Aquella noche sentí como si estuviese acampando dentro de un congelador.

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La región sudoeste del país es de un paisaje único, en ella se encuentra el mayor desierto de sal y alto en el mundo con una superficie de más de 10.000 km2. El paisaje es bellísimo y varía con la luz del día o la noche. La reserva de fauna andina Eduardo Avaroa posee lagunas de colores, volcanes, géisers y aguas termales. La región es una maravilla del mundo.

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Seguramente, desde una camioneta 4 x 4 la belleza no es menor y uno no sufre ni la décima parte de lo que se sufre en una bicicleta. Pero realizar este camino en soledad a pedal es como aplicar una inyección de adrenalina directamente a los sentidos, y por más duro que sea el camino, en el que uno se arrepiente, patalea, grita o llora, el esfuerzo vale la pena, porque en una travesía como tal se despiertan sensaciones tan intensas que llegan hasta el alma. Y dejar el lugar así, cargado de esa energía te da plena felicidad, no solo por haberlo hecho, sino porque ya puedes ir a tratarte a un hospital…

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Si deseas conocer más acerca de mi viaje, consigue el Documental: Pedaleando el Globo