Km 64.000

Tras cruzar la frontera entre Serbia y Bulgaria, pedaleo cuesta arriba entre montañas por más de una hora. Luego llego a un gran valle, situado a 550 mts de altitud, que me lleva hasta la ciudad capital, Sofía. En verdad que tengo la sensación de que me encuentro en una ciudad sudamericana, porque la veo descuidada, sucia, con demasiados niños en las esquinas lavando los parabrisas de los autos y con gente revolviendo la basura; que es tanta como los perros que me ladran y me corren. Hace un poco frío y el tiempo amenaza lluvia.

La CatedralSeguramente que el cielo nublado de ese día me estaba anunciando de cómo sería mi estadía en aquel país. Totalmente gris.

A mi llegada me recibe Borislav, un estudiante de informática que abandonó la facultad para trabajar en la programación de un video juego. “Somos 42 personas que trabajamos para un proyecto financiado por una empresa naviera”, me dice. Según me explicaba eran de esos juegos en red en el que uno puede jugar a hacer lo que quiere. Borislav me llevó a su casa y como vivía solo me instalé en la sala. Aprovechando de su generosidad, enseguida le pregunté por un dentista, y a la hora ya me encontraba visitando una. Al día siguiente me hice una radiografía y luego volví a la dentista, que me dice: “tienes dos opciones, o te arreglas la muela lo que sale 130 euros, o te la quitas y pagas 30”. Por ello no lo pensé dos veces, y me la mandé a quitar.

Los primeros días me la pasé a lentejas, miraba por la ventana y el cielo casi siempre estaba cubierto, parecía invierno. Pero a esta altura ya estaba en la casa de Nelly, una chica que también había contactado a través de internet, ella era una diseñadora de moda que había estudiado y trabajado en el exterior; pero que en su país se encontraba sin trabajo. En su casa me quedé 5 días, esperando que me quiten los puntos, con la cara hinchada y con mucho dolor. Pero sufrí más aún cuando mi tercer dentista, la única que tuvo el valor para sacarme la muela de juicio; al quitarme los puntos descubre una inflamación en el maxilar y me dice: “esto es para cirugía”. No lo podía creer, había entrado por una carie y me hablaban de una distorsión maxilar.

Con el correr de los días entendí que la distorsión era una inflamación, y que también fue el resultado de su trabajo. En verdad que pasé unos días difíciles.

Durante mi estadía también cené con los padres de Borislav, me cocinaron comida típica búlgara y charlamos de mi viaje y acerca de Bulgaria. Según me explicaron después de la Segunda Guerra Mundial, Bulgaria influenciada por la Unión Soviética se convirtió en una República Popular. “Aquellos eran tiempos difíciles, me decía. “Con el comunismo no hay diferencias sociales y por ello todos teníamos el mismo nivel de vida, también educación y salud; pero no había forma de progresar. Por más de 20 años vivimos en un mono-ambiente de 50 metros cuadrados, por ello no pudimos tener mas hijos. Para todo había que pedir permiso; para mudarse de departamento había que anotarse en una lista larguísima y esperar una vida, nosotros nunca fuimos llamados. Lo mismo era para comprar un auto, por más que tuvieses el dinero había que anotarse en otra lista y esperar al menos 7 u 8 años”.

También me explicaron que al no haber diferencia entre los que trabajan nadie quiere trabajar y como todo va para el estado la gente no se preocupa en mejorar. “Durante el comunismo llegamos a tener la mano de obra mas cara del mundo, porque a falta de mano de obra en el campo, eran enviados doctores, ingenieros o cualquier tipo de profesional para recoger las cosechas”, me decía el padre de Borislav. También me hablaron de lo cuan difícil fueron los años posteriores al comunismo, en los que todos quieren agarrar todo lo que pueden y a cualquier precio, lo que dio el origen a una gran delincuencia y grupos de mafias, por lo que muchos se enriquecieron.

El padre de Borislav, con el fin del comunismo, dejó de trabajar en la fábrica donde lo hacía y comenzó a trabajar de forma independiente arreglando los interiores de departamentos. Y según me explicaba, fue un afortunado, porque por lo general la gente de esa generación no estaba preparada para enfrentarse a la nueva realidad laboral.

Una publicidadA partir de 1989, con la caída del gobierno comunista en Bulgaria, compañías internacionales llegaron al país. El mercado inmobiliario en Sofía ha crecido rápidamente, llegando a tener un crecimiento del 100% entre el 2005 y 2006; y también el número de automóviles en la capital, que ha superado la cifra de un millón. Todo un verdadero éxito para la Comunidad Europea, aunque todavía lo que no experimentan los búlgaros era endeudarse con los bancos durante 20 o 30 años; al mejor estilo occidental.

Durante mi estadía en la capital recorrí el centro y noté que aquí las religiones conviven de forma pacífica, de hecho existe una mezquita, una sinagoga y una iglesia a tan sólo metros de distancia entre ellas.

Dejé Sofía hacia el sur, hacia la frontera con Turquía, pedaleando por la autopista, la única vía de salida de la ciudad, o al menos es lo que entendí de su gente. Era muy difícil pedir información.

En el interiorLuego por una ruta secundaria seguí camino, fueron 300 km en casi 3 días, con el cielo gris y siempre bajo la amenaza de lluvia. Cuantos lugares extraños; parecía tierra de nadie. He cruzado pueblos fantasmas, de los que prefería alejarme para acampar. También me detuve en unos pueblos para abastecerme, pero tuve muy poco contacto con la gente, a no ser un par de veces que cambié unas palabras cuando en medio de la ruta compré unas frutas.

Y así en silencio dejé Bulgaria, con el cielo gris, con una muela menos y con la idea de que su gente es más ruda que extraña.

Si deseas conocer más acerca de mi viaje, consigue el Documental: Pedaleando el Globo