Entre el puesto fronterizo de Djibouti y la oficina de migraciones de Eritrea hay unos veinte kilómetros. A pesar de que todo continúa siendo un gran desierto, este corto trayecto es sublime. El camino único no tiene arena, el viento sopla a mi favor y el paisaje del atardecer me provoca ganas de no querer llegar más.

El primer pueblo del lado de Eritrea se llama Rahaita, una pequeña población donde no viven más de quinientas personas. Por suerte, a mi llegada me recibieron los oficiales de migraciones que me brindaron cama y comida para pasar la noche.

Al conversar con ellos, supe que hasta aquí había llegado con mi bicicleta. Había ingresado al país desde el sur por el único lugar posible: Djibouti, pero de ahora en más me internaría en una región imposible de pedalear, en lo profundo del desierto de Danakil.

Mi primera meta era llegar a Assab, una importante ciudad en el sur de Eritrea. A pesar de su cercanía con la frontera, casi no tiene comunicación. La mayoría de sus ochenta kilómetros de camino son movibles, quien no conoce se pierde, y hay un fuerte viento todo el día; los médanos que se trasladan con la carretera, muchas veces provocan el atascamiento de las pocas camionetas 4 x 4 que emprenden la odisea. Ésta información sumado a mi experiencia en el mismo desierto de los otros países que atravesé, me hizo recapacitar y tomé la decisión de no arriesgar más.

Por ello abordar un transporte para Assab me demoró dos días. A las 01.00 AM, los oficiales de migraciones me despertaron ofreciéndome viajar en una vieja camioneta, que transportaba a once personas y vaya a saber cuántos kilos de carga. En principio lo dudé, lo que menos quería era quedarme atascado en el medio del desierto a la espera de un milagro. Pero había tenido suerte, a veces un transporte para Assab puede demorar una semana, y al fin y al cabo si esas personas se arriesgaban, ¿por qué yo no?

Ramadan

De viaje fueron más de cuatro horas, pero como nos encontrabamos en el noveno mes del calendario Islam: “Ramadan”, paramos antes del amanecer para rezar y comer.
Según la costumbre musulmán, Ramadan es el periodo del año en el cual las personas purifican su cuerpo, absteniéndose de ingerir cualquier sustento desde el amanecer hasta el anochecer.

De esta manera, la primera comida del día la hacen a la madrugada. Eran las 04.00 AM cuando nos detuvimos en una pequeña villa donde existía una mezquita. Enseguida noté que me había quedado solo, todos se habían ido a rezar, pero no me hice problema: me acosté en la arena, frente a la camioneta, a esperar.

Tras un rato escucho voces, estaba casi dormido y sentía que me sacudían. Eran mis compañeros de viaje que se habían sentado junto a mí para hacer un picnic y me decían: ¡camel, camel!, ofreciéndome un vaso de leche. La verdad es que no tenía muchas ganas pero no pude negarles su invitación, aunque creo que hubiese sido lo mejor. Tras el primer vaso de leche de camello, les agradecí y les dije que estaba satisfecho, pero no me entendían e insistían a que comiera y continuase bebiendo leche. Por una cuestión de educación les acepté algo parecido a un panqueque y me tomé los otros tres vasos de leche que me sirvieron, a pesar de que les dije una y otra vez: “la’ Shukran gazilan, la’ Shukran gazilan”, que significa: “no, muchas gracias”.

Llegamos a Assab a las 07.00 AM, me despedí de mis amigos y me alojé en un hotel en el centro de la ciudad.

Assab es el segundo puerto más grande del país, aunque hoy su actividad se ha reducido en gran escala. Durante siglos, fue el principal puerto con acceso al mar Rojo para los etiopianos, pero en 1998 otra guerra entre Etiopía y Eritrea puso fin a su gran movimiento. Esto provocó que todo el comercio marítimo de Etiopía fuera realizado vía Djibouti y haciendo que Assab se convirtiera en mucho más que un lugar apartado.

Me quedé dos días en la ciudad y me gustó. Calles tranquilas, limpias y con muchos árboles, por momentos me sentía como si estuviese en el barrio de mi casa, en las calles de San Andrés.


Massawa

Hasta hace un par de años, viajar en micro o camión desde Assab hasta Massawa podía demorar entre tres y cinco días, pese a que entre ambas ciudades sólo existen 600 kilómetros. Hoy, parte de estos kilómetros están mejorados, pero aún es preciso de mucha paciencia y más de veinticuatro horas para atravesar el inhóspito desierto de Danakil.

Las distancias entre poblaciones eran muy grandes, hubo un trecho que llegaban a casi 200 kilómetros. Hubiese sido imposible cruzarlos con la bicicleta. Por lo general cuando sé que el trayecto será complicado – caminos de arena o con muchas piedras o sin lugares para abastecerme de agua o comida – trato de que las distancias a recorrer no sean superiores a los 100 o 120 Km.; de no hacerlo, se tornarían arriesgadas. Así y todo, esto no implica que sean seguras, un problema en la bicicleta o un desvío del camino, tal como me pasó en el norte del desierto Djiboutiano, podría complicar mi día.

Finalmente, llegué a Massawa a media mañana del segundo día de viaje, pensando que iba a encontrar un lugar paradisíaco, ya que mucha gente me había hablado maravillas de la ciudad y de su costa. Pero no fue así, Massawa no deja de estar en el medio del desierto, por lo que a sus playas le faltan un poco de verde.

Geográficamente, la ciudad es una isla, está unida al continente por un puente y posee una arquitectura de estilo europeo que fue recuperada en los últimos años, tras ser el escenario de interminables batallas.

Al conversar con la gente, independientemente del tema a dialogar, noté que el eritreano siempre menciona el temor a una nueva guerra. Perece mentira, pero estas tierras que fueron invadidas durante más de trescientos años por los turcos, luego por los egipcios y finalmente por los italianos, tienen un solo enemigo y es su país hermano: Etiopía.

Me provocó escalofríos escuchar los relatos de Mr Getakune, un señor que rondaba los cincuenta años y que, como todo eritreano, se alistó para pelear por los derechos de su país. “Eritrea es un país pequeño, tiene una población de 3,5 millones de habitantes, mientras que Etiopía posee 60. Su ejército parecía que se multiplicaba, los aguardábamos en la frontera y los matábamos, pero siempre aparecían más” me decía con sus ojos llenos de lágrimas. “En Eritrea los hombres deben hacer el servicio militar hasta los 40 años”.

O aquel relato de Ana, quien junto a sus amigas me dijeron en un tono medio triste: “Nosotras también fuimos a la guerra, también las eritreanas teníamos el deber de estar allí”.

Definitivamente Massawa y su gente me conmocionaron. Nunca había visto tan próximo un lugar pos guerra; ya habían pasado tres años y, aunque la ciudad se está recuperando, mucha de su gente aún no puede olvidar.

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