Km 97.763

Cuando llegué a Mount Isa me hospedé en la casa de Ralf, un australiano que alquila cuartos para quienes trabajan en la ciudad. Según Ralf la minería es una de las grandes herramientas de desarrollo económico para el país, y las minas de Mount Isa son consideradas como las minas individuales más productivas en la historia mundial. Estas se basan la en producción combinada de plomo, plata, cobre y zinc.

“Para quien tiene un oficio, el salario en la mina puede llegar a ser de hasta 50 usd la hora”, me dijo Juan, un filipino que hacía meses trabajaba en la mina. “En la actualidad son 5000 las personas que trabajan allí, y los hay de todas las nacionalidades. Pero muy a menudo falta gente. A los australianos no les gusta trabajar, tras juntar algo de dinero, en dos o tres meses, renuncian. El australiano no sabe lo que es la pobreza”.

Camino a Townsville, en una noche sin luna me detuve para acampar en el medio de la nada. Armé la carpa, me higienicé y comencé a cocinar, mientras unos ruidos me incomodaban detrás del pastizal.

Ya había visto cientos de canguros, casi todos atropellados en la ruta, también algunos se me habían acercado a la carpa mientras dormía. Pero también en la ruta había visto víboras, quizás eran ellas las que se escondían detrás del pastizal, pensaba o peor aún los cocodrilos. La pcia Northern Territory es una zona plagada de cocodrilos, los hay en el mar, por lo que la gente no se puede bañar y también en zonas pantanosas, donde obviamente no es aconsejable acampar. Pero al detenerme de noche no sabía bien donde lo hacía. En un par de ocasiones me acerqué al pastizal a investigar, pero fuese el bicho que fuese se escapó. Luego ya, dentro de la carpa sentí ruido otra vez, y por ello desde la bolsa de dormir alumbré la bicicleta. Eran dos ratas que trepadas al manubrio estaban a punto de comenzar a morder las bolsas de comida que no habían entrado en las alforjas. Así, con más repugnancia que coraje salí a pelear por lo que era mío y velozmente tomé las tortas, el pan y el queso, que por racionarlo durante días tenía mucho olor.

En un acto de valentía me llevé todo dentro, pero al rato, un puñado de ratas rodearon la carpa como buscando la manera de entrar. Confieso que pensé en entregar el queso, pero fui fiel a mis principios y a pesar del ruido de las ratas a mi alrededor, el cansancio me venció.

A la noche siguiente, en el límite de las provincias Northern Territory y Queensland mientras buscaba un lugar para acampar, vi nuevamente ratas. “Ni loco acampo aquí”, pensé. Me costaba creerlo, eran decenas y decenas de ratas que se esparcían en la ruta con el avance de mi bicicleta. Era un movimiento de ratas constante, que me acompañaron durante 20 o 25 km. A las 21.30 hs, tras recorrer 128 km llegué a Nelia, un pueblo que apenas tenía 4 o 5 casas. Enseguida fui abordado por un perro y su dueño, que afortunadamente me permitió acampar en un jardín. En la mañana, Eric me ofreció tomar una ducha y me invitó con un suculento desayuno: 6 huevos fritos al plato con tostadas; y mientras me los devoraba Eric me explicó acerca de las ratas: “Los roedores conocidos como rattus villosissimus viven en las llanuras norte de Australia pero este año debido a las fuertes lluvias que han afectado la región (las peores en décadas) se han reproducido en masa y se han expandido hasta la ciudad de Alice Spring, situada en el centro del país. Algunas de estas ratas llegan a medir 30 cm. De acuerdo a los científicos una sola hembra puede producir más de 200 crías en un año. Su explosión demográfica es capaz de aumentar a gran escala y conducir a su rápida dispersión a través de distancias enormes”.

En ruta otra vez, atravesando la ciudad de Charles Towers me crucé con un viejo amigo, el biciclown, el payaso español que recorre el mundo en bicicleta desde hace más de 7 años. De casualidad me había detenido en el medio de la calle para mirar una vidriera y pese a que su bicicleta estaba a tan solo un metro mío no la vi. Dentro del negocio estaba Álvaro, que al verme enseguida salió más que sorprendido a saludarme. Sentí una inmensa alegría al encontrarlo. Nos habíamos cruzado en Tailandia y en Mongolia, pero por una cuestión de tiempos y ruta, cada uno siguió para su lado. Esta vez la sorpresa fue mayor, porque los dos íbamos en dirección sur. De esta manera durante los siguientes 1500 km compartimos la ruta, noches de acampada y tantísimas historias.

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Debido a los días contados de mi visa, me despedí de Álvaro y seguí camino solo. A mi llegada a Brisbane me recibió Lucila, una argentina de la provincia de Córdoba que me recibió como una madre. Milanesas, pastel de papas y lentejas, fueron algunas de las delicias caseras con las que Lucila bien supo agasajarme. Durante mi estadía en la ciudad me comuniqué con la Dirección del Festival de Escritores de Brisbane, el evento de una semana de duración, que tenía como fin promocionar el trabajo de nuevos y reconocidos escritores. Yo estaba entusiasmado, porque durante los últimos cuatro meses había estado trabajando en un libro de bolsillo acerca de mi viaje. El objetivo primero era juntar fondos para visitar a mi familia y luego comprar el pasaje hacia Norte América. Por ello en Australia imprimí 500 libros en inglés y solicité alquilar un stand donde exponer también mi bicicleta. Para ello involucré a mi Embajada y a unos amigos neocelandeses que habían formado parte de la comitiva del festival un par de años atrás. Pero la respuesta me sorprendió, dijeron que mi presencia en el festival podía causar un conflicto de interés para con los otros autores y que por ello no podían permitirme formar parte del festival. Mis amigos David y Steph no lo podían creer, y hasta avergonzados me pedieron disculpas.

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Cuando llegué a Sidney me informé sobre los diferentes mercados, donde comencé a vender mis libros. También asistí a la fiesta nacional de los chilenos y a las peñas argentinas. Y conseguí de Aerolíneas Argentinas un buen descuento para volar a mi país, y una donación de Invap, una empresa argentina con sede en Australia.

Afortunadamente mi estadía en Sydney no pudo haber sido mejor, primero me encontré con el cariño de Laura y su familia y luego con toda la calidez de dos gauchos como Rodolfo y Nancy.

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También agradezco a Rowen de Katherine, Jay de Townsville, Mike de Ayr, a Tim y Lans de Mackay, Tamara de Gin Gin, Ignacio Falcon y flia de Brisbane, Alex y Tadeu de Gold Cost, Esteban de Byron Bay, Lachlan de Coffs Harbour, Kate de Kew y Pablo Kay de Sidney.

Si deseas conocer más acerca de mi viaje, consigue el Documental: Pedaleando el Globo