Canadá –  Km 107.915

Crucé la frontera de Alaska – Canadá con lluvia. Tras hacer los trámites aduaneros ingresé al pueblo Beaver Creek, donde buscando un lugar para acampar llegué a una casa desocupada que hasta su puerta abierta tenía. La casa estaba totalmente vacía, pero tenía una cama y electricidad y aunque llegué a pensar que allí podía instalarme, preferí soportar el frío y la lluvia bajo el techo destartalado en la parte de atrás de la misma.

Desde aquella noche y durante una semana, camino a Whitehorse capital de la provincia de Yukón, llovió cada una de las noches y durante todas las mañanas sin parar hasta al mediodía. Al dejar Beaver Creek, ya no fui tan afortunado de encontrar un lugar donde cobijarme. Cada mañana me despertaba con la carpa en un charco de agua y bajo lluvia debía levantar campamento y encarar la ruta hacia el primer camping provincial. Pero los camping en Yukón no tienen ducha ni agua potable, cobran 16 usd por una parcela y les da igual si uno llega en bicicleta o casa rodante, o si los ocupantes son una o cuatro personas, la tarifa es siempre la misma. Apenas tienen un baño y un refugio donde la gente suele cocinarse. Por ello, yo prefería acampar afuera, aunque cada mañana debía detenerme por un par de horas en un camping para secar un poco la carpa, mi indumentaria y desayunar. Era un trabajo minucioso. No se trata de la calidad de la carpa, ésta es la cuarta que tengo, cuando llueve toda la noche no hay carpa que aguante, el agua filtra por abajo, por arriba o por los laterales.

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Camino a Whitehorse, nunca comenzaba a pedalear antes del mediodía, y para cubrir unos 80, 100 o 120 km diarios pedaleaba hasta las 11 o 12 pm., cuando por estas latitudes por ser verano todavía es de día.

03conmerjaychadComo si el mundo fuese bien pequeño, justamente para mí que lo recorro de bicicleta, camino a la capital de Yukón, me crucé de casualidad con Chad y Merja, originarios de Canadá y Estonia a quienes había conocido en Australia unos meses atrás. Por ello cuando llegué a la ciudad me recibieron en su casa y me trataron de primera. Aunque lamentablemente, mi estadía con ellos se vio opacada por su compañero de piso, responsable de la casa, que al tercer día me ordenó irme de un momento para el otro: “los dueños de la propiedad no están conforme con la presencia de otra persona en la casa, debes irte hoy mismo”, me dijo. Tanto Merja como Chad que apenas llevaban un par de meses viviendo allí, estaban asombrados; igual que yo.

Pero aquella no fue la única situación ridícula que me tocó vivir en Yukón, una tarde me detuve en un camping para pedir agua y la dueña me la negó: “tu botella puede estar sucia, con bacterias” me dijo, “si yo te doy agua potable y tu te enfermas podrías demandarme por esta razón yo solo puedo venderte agua embotellada”. Yo pensé que era un chiste, pero la mujer no sonrió, se quedó muy seria, y por ello aquella tarde, como tantas otras veces, acabé recurriendo a los vehículos en la ruta mientras pedaleaba.

La provincia de Yukón, situada en el noroeste del país, es una zona increíblemente deshabitada y debido a la cantidad de animales que hay en el lugar no aconsejan beber agua de ríos o lagos.

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Pero en Whitehorse fui afortunado, porque a mi llegada, al detenerme en la plaza central para vender mis libros, conocí a un argentino que llevaba varios años en Canadá, y que como viajero y buscavida no dudó en abrirme la puerta de su casa.

Marcelo es un fanático de la pesca y de la caza. “El mayor encanto de Yukón es su naturaleza casi virgen” me decía. “Vivir en un lugar así te permite cazar alces, renos, cabra montesa e incluso osos, pero para ello necesitas licencia. El turismo del lugar depende en gran medida de esto, hay muchas agencias con equipo organizado y guías a disposición para cazadores. El precio de un tour de caza por 5 días puede llegar a superar los 10.000 usd”.

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Durante mi estadía en Whitehorse también me encontré con Álvaro, el Biciclown, un viejo amigo español que lleva 8 años viajando en bicicleta por el mundo. También por la ciudad pasaban Lorenzo Rojo, un vasco que pedalea el planeta desde hace 15 años y Julián un suizo que estaba recorriendo América en bicicleta. Varios días no fueron suficientes para contarnos una mínima parte de nuestros viajes.

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Desde aquel día y por un mes y medio he compartido la ruta en soledad con Álvaro que a lo largo de su viaje ya ha escrito 3 libros y realizado 2 documentales. Al saber que desde el inicio de mi viaje vengo grabando, Álvaro se ofreció a realizar el guión para mi documental.

Para el Biciclown, yo soy un viajero atípico. Durante todos estos años, Álvaro ha compartido la ruta al menos con una veintena de viajeros, y según dice nunca ha visto un viajero tan desorganizado como yo. “Cada mañana demoras tres horas para arrancar a pedalear”, me decía riéndose. “Llegas siempre tarde y con los peores climas a los lugares, como te pasó en Mongolia y en Tíbet. Tu forma de organizarte en ruta es parte de tu peculiaridad, no hay otro como tú, yo no he encontrado otro ciclista que haga 4 comidas al día, en la que cada comida significa sacar la cocina y trabajar más que un chino en un restaurante, yo de verte me canso, sacas todo y no cuatro cosas sino 10 y terminas de comer, y no se como haces para subirte a la bicicleta.
En tu equipaje llevas 15 latas de conservas y hasta caramelo para tus panqueques, linterna en vez de luz frontal y navaja en vez de abridor de latas.

“La primera vez que te vi en Internet me pregunté donde va ese tipo con todas esas banderitas, que no son más que un freno para el viento, pero luego viajando contigo me di cuenta que esas banderitas son como un imán, cuanta gente se ha parado por las banderitas a hablar… y ahí aparece el Pablo que no conoce nadie, que es el Pablo empresario, que invalida todo lo anterior de desastre. Tú eres un profesional, un luchador. La ruta te ha enseñado a luchar y aunque eres un viajero atípico por tu forma de organizarte, por las historias de las alforjas, por la bicicleta que llevas, eres la demostración de que no hace falta el mejor equipo para cumplir tu sueño.

Tú tienes una historia muy bonita y hay que contarla”

Agradecimientos:

A Chad, Merja y Marcelo en Whitehorse, a Wayne en Dease Leake, a Jonathan en Kispiox, a Lora y su familia en Smithers, a John in Telkwa, a Trevor en Prince George, a Bonnie y Curtis en Dunster y a Mark en Calgary, todos nos han hospedado y cocinado como una verdadera madre.

A Alejandro Kumpan en Calgary por el pollo que luego bien supimos cocinar.
A Nick Fuegi y Dale Firth de Bow Cycle en Calgary por los repuestos y servicio free para la bicicleta.

Si deseas conocer más acerca de mi viaje, consigue el Documental: Pedaleando el Globo