Km 157.000

Tras 15 años de viaje por el mundo llegué a Chile, el último país en mi agenda de ruta a recorrer, antes de concluir el viaje en Buenos Aires, en octubre de 2017.

Poco conocía de los chilenos, ya que nunca había estado en este país. La imagen que el argentino tiene de los chilenos no siempre es indiferente, y viceversa. Históricamente Argentina y Chile han tenido conflictos territoriales, el conflicto de Beagle fue el último, que casi nos lleva a una delirante guerra; pese a que los límites son una cuestión de políticos, diplomáticos y cartógrafos. En aquel período, Argentina entró en guerra con Inglaterra por las Malvinas, y el gobierno de Pinochet ofreció a Reino Unido el uso de los puertos chilenos. Pero más allá de las conducciones políticas de la época, la principal rivalidad entre ambos países ha sido el fútbol, porque tanto argentinos como chilenos, así como brasileños, uruguayos, o colombianos, tenemos esa pasión que nos identifica y nos enfrenta deportivamente. Pero nada tiene que ver eso, con el trato que uno recibe cuando se mezcla de visitante entre su gente. Pasé en Chile casi dos meses y nunca me sentí ofendido, pese a que en el fútbol, Argentina había perdido las últimas dos finales de la Copa América por penales, algo que muchos argentinos nos cuesta digerir. Felicitaciones a este pueblo hermano que alcanzó sus dos primeras copas en el continente.

Los chilenos me recibieron como si fuese uno más, o mejor, como un viejo amigo. Elegí cruzar la cordillera en diferentes puntos, desde Argentina ingresé a Chile 5 veces y recorrí más de 2.500 km por suelo chileno; y en cada ciudad que visité tuve un compadre que me recibió en su casa. Algunos vivían solos y otros con sus familias, nunca me faltó un lugar donde quedarme.

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También sentí cariño en la calle cuando me paraba con mi bicicleta para vender mi documental; siempre se me acercó gente y vendí lo suficiente para seguir viaje.

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En Santiago contacté los medios de comunicación. El canal CVN de Chile y el periódico la Cuarta me entrevistaron. Salir en los medios te da reconocimiento, por ello, tuve decenas de invitaciones en cada rincón del país. Pero más allá de la capital y de las lindas ciudades turísticas que visité como Reñaca y Viñas del mar, lo que me llevó a Chile fue pedalear la mítica Carretera Austral, un desafío en el rubro del ciclo-turismo.

La Carretera Austral

Tras recorrer la zona metropolitana y las regiones 5, 6, 7, 8 y 9 llegué a Pucón, donde pasé fin de año y crucé por el paso de Hua Hum a Argentina. Sepan amigos, que el recorrido que se inicia en San Martín de los Andes hasta el parque nacional los Alerces, atravesando el parque nacional Nahuel Huapi, es uno de los más bonitos del continente. Comparable con el parque nacional Jasper, en Canadá o la Denali Highway en Alaska. Muchos de los viajeros que recorren la carretera austral no cruzan para argentina, posiblemente porque el desafío es recorrer la carretera austral de punta a punta. Una pena, si lo que buscan es pedalear entre lagos y  montañas con buenos paisajes para acampar y mejor clima. No se debe obviar ésta parte de Argentina, por el solo hecho de recorrer la carretera Austral.

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La Carretera Austral tiene trechos muy bonitos, pero no me resultó espectacular, es imposible que una ruta de 1200 km sea bella en su totalidad. Fue tanto lo que escuché de la carretera Austral que creí que llegaría a una de las rutas más lindas del mundo, así se promociona. La vegetación es muy cerrada, durante largos trechos no se aprecia el paisaje. Sólo cuando ésta desaparece o cuando se llega a lo alto de alguna montaña es que se puede contemplar como la naturaleza se manifiesta en todo su esplendor; pero no sucede seguido, la carretera austral no tiene muchas montañas a trepar.  Y el clima es lluvioso, de cada 4 días en mi recorrido me llovieron 3. No es una lluvia pesada, sino lloviznas, constantes que por más excitado que uno este, incomoda.

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Debido a las complicadas características geográficas del lugar en donde predominan lagos, ríos, selvas vírgenes, acantilados, campos de hielo y los Andes Patagónicos, la carretera austral se convertido en una de las obras de ingeniería más impresionante de Chile. Gran parte de la ruta es de ripio, polvorienta y angosta, y por ello peligrosa. Hay mucho tráfico y gente que maneja como si estuviese en una pista de carrera, sin consideración por quien pedalea. Cada día me cruzaba con al menos 10 ciclo-viajeros.

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La calidad de la carretera varía entre zonas en muy buen estado y otras que son un martirio para quien viaja con una bicicleta de 85 kilos. En los trechos de tierra, mi velocidad promedio nunca ha superado los 8, 10 u 12 km/h. El camino serrucho está siempre presente y esa constante vibración acabó con mi video cámara, también quebró los portaequipajes de mi bici y me hizo perder el espejo y el pie delantero. Cada día tenía un problema diferente, creo que si hubiese podido, en más de una ocasión me hubiese cruzado a Argentina.

A la hora de dormir prefería acampar en el medio de la naturaleza que parar en un camping,  porque muchas veces éstos no suelen tener la estructura para toda la gente que amontonan. Por ejemplo en el camping donde me instalé en Cohiayque, había no menos de 100 personas y sólo había dos baños.

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Por más que uno no le desee, de vez en cuando hay que detenerse; aunque sea para tomar un baño de agua caliente y cargar todas las baterías de las cámaras. Pero hay que ser muy paciente, las esperas son largas por el baño o por un enchufe. Y hay que tener cuidado porque entre tanta gente las cosas pueden desaparecer. Hay personas que hacen guardia para cargar sus teléfonos. Algo tedioso para mi.

Malditas pulgas

Según me informaron, en ésta región de Chile y también Argentina, no es bueno dormir en casas abandonadas que sirven como refugios, debido a la presencia de los ratones de campo que son portadores del hantavirus, una enfermedad respiratoria que tiene un alto índice de mortalidad debido a que todavía no existe un tratamiento adecuado. Se transmite a través de la inhalación del olor de las heces o la orina del roedor infectado. Por ello, siempre es mejor acampar en zonas abiertas, iluminadas y donde circule el aire.

El día que ingresé a la carretera Austral desde Futaleufú llovió toda la tarde, y no encontraba un buen lugar para acampar. Había visto una casa abandonada que parecía un refugio, pero por precaución preferí buscar donde armar la carpa. Con la última luz, hablé con unos moradores que me habilitaron el ingreso a una de sus tierras sobre la margen del lago Yelcho, luego del pago de un arancel. No había baño, ni luz, ni nada, apenas un techo donde armar la carpa, con una buena vista frente al lago. Era un refugio de pescadores, un lugar ventilado.

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Pero que mala suerte, apuesto que fue allí donde se metió una pulga en mi carpa, porque a los dos días comencé a tener ronchas del tamaño de una aceituna en mi cuerpo. Como ya había vivido esa desgracia 14 años atrás en Etiopía, no demoré en reaccionar. Ni bien pude compré un veneno matapulgas y rocié la carpa, la bolsa de dormir y la ropa; luego me encerré en la carpa para cazarla. El maldito parásito aplanado y alargado no es fácil de atrapar, cuando creía que lo había aplastado con la yema de mis dedos, el maldito saltaba y desaparecía otra vez. Fue un trabajo minucioso, la caza duró una hora, pero la desgracia casi dos semanas, porque cada día tenía más ronchas. La picazón de pulga te lleva a la desesperación, te despiertas en la mitad de la noche para rascarte, y nunca sabes si tienes más pulgas o si es la alergia causada por la saliva de la pulga. Por ello hay que tomar un antihistamínico, pero no para alergias respiratorias como me dieron en la farmacia, sino para alergias cutáneas. Demoré una semana en descubrir que estaba tomando el antialérgico equivocado. Y también una semana en descubrir más pulgas en mi bolsa de dormir. Seguramente que aquella maldita pulga había dejado larvas.

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De esta manera, tras  pasear a las pulgas durante 500 km, con más de 50 ronchas a lo largo de mi cuerpo, en un acto de desespero y furioso me crucé para Argentina a la altura de Chile Chico. Allí, en los Antiguos, me instalé en un hotel, que son más baratos que en Chile, y en un lavadero lavé toda mi ropa y la bolsa de dormir, que por ser de pluma, precisé de darle un doble secado con dos pelotas de tenis que tuve que comprar. Una buena táctica para que la pluma no se apelotone.

El mayor desafío de la Carretera Austral

Regresé a Chile por el paso Roballos, donde tomé una de las peores carreteras de ripio que tengo en la memoria de mi viaje; era una carretera totalmente plana pero la velocidad nunca fue superior a 8 km/h. Debido al viento, a las grandes rocas y al horripilante serrucho que existe en esta carretera, me caí varias veces. Era una lucha constante por mantener el equilibrio, pero no conseguía avanzar más de 50 mt sin caerme o detenerme.

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La vibración quebró una vez más el portaequipaje trasero, que venía invicto desde el año 2005. Me sorprendí al escuchar de quien me soldó el portaequipaje que no sabía leer ni escribir. “Cuando era chico ésta región estuvo prácticamente incomunicada y la escasa red de caminos, transportes marítimos y aéreos que existían no eran una solución para el aislamiento, por ello en aquella época las prioridades de una familia eran otras”, me dijo el hombre, casi defendiéndose.

Camino al sur llegué a Tortel, un lugar sorprendente, que no tiene calles, ni semáforos, ni vehículos. Quién llega deja su medio de transporte en la entrada del pueblo y entra a pie. Tampoco se puede ingresar con la bicicleta, porque Tortel es un pueblo de pescadores lleno de pasarelas y escaleras en las que uno se pierde para explorar el lugar. Claramente que es uno de los principales destinos visitados en la carretera austral y que merece la pena.

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El camino a Yungay lo hice bajo lluvia y era puro barro, la bici arrastraba mugre en todos sus componentes, por ello quebré la cadena, que estaba más seca que nunca. Pero la cambié rápido y llegué a Yungay un minuto antes de que zarpe el ferry para seguir camino a Villa O´Higgins. En este trayecto me llovió como pocas veces en la carretera austral, no había donde cobijarse, es un lugar totalmente virgen y no hay moradores en la zona, por ello seguí pedaleando, mojado por la lluvia y la transpiración almorcé bajo un pino y acampé con lluvia. Tenía las zapatillas empapadas, benditas sean las medias de neoprene que tengo, porque solo llevo un par de zapatillas, el puesto. El camino era un sube y baja constante de grandes montañas, pero con cascadas, selva y ríos por todos lados. Un lugar virgen de una belleza única.

Y por fin llegué a Villa O´Higgins donde termina la carretera austral y donde alcancé a Laurent, un amigo francés que viaja por el mundo hace 5 años. Debido a mi conflicto con las pulgas Laurent que pedaleaba conmigo decidió seguir viaje. El tipo es mucho más organizado que yo, arranca temprano, pedalea las distancias justas, acampa temprano y cena con la última luz del día; todo lo opuesto a mi. Por ello pedalear con él me resultaba un placer, porque su dinámica de viaje era mucho mejor que la mía. Yo soy lento para arrancar en la mañana, demoro entre 2 y 3 horas, y luego pedaleo hasta el final de la tarde. Pero la ventaja principal de alcanzar a mi amigo era que iba a cruzar a Argentina acompañado, porque yo precisaba de él.

Desde Villa O´Higgins no hay más caminos hacia el sur de Chile, tampoco hay un camino para vehículos que te cruce para Argentina, apenas un sendero que se extiende entre ambas fronteras, que solo pueden atravesar caminantes, y todo aquel que desee arrastrar su bicicleta. No hay chance de ir en moto.

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La odisea comenzó a las 8.30 de la mañana con un viaje de barco hacia Candelario Mancilla que dura más de 3 horas, donde se encuentra la policía chilena para sellar la salida del país. El camino que parte de allí hasta la aduana argentina es una aventura. Los primeros 6 km son pura subida, bien empinada pero que se puede pedalear, aunque a veces hay que empujar. Luego hay un trecho de 9 km el cual es más uniforme y no presenta dificultad. Pero el último trecho de 6 km que tiende ir hacia abajo es un reto al cuerpo. Claro que todo depende que tan cargado uno vaya. El francés, que ya conocía el camino y que iba con 20 kilos menos que yo, acomodó parte de su equipaje en una mochila y se la cargó en su espalda, el resto lo dejo en el lateral derecho de su bici, pudiendo así maniobrar mejor. Yo no pude inventar nada, me toco empujar la bici como una mula el trayecto entero, pero de no haber contado con la ayuda de mi amigo, hubiese demorado dos días.

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El camino que se extiende por el medio de un bosque tupido lleno de ramas es muy angosto, y es un sube y baja constante que acaba con todas las energía de uno. La lluvia y el frío que nos acompañó durante casi todo el trayecto nos ponían las cosas más difícil. . Laurent empujaba su bicicleta y en los trechos imposibles regresaba para ayudarme a empujar. Por ir atrás de la bici, el pobre terminaba casi siempre haciendo más fuerza que yo. Cruzamos zonas empantanadas, de mucho barro donde se nos enterraban las bicicletas hasta la mitad de la rueda; y una decena de arroyos, algunos haciendo malabares por sus respectivos troncos que sirven de puente, otros directamente por el agua. En un momento me venció el peso de mi bicicleta y se me cayó. Maldición, recién en el tercer intento pude levantarla con ayuda del francés. Benditas sean mis alforjas impermeables. No hay nada  que cuide más que mi computadora, que guarda todas mis memorias. Con la última luz pasamos mucho frío, durante horas tuvimos los pies mojados, la ropa empapada y no teníamos donde acampar, había que seguir, no quedaba otra. Mis cuerpo ya no me respondía cuando me caí por un barranco. De no haber sido por Laurent la bici se me hubiese caído encima. No se trata de agilidad, es lógica. El camino no es apto para quien lleva una bici pesada.

Lo sabíamos. Aquel trecho iba a ser un desafío, el mayor de la carretera Austral. Me preguntaba si tanto esfuerzo había valido la pena, cuando de repente el camino comenzó ir hacia abajo, salimos del bosque y las nubes comenzaron a abrirse. Y ahí estaba, entre un cielo anaranjado el imponente Fitz Roy que se asomaba como dándonos la bienvenida a Argentina. Fue en aquel momento que me di cuenta que todo ese sufrimiento había valido la pena, el deleite apenas duró unos minutos, lo suficiente para entender que no estamos locos, y que todo había sido más que aventura. Nos abrazamos, lo habíamos conseguido. Objetivo Cumplido!!!

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