Km 131.120

Viniendo de Nicaragua Juan y yo atravesamos una zona de montañas, y en cuestión de horas el paisaje cambió abruptamente. De amarillo a verde intenso. Plantaciones de caña de azúcar se fusionan con áreas protegidas y parques nacionales, con sus volcanes de fondo. Costa Rica cuenta con la mayor biodiversidad del planeta por kilómetro cuadrado de territorio y el país es reconocido como uno de los principales destinos internacionales con auténticas opciones de turismo ecológico.

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Pero comparado con sus países vecinos, las entradas a parques nacionales, el alojamiento y hasta los lugares para comer son muchos más caros. Costa Rica es el país más costoso de Centroamérica, no sólo para los viajeros sino para los propios ticos. Por ejemplo, el precio de una lata de atún, que por pescarse en sus costas y que para una gran parte de la población ha sido durante años la principal fuente de proteínas, en la actualidad puede llegar a costar de 2,5 a 4,5 USD, cuando en los países vecinos y hasta en México cuesta 1 USD. Costa Rica no es el país ideal para el viajero que acostumbra comer arroz o pasta con atún, sino para los jubilados norteamericanos que eligen pasar los últimos años de sus vidas en otro país.

“A diferencia de la mayoría de los países en Centro América y Latino América, Costa Rica ha sido un país completamente democrático desde 1889, y después de la guerra civil de 1948, no ha tenido ejército. Los ciudadanos disfrutan de una expectativa de vida de las más altas en el hemisferio oeste”, nos explicó Anais quien nos recibió en su casa cuando atravesamos la ciudad de Liberia. “Estimulados por el buen clima y sus bellezas naturales, además del buen estándar de vida, planes médicos a mejor costo, exoneraciones de impuestos y atractivos precios en bienes raíces, mas de 40.000 ciudadanos de los EE.UU. residen en Costa Rica”.

En nuestro recorrido por la ruta que bordea el Pacífico hemos visto cientos de avisos en inglés que promocionan la venta de propiedades. La gran mayoría son superiores a los 160.000 USD. Según nos comentaron 7 de cada 10 propiedades costeras son de extranjeros.

Como es costumbre, cuando nos agarraba la noche en ruta, debíamos resolver el gran dilema: “donde dormir”. Si bien en éste país no existe tanta inseguridad, acampar en el medio de la nada era nuestra última opción. En países como Guatemala, Nicaragua o El Salvador, el campesino que vive a lo largo de la ruta, es hospitalario, curioso y hasta servicial. Allí las opciones son muchas y uno hasta puede elegir, o buscar un campo que incluso tenga buena vista. En cambio, en Costa Rica no hay campesinos humildes al costado de la carretera, sino inmensas extensiones cercadas sin ningún tipo de vivienda, o simplemente fincas con tractores, camionetas último modelo y ganado. Y éstas personas, cuando uno se le acerca, tienen miedo. Se les nota en la cara, hablan con inseguridad y terminan haciéndose pasar por empleados diciendo que no tienen la autoridad para permitirle a uno que monte su carpa en su propiedad. Así sucedió en Bagaces. Aquella noche, acabamos acampando a la margen de un canal, sin que nadie nos viese y sin pedir permiso. Y el canal hasta me sirvió para bañarme, aunque me pegué un flor de susto cuando no pude salir porque su rambla era demasiada inclinada. Pero Juan enseguida cogió una soga de mi bicicleta y me la lanzó.

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Durante nuestra estadía en Costa Rica, también acampamos en playas vírgenes, que no son tan lindas debido a las piedras, troncos, ramas y demás restos de vegetación. Diferente es el Parque Nacional Manuel Antonio, seleccionado hace un par de años por la Revista Norteamericana Forbes como uno de los 12 parques más bellos del mundo. Para llegar a él tuvimos que pedalear 8 km por una pendiente aniquiladora y cuando no empujar. Juan aún estaba muy mal, era él ahora que se había tomado una bomba de antibióticos para matar los parásitos. El tipo quedó tumbado en el hotel más barato de Puntarenas, y tras un par de días pedaleaba a la par mía, todavía muy débil.

Vía el sitio de Internet couchsurfing.org encontramos varias personas que nos abrieron la puerta de su casa, como Pablo en Jacó que por tener que viajar terminó dejándonos solos en la casa con su perro. O Alex en el Roble, quien nos hizo llegar a su casa de noche para luego hacernos pedalear otros 20 km hacia una cabaña abandonada situada en lo más alto de una montaña con caminos barrosos. Tuvimos que arrastrar nuestras bicicletas como si fuésemos bestias de carga. De haberlo sabido nunca lo hubiésemos hecho. Como si estuviese prescrito, la mitad de las personas que me reciben a través de sitios como éste, viven lejos y en lo más alto del lugar.

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También quiero agradecer a los bomberos de Quepos y Ciudad Neily que nos recibieron y hasta cena nos sirvieron. Costa Rica fue un país que apenas atravesamos, pero que no exploramos. La época de lluvia ya había comenzado y por ello solo pudimos detenernos un día para vender. Lamentablemente no pude aceptar la mayoría de las invitaciones que tenía, porque la ruta que habíamos elegido era otra.

En fin, si vuelvo a Costa Rica me aseguraré de llegar en la época seca, de hablar mejor inglés y lo más importante de tener la billetera bien llena.

Si deseas conocer más acerca de mi viaje, consigue el Documental: Pedaleando el Globo