KM 27.025

Desde las tierras altas de Etiopía, continué viaje rumbo a mi próximo país, Djibouti. Fueron 70 Km. en bajada y usando todo el tiempo los frenos, del frio al calor, de los 3500 mts de altura hasta el nivel del mar. Bati es el pueblo donde comienza un gran desierto. En las montañas, la gente transportaba sus cargas mediante mulas y aquí, en las tierras bajas, los principales protagonistas son los camellos.

Me levanté temprano con la idea de partir rápido; pero tomar el desayuno, cargar agua fria y comprar unas frutas me demoró más de lo habitual. Por eso comencé a pedalear pasadas las 8 de la mañana.

Recién en mi segundo día supe que desde Bati hasta la frontera hay más de 300 kilómetros, aunque para mi mapa eran sólo 240. No tenía mucha información acerca del lugar, la gente de la montaña no suele ir para las tierras bajas. Sólo sabía que era una zona desértica y, según me decían, muy difícil de pedalear.

Imaginé que no sería complicado, tres días serían suficientes si empezaba desde temprano y, por supuesto, si pedaleaba sobre la tarde. Sabiendo que el camino era plano programé ingenuamente dos etapas por día, de tres horas cada una. Pero fallé. Cruzar el desierto fue más duro de lo que imaginaba, quizás lo más difícil en mi recorrido por el África.

Los primeros 110 Km. fueron por camino de tierra. Debía ir despacio, por eso pedaleé casi todo el día. Sólo paré dos horas en una pequeña aldea, donde me refresqué y descansé un poco. Mi único error fue no almorzar. La gente fue muy amable y pude haber cocinado pero no tenía hambre, hacía mucho calor.

danakil

Sobre la tarde me arrepentí, me sentía débil. El calor parecía que me abrazaba, pero tenía que continuar porque me faltaban varios kilómetros.

Llegué a Mille con la primera luz de la luna. Estaba extremadamente cansado, sediento y con hambre.
Tomé un baño y comencé a sentirme mal, tenía fiebre. Le pedí al dueño del hotel que me cocinase algo de la comida que llevaba, luego tomé un par de remedios y me acosté.

Con la gente del desierto

Mi segundo día no fue menos duro: tuve problemas con los cambios de la bicicleta y salí tarde otra vez. Para colmo, no pude arreglarlos y tuve que pedalear por un par de días con el plato del medio. Igual tenía viento en contra, aunque hubiese querido no habría podido ir más rápido.

En el trayecto conocí a la gente del desierto: los Afar, un grupo étnico nómade que, durante siglos, ha extraído y transportado sal mediante sus camellos, desde los lagos salados de Danakil hasta las tierras altas de Etiopía.

A pesar de que mucha gente me ha advertido sobre ellos, he comprobado una vez más que no debo guiarme por habladurías. Debido a su aislamiento, los Afar tienen fama de peligrosos, pero me parecieron muy amigables. Cada vez que me detenía con la bici, se me acercaban muy educadamente para curiosear.

Nos entendíamos por medio de señas y algunas palabras. Me invitaban a compartir su sombra, querían que me quedara. “Amesegenalhu, amesegenalhu”, les contestaba, que significa “muchas gracias”.

danakil - afar

Los hombres Afar tienen la costumbre de dejarse crecer el pelo, sin importar cuán largo lo tengan o cuánto calor haga, se trata de una cuestión de identidad. También visten largas mantas y siempre llevan un gran cuchillo.

Sus casas están construidas con ramas y paja, y por encima, son cubiertas de trapos y algún cuero de animal. Una de las dueñas de la casa me permitió conocerlas y comprobé que no son tan calurosas como parecían, aunque por estas tierras todo se asimila a un infierno.

danakil

Llegué a Logia sobre el mediodía, descansé un par de horas, comí algo y verifiqué información. El próximo pueblo estaba a 75 Km., con lo cual dudé un poco, pero me cargué tres litros de agua y salí a la ruta, pasadas las 14.00 hs.

A la hora, ya tenía el agua caliente. No lo podía creer, la tocaba y quemaba, pero al menos me quitaba la sequedad de la boca. Varios camioneros sorprendidos pararon en el camino para regalarme naranjas o convidarme con agua, que algunos la conservaban fría, ¡qué alegría!

El desierto de Danakil tiene varias áreas que se encuentran a más de cien metros por debajo del nivel del mar. Se considera uno de los lugares más inhóspitos y más calientes del planeta. Su temperatura puede elevarse a más de cincuenta grados, aunque en esta época, según la gente, comenzaban los meses de frío. La temperatura apenas pasa los cuarenta grados, pensé que me estaban cargando.

Sobre el final de la tarde vi un par de víboras que se cruzaban por la ruta, lo que me dio fuerzas para llegar al pueblo y quitarme de la cabeza la idea de acampar.

Llegué a Dichoto con la luz de la luna, eran las 8 de la noche y estaba casi muerto. Luego del baño, tuve otra vez fiebre. Estaba muy cansado, tomé un paracetamol y unas aspirinas, luego comí algo y me acosté en mi cuarto. Fui el único, porque los otros huéspedes que se alojaron en el hotel durmieron con las camas afuera, ya que hacía demasiado calor.

Sólo un poco mas – Km 27.265

Aunque no me sentía muy bien, a la mañana temprano, luego de otro par de aspirinas, partí para la ruta. Me faltaban pocos kilómetros, apenas 65 para llegar a la frontera. Mi último día en el desierto etiopiano fue un suplicio: el viento estaba más fuerte que nunca y, como me dirigía en dirección al mar, siempre estaba en mi contra. Al inicio, mi velocidad promedio era de diez u once Km. por hora. El calor era terrible, pensaba que no llegaba, ya no tenía fuerzas y me preguntaba qué demonios estaba haciendo ahí

A veces creo que viajar en bicicleta es una locura, hay trayectos que son un castigo y debería esquivarlos, pero me gustan los desafíos porque son los que se convierten en las vivencias más fuertes del viaje. De eso se trata, llegar a todos lados a pulmón y vivir en carne propia las realidades del camino.

Llegué a la frontera a las 11 de la mañana. No lo podía creer, había cruzado 300 km de desierto. Estaba exhausto, con la boca seca y el cuerpo todo dolorido, pero lo había conseguido, estaba en Galafi.

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