Cuando crucé la frontera hacia Djibouti, pensé que había llegado a la loma del kinoto. Hasta hace sólo un par de años, no tenía idea de que este país existía y menos aún de que algún día vendría con mi bicicleta para conocerlo.

Djibouti es uno de los más diminutos países de África y del mundo, con apenas 21.000 Km2 y medio millón de habitantes; con lo cual, podría ser un estado vulgar, pero su gran puerto ubicado en el sur del mar rojo, en el cruce de los tres continentes (África, Asia y Europa) lo convierte en un lugar codiciado.

Conversando con la gente, supe que a lo largo de la historia estas tierras también fueron contempladas por grandes imperios, como los antiguos egipcios, los griegos y los romanos. Pero finalmente el área fue clamada por los colonizadores franceses, quienes frustraron las mismas ambiciones de las tropas inglesas.

Km 27.400, llegando a la capital

Desde la frontera hasta la capital hay apenas 200 Km. Por momentos, la ruta es buena pero al igual que en el norte de Etiopía, el desierto y su entorno complican mi pedaleo.

Atravieso estos pueblos y recuerdo las imágenes de un viejo filme del oeste norteamericano; las casas son construídas de piedras o con chapas, es una zona muy ventosa y vive muy poca gente.

Más de la mitad de la población de Djibouti se asienta en la capital, y otro 30 % se agrupa en unas pocas poblaciones del interior. En estas tierras áridas no hay frutas, ni cultivos, ni ganado. Los únicos animales que pueden sobrevivir a este clima son las cabras y los camellos, de los que obtienen su leche.

Atravesé el poblado de Dikhil durante el día y, en realidad, fue mejor: si hubiese querido albergarme en su único hotel, tendría que haber pagado más de veinte dólares. Durante mi estadía a lo largo de este país, comprobé que Djibouti, a pesar de su alto grado de pobreza, tiene los alojamientos sencillos más caros de todo África, y en muchos lugares los hoteles no existen, los viajantes acaban durmiendo en la calle.

Por esta razón, en las noches que paré, rumbo a la capital, me recibieron los camioneros etiopianos que vienen desde la capital de su país para cargar la sal que extraen de los distintos lagos de la región.

Djibouti Town

Llegué a la capital sobre el mediodía. Hacía mucho calor, estaba sediento y, tras dos días sin bañarme, mi apariencia era bastante desagradable. Pasé casi tres horas recorriendo la ciudad, buscando un hotel barato, pero los precios no bajaban de los veinte dólares.

Djibouti es caro, y tiene pocas opciones para el viajero sin pretensiones. Casi todas las habitaciones tienen aire acondicionado; no importa cuán chico o desarreglado sea el cuarto, al mediodía el calor es agobiante.

Sobre las 15:00 horas encontré un hotel que tenía una habitación con ventilador, disponible por unos doce dólares. A pesar de que el cuarto estaba en la terraza y se parecía a un horno, me instalé rápidamente sin dudarlo. Luego tomé un baño, me afeité y, con ropa limpia y todos mis documentos, me fui para el Sheraton. Era domingo, pero como éste es un país de cultura musulmana, la gente trabaja comúnmente.

Mi reloj marcaba las 19 horas, ya era de noche y sabía que no tenía grandes chances de encontrar al General Manager. Así y todo, no tenía nada que perder y me jugué a la suerte. Entré en la recepción y hablé con los empleados. Resultaron ser demasiado curiosos y no muy simpáticos. Me dijeron que volviera otro día, que ya no era posible encontrar a nadie. Pero camino a mi bicicleta, hablé con el cargador de maletas, quien me aconsejó esperar un rato en el estacionamiento, ya que el General Manager había ido a jugar al golf y en poco tiempo regresaría al hotel. Entonces decidí aguardarlo, creí que era un buen momento para presentarme.

Pasados los veinte minutos, una camioneta 4 X 4, blanca, estacionó y mi compinche me hizo una seña. De ella se bajaron una señora africana y un hombre blanco, petiso y robusto, al que le pregunté: “Excuse me, are you Peter?” Era un suizo de bigotes, con anteojos y demasiado serio. Me respondió: “Yes, and who are you?” Bastó para decirle mi nombre, mi nacionalidad y lo que estoy haciendo para que Peter se echase una carcajada y me respondiera en un muy buen español: “Pues hombre coge tus cosas y alójate en el hotel ahora mismo. El Sheraton Djibouti es tu nuevo sponsor”.

No lo podía creer, habían pasado dos minutos y no le había mostrado nada de todo el arsenal de cosas, relativas a mi viaje, que cargo en mi mochila. Otra vez podía instalarme en un cinco estrellas.

Buscando sponsors

Djibouti es una ciudad fascinante, tiene una mezcla de estilos y de gente que me hacen sentir que estoy en varios lados al mismo tiempo. Camino por la calle y noto que la mayoría de los negocios son de indianos, los natos y eternos comerciantes. También veo decenas de mezquitas que enseñan la cultura musulmana, o una vieja arquitectura que muestra el paso de los europeos que arribaron masivamente a esta parte de África desde la apertura del canal de Suez a mediados del siglo XIX.

La población africana de Djibouti Town está compuesta de igual manera por dos grandes etnias: los Afar provenientes del norte y del este del país, y los Somali provenientes del sur, o su país vecino Somalia.

Pretendo permanecer en la ciudad no más de dos semanas, quiero relacionarme con la gente y aprender de sus costumbres. También deseo conseguir algunos sponsors, pero para ello debo adaptarme a sus horarios laborales. Vivir en este clima no es como en cualquier otro lado. Para el Djiboutiano, la frase “qué lindo día” expresa todo lo contrario a su significado.

Aquí la gente trabaja medio día y a lo sumo un par de horas más a la tarde, desde las 16 a las 18. Algunas oficinas abren a las 7 o 6.30 AM y todas cierran al mediodía, cuando el calor comienza a ser insoportable. Algunos me decían: “Tienes suerte, has llegado en los meses de invierno cuando la temperatura no pasa de los 40 o 42 grados, en verano llega hasta los 50 o 55”.

De esta manera, mis días comienzan temprano, me levanto con la primera luz del día, a las 5.30 o 6.00, y tomo un baño con agua tibia. Lo increíble de aquí es que el agua de las cañerías sale caliente. Y luego, tras el desayuno, salgo a la calle a pelearla.

Seguro que te preguntarás cómo debe ser esto de moverse en las capitales africanas en búsqueda de apoyo económico. La verdad es que nunca imaginé que algún día podía hacerlo.

El primer día que llego a una ciudad siento que no soy capaz de conseguirlo, me veo diminuto en un lugar gigante donde no conozco nada ni a nadie, como una hormiga perdida y sin dirección. A veces tengo el dinero para sobrevivir apenas unos días, y me da un poco de miedo. Pero en el fondo soy de los que cree que en el momento cierto, cuando más necesito, aparece aquella persona que me tira una soga. ¿Será suerte, destino, providencia?

No lo sé, lo cierto es que en Djibouti visité 23 empresas. En algunas ni siquiera me recibieron, como aquel francés que imagino que habría dormido mal o estaba nervioso en aquel momento, porque cuando apenas me presenté, me sacó corriendo. Sin embargo, me habían dicho que es uno de los más ricos de la ciudad, con casi una decena de empresas, y que sponsorea todos los eventos.

También están los que me escuchan y luego nunca me contestan; los que se hacen negar, a pesar de que algunos, al término de la charla, prometen apoyarme con algo. O directamente los que me dicen en el momento: “Pibe, te deseo la mejor de la suerte, pero no tengo presupuesto”. Éstos son los más prácticos, al menos no me hacen regresar más.

Pero entre tanta gente que visito siempre encuentro algún buena onda, que me dice: “Ok pibe, ¿cuánto andas necesitando? Así es mi trabajo, recorrer la ciudad, visitar empresas, negocios, personas, y a veces insistir hasta conseguir el dinero que estoy necesitando para cubrir y proyectar determinadas etapas.

No soy el único

En mi tercer día me pasó algo emocionante: visité uno de los supermercados más importantes y pedí hablar con el dueño, quien me recibió enseguida. Se llamaba Fratacci. Era un hombre de avanzada edad, demasiado serio y que trabajaba en una oficina repleta de adornos y estatuillas de todo tipo. En el transcurso de la charla se fue soltando, pero inmediatamente me dijo que no tenía plata y que no podía apoyarme. Luego me convidó con un refresco, y muy orgulloso me mostró tras su escritorio más de una decena de vírgenes que coleccionaba.

En el frente resaltaba una celeste, que me pareció que era conocida y me quedé pensando. De repente me dijo: “Ésa es de tu país, la virgencita de Luján. Hace 7 u 8 años vino otro argentino, ahora no recuerdo su nombre. Viajaba en moto por el mundo y también me vino a pedir que lo sponsoree. Tras hacerlo, su madre me envió este presente”.

Le pregunté si se refería a Emilio Scoto y me contestó que si. No lo podía creer, justamente en él me inspiré para comenzar este viaje. También lo admiré cuando lo leí en Clarín, y ante él aún me saco el sombrero. Viajó durante diez años, dio dos vueltas al mundo en las que recorrió tantos Km. como la distancia, de ida y vuelta, que existe desde la Tierra hasta la Luna. Y lo hizo tan sólo con sponsors locales.

Esto de buscar apoyo económico en el extranjero a veces se torna más difícil que el propio viaje. Yo voy en bicicleta y creo que por esta singular razón las empresas me apoyan, pero viajar en moto tanto tiempo y conseguir que te banquen, eso es admirable.

En lo que va de mi viaje por Sudamérica y África me crucé con más de una decena de personas que viajaba por el mundo en moto, pero ninguno de ellos era sudamericano y todos tenían sus ahorros. Por eso Emilio, como tocayo de esta lucha de país en país, te mando mis felicitaciones. Como me dijo un boliviano en Kenia que se cruzó con varios argentinos por el mundo, “muchos de ustedes son un prototipo, siempre se las ingenian para conseguir lo que buscan”.

Me despedí de Fratacci tras una larga conversación y, a pesar de que no conseguí lo que pretendía, me fui tan contento como si lo hubiese conseguido.

Fueron diez días que me paseé por toda la ciudad, a lo largo de los cuales no fue fácil encontrar a los gerentes o a los dueños de las empresas. Ellos no tienen horario de entrada y por lo general en la tarde no trabajan.

Pero me alcanzó para conseguir el apoyo de Coca Cola Djibouti, quienes no dudaron ni siquiera un minuto en darme una fuerza. También de Massida, una empresa francesa de transporte de mercaderías, y Dolphin Excursion que tenía como dueños a un español que, junto a otro francés, trabajaban haciendo lo que les gusta: el buceo.

A todos ustedes gracias por permitirme seguir adelante y hacer también que esta capital forme parte de mis mejores recuerdos.