El Salvador – Km 129.910

Dejamos las tierras altas de Guatemala para adentrarnos en el Salvador. Corrían los meses de invierno en el hemisferio norte, pero para la gente local era verano, así acostumbran llamar los salvadoreños a la época seca, entre diciembre y marzo, los meses más calurosos, cuando la temperatura alcanza los 40º.

Fran, Juan y yo cruzamos la frontera sobre las dos de la tarde, ya habíamos almorzado y descansado un par de horas del lado guatemalteco, por ello enseguida comenzamos a pedalear en dirección sur. Yo usaba una camiseta manga larga de hilo, la más fresca que tengo, y un sombrero de paja, pero igual tenía la sensación de que el sol me golpeaba la cabeza como un martillo de herrero. Juan llevaba apenas una gorrita negra, y Fran se cubría el rostro con una tela. Estos dos tipos están locos, pensaba.

La primera cosa que nos llamó la atención en el Salvador es que la mayoría de las casas y los negocios tienen rejas hasta el techo. Incluso las tiendas más pequeñas y remotas de los pequeños poblados se asemejan a una fortaleza. Las que no, es porque poseen un guardia uniformado con una escopeta en mano. “Aquí todo cierra a las 5 o 6 de la tarde, porque la gente tiene miedo” nos decía Edgar, que durante unos días nos recibió en San Miguel.

“En los últimos años, la inseguridad y la violencia delictiva se han convertido en un problema estructural en El Salvador. Y esto se debe al desarrollo y ampliación de las pandillas o maras como son conocidas en el país. Son grupos en su mayoría de jóvenes que se han ido organizando hasta el punto de tener células semi autónomas a nivel nacional e internacional. Sus actividades incluyen narcotráfico, inmigración ilegal, trata de personas, tráfico de armas, extorsión, blanqueo de dinero, robo, secuestro y asesinatos. Según el más reciente informe de Naciones Unidas El Salvador es el cuarto país más peligroso del mundo, detrás de Honduras, Venezuela y Belice”.

Camino a Zacatecoluca, el pueblo donde pensábamos dormir, fuimos advertidos por varias personas que la Pandilla Callejera 18, había ordenado toque de queda a partir de las 17 hs. Negocios y colegios cerraron desde el mediodía, por ello aquella tarde seguimos pedaleando con gran asombro tan lejos como pudimos.

En rutaCon la última luz del día llegamos al poblado San Agustín, una zona rural; y como es costumbre pedimos en una casa permiso para acampar. Ante casi una veintena de niños y adultos curiosos, montamos las tiendas, y luego yo empecé a cocinar. Casi siempre el que cocina es Fran con ayuda de Juan mientras yo contemplo la noche, pero aquella tarde por estar mal parado en la ruta al rasta se lo llevó un auto por delante. Afortunadamente no le pasó nada, aunque la rueda de su bicicleta quedó totalmente arqueada, pero el tipo es un buen mecánico, nada que ver conmigo, y aunque no la dejó bien, pudo seguir pedaleando. En la noche Fran volvió a meterle mano a su bicicleta y yo no tuve más remedio que agarrar la cocina con Juan. Los pibes me llaman de jefe, dicen que no hago nada, aunque soy yo quien lava los platos. Sobresalgo un poco más por el tiempo que llevo en ruta, por estar mejor equipado, llevar algunos repuestos, etc. Para ellos yo soy un verdadero profesional. Tuvieron suerte cuando ambos reventaron cubierta, porque yo llevaba dos nuevas que me habían regalado en México.

También soy yo quien consigue donde dormir en las ciudades, a veces de gente que me sigue por internet, o mediante las páginas de viajeros en las que estoy registrado; o como pasó en Antigua Guatemala, donde conseguí una habitación gratis por una semana solo porque el dueño del hostal me había visto en el periódico y simpatizado con mi viaje. Por ello si en el cuarto hay una o dos camas, los que comparten cama o duermen en el piso son ellos. Pero no porque me imponga o me crea con más derecho, sino porque Fran y Juan insisten en que yo soy el jefe.

Aquella noche, en San Agustín, cuando la cena estaba lista, todavía nos rodeaban al menos unas 10 personas, niños adolescentes y adultos. Se notaba en sus miradas que querían comer, yo no conseguía distinguir si era hambre lo que tenían o solo curiosidad y ganas de probar nuestro plato: espaguetis con salsa de tomate y verduras. ¿Pero que hacer en una situación así? Eran demasiadas personas, no podíamos compartir la comida con tanta gente. A parte habíamos pedaleado más de 100 km, y como todas las noches estábamos sumamente hambrientos. Previendo la situación yo había cocinado 700 gr de fideos, todo lo que teníamos, cuando en realidad solemos cocinar 3 paquetes de 200 gr. Me cuesta creer que estos países de América Latina haya gente que pase hambre. Existen inmensas extensiones de tierras de buena calidad, clima favorable que permite obtener varias cosechas al año y hasta producir ganado exclusivamente a pasto. Estos países tienen enorme potencialidad productiva, pero la gente es sumamente pobre. El día de trabajo en el campo se paga 4,5 USD.

Al servir nuestras porciones serví un cuarto plato y se los dí a los más chicos, pero éstos enseguida fueron abordados por los más grandes, casi quitándoles a la fuerza el plato, adjudicando que a los más chicos no les gustaban los fideos.

En los últimos días de nuestra estadía en El Salvador fuimos acogidos por Edgar, que sigue mi viaje por Internet hace varios años y al respecto de su país nos comentó: “El Salvador es un país que está dolarizado desde el año 2001. La apuesta del Gobierno fue reactivar la economía nacional principalmente manteniendo bajas tasas de interés e inflación y largos plazos en los créditos. Por tener confianza en la moneda se obtendrían más préstamos internacionales y las empresas también aumentarían sus inversiones productivas y pagarían mejores sueldos. Pero el tiempo ha demostrado que los mitos sobre la dolarización son falsos. La dolarización fue una gran operación financiera para favorecer a un pequeño sector mercantilista del país, con ella la deuda pública pasó de los 5.000 a los 13.000 millones de dólares. Según datos presentados por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo los niveles de pobreza del país se han ampliado: casi el 50 % de la población vive en la indigencia. También los precios de la canasta básica han aumentado drásticamente, en tanto los salarios de los empleados están estancados. En cuanto a las tasas de interés: hace tres años adquirí una computadora en la tienda Prado, su precio era de 355 USD, pero no pude comprarla al contado, por ello acepté financiarla en 36 cuotas mensuales de 30,51 USD cada una. Afortunadamente hoy pagaré la anteúltima cuota”.

Si deseas conocer más acerca de mi viaje, consigue el Documental: Pedaleando el Globo