Para la paleontología, el norte de Tanzania es un lugar único en el mundo. Allí se extiende el Olduvai Gorge, un cañón de 50 kilómetros de largo por 90 metros de profundidad, que cuenta con una singular historia geológica: durante casi dos millones de años se fueron depositando, en capas sucesivas, restos volcánicos que hoy proporcionan una extraordinaria documentación para el estudio de la vida antigua.

En 1959, por ejemplo, fue encontrado un fósil que dio lugar a un polémico debate sobre la evolución del género humano. Era un cráneo de 1,8 millón de años del Australopithecus boisei, también llamado Zinjanthropus, que significa “hombre cascanueces” en relación a sus grandes molares.

En Kenia y en Etiopía también se encontraron fósiles de unos dos millones de años que contribuyeron a la investigación. Según estos descubrimientos, al menos tres especies de homínidos habitaron esa región: el Austrolopithecus boisei, el Homo habilis y el Homo erectus. Las dos primeras se extinguieron (en el caso del Homo habilis, pareciera haber sido absorbido por o evolucionado hacia el Homo erectus) mientras se cree que el Homo erectus continuó y evolucionó hacia el Homo sapiens, el humano moderno.

Cerca del Olduvai Gorge y a 1.000 mts de altitud está el lago salado Eyasi. A sólo 10 kilómetros de sus aguas, en una zona demasiado caliente y seca, habita una de las tribus más primitivas del país: los Hadzabe (o Bushmen, “hombres del monte”, como la gente del lugar los llama.)

Me contaron que para el censo de este año (2002) tuvieron que darles la carne de cinco cebras para poder juntarlos a todos y así contarlos. Llegar allí no fue fácil, los caminos están en pésimas condiciones y cortan grandes montañas por lo que precisé de mas de 7 horas para atravesar los últimos 71 kilómetros hasta Mangola, un pequeño pueblo.

A mi llegada, sobre el atardecer conocí a Isa, uno de los pocos nativos que hablaba inglés, y que se ofreció a guiarme hacia los Hadzabe, la tribu que aún vive de la caza y de la recolección en el monte, y de quienes se cree que llevan 10.000 años habitando la región.

Al amanecer del día siguiente partimos con Isa hacia el monte en nuestras bicicletas. La pedaleada fue muy difícil debido al fuerte viento en contra, pero finalmente llegamos a donde se encontraban algunas familias.

hadzabeApenas los vi me sorprendí. No había ni una sola casa ! Algunos de ellos estaban envueltos en un par de trapos bajo los arbustos, mientras otros se preparaban para ir de cacería. Más tarde supe que durante la época seca (6 meses) viven a la intemperie, y que sólo se mudan a unas cavernas en la temporada de lluvia.

Isa enseguida les explicó de mí y de mi viaje; les dijo que mi interés era conocerlos, y conocer sus costumbres. Mi reloj aún no marcaba las 7.30 cuando pude acompañarlos en la búsqueda de su comida.

Partimos hacia el norte a un ritmo acelerado. Éramos nueve y todos llevaban sus arcos y flechas, inclusive un niño que no tenía mas de 6 años. Íbamos muy atentos y por momentos en subgrupos de dos o tres. Supe que a las puntas de las flechas les ponen veneno que obtienen de las plantas, por lo que pueden cazar animales grandes como el warthog (jabalí), gacelas o cebras, pero para ello precisan de mucha suerte.

En dos ocasiones presencié cómo trataron de rodear a un Kirk’s dik dik (una especie de bambi) pero el animalito fue muy rápido. También los vi acertar a tres roedores pequeños, del tamaño de un ratón, que se escondían en arbustos de escasa vegetación. Estuvimos toda la mañana de un lado a otro. Aún no dejaba de sorprenderme.

De repente se detuvieron y con sus arcos apuntaron a las copas peladas de los árboles, y yo me pregunte: “¿y ahora que pretenden?”. Creía que habría algún mono pero no, estaba equivocado, les tiraban a los pajaritos.

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Con tres ratones y dos pajaritos de menú, ahí mismo tomaron dos maderas -una dura y otra liviana- y con mucha habilidad encendieron fuego. ¡Increíble! Sin fósforos ni encendedor. Parecía mentira. Solo unos minutos con la carne al fuego y listo. Le sacaron la parte quemada, la piel y las plumas, y me convidaron; yo tenía bastante hambre pero preferí obviar aquel exótico desayuno.

Luego fuimos en busca de agua, pero como el río estaba seco debieron cavar para que la tierra les proveyera por lo menos lo indispensable para beber. También nos detuvimos junto a unas plantas, de las que cortaron sus raíces para comerlas más tarde.

Ya de regreso vimos una decena de Guineas fowl, una especie de pavos, y corrimos hacia ellos. Enseguida se echaron a volar por lo que creí que sus chances de cazarlos habían terminado. Los cazadores se dispersaron y durante algunos minutos los perdí de vista, pero luego vi sobre mi cabeza a una de estas aves, con una flecha clavada, que se venía en picada.

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Una vez más, no lo podía creer. ¡Qué puntería!Y ahí estaba …ese era el almuerzo.

Los Datooga

De regreso para Mangola, Isa tomó otro camino y me llevó a la casa de una familia Datooga.

Los Datooga son otra tribu que habita la región central del país. Muchos de ellos aún poseen la marca que los identifica, similar a la de los Makondes. Son tatuajes hechos en sus rostros con aguja y carbón, y un estilo peculiar: tienen forma de círculo y se despliegan alrededor de sus ojos.

Por cuestiones territoriales desde hace mucho tiempo están enemistados con los Masais y al igual que ellos, crían el ganado del cual también beben su sangre.

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Los Datooga trabajan la tierra; cultivan principalmente maíz y porotos, y recogen algunos frutos. Tienen varias ceremonias a las que asisten periódicamente: en una de ellas, que se realiza todos los años, eligen al mejor guerrero de acuerdo a la caza obtenida. El elegido se exhibe pudiendo ser escogido por una o más mujeres para el casamiento. La poligamia es permitida.

Finalmente les pregunté sobre la circuncisión y me contestaron: “para nosotros es algo normal, la practicamos en los hombres cuando son chicos y en las mujeres justo antes del casamiento.”