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“Hello Mr”, dijo el primer indonesio que me crucé cuando desembarqué del ferry en Sumatra. “Hello Mr” dijeron cada uno de los 15 policías aduaneros que hicieron un detallado control a mis pertenencias. Desde entonces, el “Hello Mr” comencé a escucharlo de todas las personas, adultas y niños, cada vez que me detenía en un lugar para descansar, para comer algo o mientras pedaleaba a lo largo del país.

Indonesia tiene una población de 250 millones de de habitantes; no existen las rutas desoladas sino desbordadas por el tráfico que apenas puede circular por caminos estrechos. Los vehículos reiteradamente deben frenarse para abrir paso a los otros que transitan en dirección opuesta. En muchos lados, estos terribles caminos son llamados de autopistas.

Pedalear las islas de Sumatra y Java, sin banquina, con los bocinazos que me aturdían y que se alternaban con los Hello Mr me resultó estresante. El típico saludo indonesio lo escuchaba cada 20 o 25 metros, desde todas las casas y provenientes de todas las direcciones, a veces a coro. O sea, que por día nunca lo sentía menos de 3000 o 4000 veces. De esta manera el “hello Mr” se transformó en una pesadilla.

Eran las 4 de la mañana y dormía en el jardín de la parte de atrás de una escuela, en las afueras de una población que había atravesado. Allí no había hotel, por ello hablé con los  vecinos del lugar que me llevaron a pedirle permiso al director de la escuela. Era la opción perfecta para pasar la noche, el terreno estaba cercado y tenía seguridad. Había sido un día largo, caluroso y difícil para mí, había atravesado varias montañas y escuchado el “hello Mr” más que nunca. Tras montar la tienda pude lavarme en el patio de la escuela y cociné unos fideos que compartí con 3 vecinos curiosos. Luego me acosté. Aquella noche soñé que me encontraba rodeado por una multitud que no me dejaba ir  y que todos me gritaban insistentemente “hello Mr, hello Mr.” Me desperté exaltado y traspirado, pero enseguida noté que no había sido solo una pesadilla, porque a través del mosquitero veo una luz blanca y potente que me alumbra a la cara y me dice: “Hello Mr”!

En un acto de furia pego un grito e intento salir de la tienda, pero el hombre salió corriendo. Yo demoré mucho en dormirme nuevamente, hasta que con la primera luz del día comenzaron a llegar los chicos a la escuela, rodearon mi tienda y comenzaron a llamarme “Hello Mr”, “Hello Mr”.

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Por ello cada noche que llegaba a una ciudad en Sumatra y encontraba una pensión, me resultaba una bendición, y si la energía eléctrica no era cortada y podía dormir toda la noche con el ventilador, era un regalo de Dios.

Los mapas que llevaba de Sumatra eran muy simples, sus escalas indicaban la mitad de distancia de lo que realmente eran. Las rutas suben y bajan todo el tiempo, con curvas y contra-curvas. Fue la primera vez que no encontré en internet mapas de una región “desarrollada”. En Sumatra me sentí a la deriva.

Cuando llegué a Bukittinggi se me acercó un chico de moto y me dijo: “hello Mr do you need help”. Por ello le pedí que me lleve al hotel que estaba buscando. Pero el chico me paseo por la ciudad entera, tocaba bocina a todos los autos para que me den paso y a sus amigos para que nos vean juntos. Durante mi estadía en Bukittinggi apenas vi un par de turistas. Según me explicó el recepcionista del hotel, Bukittinggi era una de las paradas casi obligatoria para los turistas que viajaban a través del Sudeste Asiático, pero durante los últimos años, debido a una serie de fenómenos naturales como terremotos y tsunamis, ha sido olvidada junto a otros destinos de Sumatra.

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Bukittinggi tiene decenas de alojamiento económicos y es la base ideal para hacer excursiones a los volcanes, recorridos por el Cañón Sianok o visitar el Danau Maninjau, un lago formado en la caldera de un volcán. Durante mi estadía recorrí gran parte de la zona, entre arrozales, pueblos autóctonos y selvas. Pero queriendo descansar un poco me alquilé una moto y por ello durante aquellos días me sentí Lorenzo Lamas.

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En Sumatra también aprendí algunas palabras en bahasa indonesio, el idioma oficial del país, entre ellas tidak padas y tidak chavé, que significan sin picante, sin chili. Un chico Indonesio también me las escribió, por ello cuando iba a un restaurante, no solo las decía, sino que les mostraba el papel y hasta hacía la mímica para que les quede perfectamente claro. Pero la mayoría de veces no servía para nada, y se justificaban diciendo que era poco el picante o que se olvidaban. Yo me ponía furioso, y en muchas ocasiones, me negaba a comer y les pedía que me cocinen de nuevo. Por suerte, lo hacían.

En Sumatra la gente siempre ha sido muy buena conmigo, pero viajar por allí fue realmente agotador.

Yakarta

Llegué a Yakarta tras pedalear 120 km desde Merak, el puerto que comunica la isla de Java con Sumatra. Yakarta es la capital del país, y tiene una población de 18 millones de hab., contando su área metropolitana. El ingreso a la ciudad fue el más caótico que tuve entrando a una ciudad en todo el continente; mucho peor de lo que fue entrar a la ciudad de Delhi o Calcuta en India.

Las avenidas hacia la ciudad estaban totalmente taponadas por el tráfico, los únicos vehículos que circulaban eran las motos y yo. Lo hacíamos siempre en contra de los automóviles, por el otro lado de la avenida. Así y todo me demoró 2 horas llegar a destino, y conseguí arreglármelas porque tenía el mapa de la isla de Java en mi teléfono navigator; que era fundamental.

A mi llegada me instalé en la Asociación Bike2work, una asociación de ciclistas que

existe en todo el país. Me brindaron un cuarto con aire acondicionado, servicio de internet y hasta la posibilidad de cocinar. Me trataron muy bien, pude descansar y trabajar tranquilo y ninguno me decía “hello Mr”.

Luego contacté a Lucio Costarrosa, el Director de Tenaris Indonesia, una empresa metalúrgica, del Grupo Argentino Techint, que fabrica tubos de acero para la industria petrolera. Como en otros países, Tenaris realizó una contribución al proyecto para que yo siga pedaleando.

También fui bien recibido por Sebastián Palou y Martín Vía, de la Embajada Argentina que me establecieron contactos con la prensa y con otras embajadas para tramitar mis visas.

En los últimos días visité la Mezquita Istiqlal, que es la más grande del Sudeste asiático con capacidad para recibir 120.000 fieles. A diferencia de otras mezquitas que había visitado, la planta principal estaba dividida por un tabique que separaba los hombres de las mujeres durante el rezo. Me sorprendió la cantidad de mujeres que había.

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Por último visité el área de Kota, su casco antiguo y la zona del puerto. Pero me perdí y tuve que seguir los consejos de la gente local para volver a la avenida principal. Entonces me metí en calles de tierra y costeé un riacho con sus aguas totalmente podridas. Bajo el puente había casas fabricadas con cartón y nylon, algunas eran solo cajas, no quería ni mirar, quizás por respeto o miedo. La gente vivía en la más absoluta pobreza. Me vinieron a la mente imágenes de Sudamérica, a diferencia que aquí la gente me sonreía y saludaba.

Este de Java

Dejé Yakarta de barco, no tenía mucho tiempo para atravesar toda la isla de Java, tampoco me interesaba. Por ello tomé un barco de la empresa Pelni hacia Surabaya. Afortunadamente cuando fui a comprar el ticket a la oficina central de la compañía había una promoción, y por apenas unos dólares más del ticket más barato me ofrecieron viajar en primera clase, en una cabina privada y con baño. Cuando subí al barco y vi el amontonamiento en el que la gente viajaba, me sentí como un rey, incluso si después tuve que matar no menos de 20 cucarachas en mi habitación.

Ya en el este de Java todo resultó diferente, la lluvia que me había perseguido durante todo mi recorrido en Sumatra, desapareció. El estado de las rutas mejoró, el traficó disminuyó y las poblaciones más pequeñas le daban lugar a inmensas plantaciones de arroz que variaban desde un verde dorado a un amarillo seco.

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Camino a Bali me detuve en Probolinggo, de donde visité el Parque Nacional Semeru, la mayor atracción de Java oriental. Su principal protagonista es el Gunung Bromo, un volcán activo de 2300 mt, que está flanqueado por otros dos picos que también emergen del macizo de Tengger. El lugar es un sorprendente paisaje volcánico.

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Bali

Llegué a Bali, con la idea que estaba llegando al paraíso tropical, pero me decepcioné. Visité las playas de Dreamland, Padang Padang y Nusa Dua, que me las habían descrito entre las mejores, también visité Sanur y la playa de Kuta, de donde me advirtieron por sus aguas contaminadas. Bali no me pareció más que pura publicidad. Afortunadamente me topé con un grupo de argentinos residentes en Bali. Leti, Pablo, Clelia y Chispa, entre otros, todos se portaron de primera conmigo. Pero Marcel y Alejandra son quienes más recuerdo, porque fueron los primeros en recibirme tras esta dura pedaleada por el país. Aquel día yo pedaleé 143 km y a mi llegada fui invitado a cenar en su casa. Alejandra cocinó milanesas, y también fui agasajado con flan con dulce de leche y hasta alfajores Havanna que Pablo había llevado.

Que me pareció? Hasta la lechuga estaba deliciosa.

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Si deseas conocer más acerca de mi viaje, consigue el Documental: Pedaleando el Globo