Margen oeste del NiloDejamos Hurgada y aún bordeando el Mar Rojo pedaleamos hasta Port Safaga, pero allí un control de la policía nos detuvo y no nos dejó seguir pedaleando. Según la ley los turistas no pueden circular libremente por el país, debiéndolo hacer en horarios determinados y siempre escoltados por la policía, consecuencia de un atentado en 1997 cuando murieron más de 100 turistas acribillados a tiros frente a un monumento en Luxor. De esta manera seguimos viaje en un transporte público hasta Qena y de allí pedaleamos hasta Luxor. Y a decir verdad en Luxor le cambió el humor a Clara, porque ahora debíamos enfrentarnos a la precariedad, al acoso insaciable de su gente, a los precios desfasados y a la mugre de la ciudad. Recuerdo cuando vimos a aquel barrendero que pese a su vieja escoba raspaba en la calle la bosta de caballo con su propia mano; no lo podíamos creer. O cuando caminando entre sus callejuelas nos abordaban los niños que todo el tiempo piden dinero, o aquellos que por venderte algo quieren ser simpáticos, “alo, alo, alo, alo, alo, where are you from?” nos preguntaban hasta el cansancio llevando al límite nuestra paciencia.

Y así entre tanta gente molesta no falta “el irrespetuoso”; aquella mañana tomamos una felucca, una típica embarcación para cruzar el Nilo y al desembarcar con nuestras bicicletas Clara que caminaba a tan solo unos metros de mí fue llamada a probar un hombre egipciano, pero ella fue inteligente porque enseguida me dijo de andarnos pese a que yo le insistía por saber lo que le habían dicho. Y así pasé un rato largo preguntándole hasta su cansancio, al mejor estilo egipciano y solo cuando estábamos bien lejos me lo dijo. La rabia me duró todo el día y fue bueno porque cuando regresamos aún era encabronado y cuando nuevamente veo al mismo felucca-man queriéndose acercar a Clara con una sonrisa sobradora me le voy encima y con un dedo en su pecho comienzo a provocarlo y amenazarlo. Y no le gustó, había mucha gente y que confusión se armó, hasta Clara se ofendió conmigo, también sus compañeros de trabajo que curiosos trataban de calmarme, aunque ninguno supo de qué se trataba. Pero todos son lobos viejos, y seguramente se lo imaginaban.

En el Templo de KarnakDías después regresamos al otro lado del Nilo y cuando el mismo hombre nos reconoció en la zona de desembarque, enseguida desapareció; todavía me acuerdo de su cara.

Por lo general los egipcianos no quieren problemas con los turistas; la policía puede ser muy dura, aunque muchas de las personas que trabajan con turismo son muy cabrones, pero también cagones.

Días después Mohamed, un hombre de negocios proveniente del Cairo y que a menudo frecuenta la ciudad, me dijo: “Luxor es la peor ciudad de Egipto por todo tipo de acoso que existe hacia el turista, y dependiendo por la parte de la ciudad que se transite uno puede encontrar diferentes tipos de servicios sexuales. Hay zonas que se caracterizan por hombres que se ofrecen a mujeres, de todo tipo y otras en que se ofrecen a hombres.”

Y fue triste saber que la verdadera causa de tanta contaminación en la gente local es el turismo, pero es verdad porque pedaleando hacia el sur, bordeando el río Nilo, la gente que no tiene contacto con el turista es de primera, aunque allí nunca faltó el pillo.

 

 

Si deseas conocer más acerca de mi viaje, consigue el Documental: Pedaleando el Globo