Samoa – Km 104.744

La Polinesia es una de las divisiones tradicionales de Oceanía, formada por casi mil islas situadas en el centro y en el sur del océano Pacífico. Un triángulo imaginario que tiene como esquinas la Isla de Pascua, Nueva Zelanda y Hawai, y que comprende los archipiélagos de las islas Cook, Tonga y Marquesas, entre otros.
Intrigado por conocer este rincón del mundo, desde Nueva Zelanda y camino a Norte América elegí detenerme en Samoa, y así conocer según me informaron uno de los lugares más vírgenes y auténticos de la cultura polinesia.

Desde el aire, se podía apreciar una gigantesca barrera de coral que circundaba la isla como protegiéndola y que a la vez dividía el color de sus aguas en un intenso azul oscuro y celeste turquesa. Sobre el mediodía, con un calor abrasador el avión aterrizó en el aeropuerto internacional Feleolo; al lado de los samoanos, que se caracterizan por ser gordos o gigantes, éramos apenas un puñado de turistas que parecíamos pigmeos. A nuestro desembarque los blancos fuimos agasajados con un collar de flores mientras de fondo se sentía una alegre banda musical que con una rara melodía nos daba la bienvenida. Ni siquiera había salido del aeropuerto y ya estaba encantado. Estaba en Samoa!

De casualidad, enseguida que llegué al centro de la ciudad, conocí al gerente del hotel Tanoa Tusitala, quien al saber de mi proyecto decidió esponsorizarme brindándome alojamiento durante los primeros días de mi estadía. El hotel era un 4 estrellas y de construcción rústica y aunque moría por salir a recorrer las islas me dio pena irme.

Las islas de Samoa son de origen volcánico y tienen una superficie menor a los 3000 km². Sus dos principales islas son Upolu y Savai’i. La primera concentra las tres cuartas partes de la población del país y es donde existen la mayoría de los hoteles de lujo. La segunda pese a ser la mas grande es el hogar de apenas 50.000 personas y es la menos desarrollada.

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Se cree que los primeros habitantes de Samoa, llegaron de las islas Fiji hace aproximadamente 3500 años y de ahí se fueron estableciendo en el resto de la Polinesia. Estos habitantes se mantuvieron en las islas bajo sus antiguas costumbres hasta la llegada de los occidentales que comenzaron a llegar a inicios del siglo XVII. Durante el siglo XIX, Reino Unido, Alemania y los Estados Unidos reclamaron partes del reino de Samoa, y establecieron puestos de comercio. Las rivalidades internacionales se solucionaron mediante el tratado de 1899 en el que Alemania y Estados Unidos dividieron el archipiélago samoano, mientras que Reino Unido renunció a sus aspiraciones a cambio de que Alemania cediera sus protectorados en las Islas Salomón. En la actualidad el Estado Independiente de Samoa es la ex Samoa Alemana. EE.UU. nunca cedió a su territorio no incorporado, llamado hoy Samoa Americana.

La capital de Samoa es Apia, la mayor ciudad y puerto del país, con una población de unos 40.000 habitantes. Su arquitectura combina antiguas edificaciones coloniales y casas más modernas de estilo occidental, junto con algunas tradicionales casas samoanas, denominadas fale.

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Tras unos días en la isla de Upolu, partí para la isla de Savai’i que es conocida como el alma de Samoa. Allí permanecí la mayor parte de mi estadía. Durante mi recorrido por ésta isla casi no vi extranjeros y ni siquiera un mísero restaurante. Mis planes de recorrer la isla y acampar enseguida fueron opacados cuando en la primera noche se me rompió mi cocinilla portátil, desde entonces debí hospedarme en las tradicionales y no tan baratas fales y probar todo tipo de delicia samoana que consiste mayormente en tubérculos, productos procedentes del coco o fruta fresca. Las carnes más comunes son el pollo, el cerdo y por supuesto el pescado. Casi siempre cocinan todo frito y con mucha crema de coco. Al termino de mi estadía estaba saciado, con calambres estomacales y sintiendo repugnancia por cualquier plato samoano.

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Durante mi recorrido en Samoa conocí a Tuaa, padre de familia numerosa y jefe de la aldea donde paré para descansar. Tuaa era portador del tatuaje samoano, un perfecto dibujo simétrico que abarca desde la rodilla hasta la altura del ombligo. Pese a su inglés quebrado Tuaa supo explicarme el significado de tal tradición. En Samoa el tatuaje o pe’a formaba parte de las ceremonias rituales que marcaban el paso de la adolescencia a la edad adulta. Los diseños simbólicos del tatuaje servían para expresar la identidad y la personalidad. Indicaban el rango social en la jerarquía, la madurez sexual y el linaje. Tatuarse exige un proceso extremadamente doloroso que implica sesiones prolongadas de trabajo minucioso.  El dolor forma parte esencial para su elaboración y su duración puede variar entre una semana o varios meses. Una vez el tatuaje ha sido iniciado, debe acabarse por completo; una tarea no concluida supone la vergüenza para el individuo y la deshonra para su familia. El tatuaje en Samoa se considera símbolo de madurez, valor, prestigio social y belleza.

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Otros de los aspectos centrales de la cultura samoana son la familia, siendo habitual tener un grupo familiar extenso, denominado aiga, con un patriarca denominado matai; y la religión. “Samoa está fundada en Dios” es el lema del país.

Según me explicaba Tuaa, antiguamente adoraban a muchas divinidades y tenían una importante mitología. De acuerdo con la tradición, la diosa de la guerra Nafauna profetiza la llegada de una nueva religión que relegaría a los dioses locales, y entonces el poder bueno o malo, llegaría directamente desde otra versión del cielo.
De esta manera, a partir del contacto con el hombre blanco comenzaron a llegar misioneros, que introdujeron las filosofías occidentales y convirtieron a sus habitantes al Cristianismo. Casi un centenar de años más tarde, la Iglesia Congregacionalista en Samoa de la Sociedad Misionera de Londres, una de las primeras en llegar, se convirtió en la primera Iglesia Independiente Indígena del Pacífico Sur.

En la actualidad prácticamente en la mayoría de los pueblos hay tres o cuatro iglesias de diferentes denominaciones, y en algunos casos más, entre ellas Congregacionales, Metodistas, Católicas, Mormonas, Asambleas de Dios, Bautistas o Adventistas del Séptimo Día. La asistencia a la iglesia en Samoa es más del 95% de la población. Los domingos no son un día como los demás, cientos de personas caminan hacia y desde la iglesia con sus mejores galas, las mujeres visten largas túnicas de un blanco impecable y sombreros y los hombres camisa y corbata.

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Pero la influencia de la iglesia es hoy, como hace tiempo, abrumadora. La huella evangelizadora no solo se manifiesta cada domingo sino que, también lo hace en la vida diaria donde las comunidades giran entorno a esta institución. Cuando los misioneros llegaron por primera vez se hacían pagos en público a las iglesias de aceite de coco.

En la actualidad parecería que las comunidades de Samoa compiten entre sí para ver quien puede dar más” me decía Matt un australiano que lleva dos años viviendo en las islas, “y aunque las donaciones ahora tienden a ser de naturaleza monetaria esta práctica aún continúa. Como resultado, las iglesias resultan ser los más grandes edificios que se encuentran en cualquier pueblo y las casas de los pastores generalmente son un fale provisto de todas las comodidades.”.

“Dar dinero al pastor para sus gastos personales y manutención es una obligación. Muchos jóvenes, además de compartir su sueldo con la familia numerosa tienen que dar una parte a la iglesia; si no ocurre así, se toman severas represalias. El pastor ostenta un status igual o incluso superior al del matai del más alto rango. Por si todo esto fuera poco, durante el servicio religioso de los domingos, se leen listas en donde se anuncia quiénes son los feligreses y cuanto dinero han aportado a la iglesia; los que no han cumplido con su obligación no escapan a la vergüenza del anuncio en público.

Tras escuchar a Matt no me sorprendí cuando en los últimos días de mi estadía leí en las noticias locales acerca del regalo que los habitantes de un pequeño pueblo le habían hecho a su pastor: una nueva y lujuriosa camioneta 4×4.