Japón – Km 81.630

Llegué a Japón en barco, desde Shangai, China. Desembarqué en Osaka, una ciudad importante situada en la región de Kinki en la isla de Honshu. Según me explicaron Japón está formado por cuatro islas principales: Honshu, Hokkaido, Kyushu y Shikoku, que forman el 97% de la superficie total del país, y también por más de 6.000 islas menores adyacentes.

A mi llegada a Osaka pedaleé hacia al centro de la ciudad y a medida que me iba acercando me sorprendía cada vez más su silencio. Ni siquiera sentía el motor de los autos. Pese a que estaba en una ciudad de más de 2 millones de habitantes tuve la sensación de que me encontraba en un pueblo.

Luego me recibió Daisuke, un muchacho japonés que también recorrió el mundo en bicicleta durante 11 años. “Ahora mi vida se ha vuelto monótona” me decía, “extraño la incertidumbre del viaje”. Yo hice silencio, me quedé pensativo y por unos segundos reflexioné acerca del fin del viaje. Daisuke tenía razón.

Tras visitar el castillo de Osaka, Daisuke me llevó a casa de su amigo Shuji, donde me alojé por una noche. Según me explicó, así lo prefería ya que desde su llegada muy a menudo invadía la casa de sus padres con amigos del viaje. Y según la costumbre local, los japoneses no acostumbran a hospedar gente en sus casas. Y yo fui testigo de ello, porque de todos los contactos que tenía ninguno me recibió. O peor aún, algunos me contestaron semanas después cuando ya había dejado el país. Aquella noche con Daisuke y Shuji cenamos al estilo japonés, charlamos de nuestros viajes y me brindaron toda la info y mapas para recorrer Japón. Ellos fueron los únicos que me recibieron y con quienes compartí una mesa.

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Tampoco conocí extranjeros que me recibieron en sus casas, como si ellos también se rigiesen con las tradiciones locales. Como es mi costumbre, en los países caros utilizo un sitio de Internet para viajeros para pedir alojamiento. Principalmente en las grandes ciudades o capitales. Pero me faltó suerte porque en Tokio el único que me ofreció alojamiento fue un español que se hacía llamar de Medium, quien me decía que practicaba el nudismo y que prefería que sus huéspedes estén desnudos en su casa, que era bisexual, pasivo y que yo le gustaba. Y entonces no lo dudé, cada noche de mi estadía en Tokio monté la carpa en el cementerio, prefería dormir con los muertos que con semejante marica.

De todas maneras Japón es un país maravilloso para recorrerlo de bicicleta, es prolijo, limpio, seguro y con unos bosques impresionantes; con ríos, montañas, infinidad de templos y unas playas con fabulosos atardeceres que tienen poco de envidiar. Sin duda Japón estará en la lista de los países más bonitos que visité.

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Mi primer destino fue Nara, uno de los destinos turísticos más importantes del país debido a la gran cantidad de templos antiguos y su buena conservación. Los templos que forman parte del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO están situados principalmente en el parque de Nara, un lugar espectacular que cuenta con más de un centenar de ciervos que andan libremente, arroyos y con toda la tranquilidad perfecta para acampar, aunque esto último está prohibido, pero si uno llega tarde noche….

Luego mi camino me llevó a la ciudad de Kyoto, que es considerada el centro cultural de Japón. Allí también sus monumentos históricos fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Pero son un montón para visitar y al tercero o cuarto ya todos parecen iguales o apenas un lugar donde gastar dinero. Así me pareció el Templo Kinkaku-ji, la carta postal de la ciudad, conocido también como el templo dorado. El Templo Kinkaku-ji es un templo zen que data del siglo XIV y que según dicen conserva reliquias de Buda. Al pagar un ticket de entrada la visita consiste apenas en caminar entre árboles por un sendero de 150 mts que rodea al templo, y luego guiados por la seguridad del lugar amontarse en una esquina junto a cientos de personas para sacar un par de fotos. No se puede entrar al templo, ni si quiera acercársele. Luego hay tres paradas para descansar, una para comprar souvenirs, otra para tomar algo y la última para comprar un helado. Me sentí un tonto entrando allí. No se por qué todavía en algunos lugares hago lo que hacen la mayoría de turistas.

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Pero en Kyoto más interesante me pareció caminar entre sus calles, donde afortunadamente me crucé con dos Geishas. Según me explicaron las geishas se originaron como profesionales del entretenimiento. Durante los siglos XVIII y XIX fueron bastante comunes pero hoy en día su número ha disminuido. Normalmente eran educadas desde la infancia en diversos artes como la danza, la música clásica, o la narración. En la actualidad las mujeres jóvenes que desean convertirse en geishas comienzan su entrenamiento (que puede durar hasta años) después de completar la escuela secundaria o incluso después de la universidad. Para ello viven en casas tradicionales de geishas y estudian los instrumentos como la flauta de bambú y los tambores, así como las canciones tradicionales, la danza japonesa, la ceremonia del té, la literatura y la poesía nipona. Las geishas son caracterizadas por su maquillaje tradicional que consta de una gruesa base de pintura blanca sobre la que se destaca el uso de lápiz labial rojo y adornos negros alrededor de los ojos y cejas. También siempre utilizan kimono y un peinado tipo moño o pelucas. Según me explicaba Takahiro las geishas suelen ser contratadas para asistir a fiestas y encuentros, tradicionalmente en casas de té o en los restaurantes populares japoneses. Su función me decía: “El trato con los clientes”.

Camino a Tokio atravesé las ciudades de Nagoya, Shizuoka, Yokohama, entre otras. A menudo acampé en templos, que por estar vacíos y algunos disponer de baño o simplemente de una canilla, eran el lugar perfecto para acampar. Por lo general llegaba con la última luz del día, montaba la carpa, me bañaba y cocinaba. Y en la mañana tras tirarme un poco de agua y un buen desayuno iniciaba la pedaleada. Casi siempre todo era perfecto. Pero una mañana en un templo, en el que vivían algunas personas, me desperté con la carpa inundada, había llovido toda la noche, y por ello a las 6 de la mañana tuve que levantarme y moverme a un refugio en la entrada del templo. Aquel día llovió sin parar y fuerte. Con el pasar de las horas la gente del templo notó mi situación, pero en ningún momento se me acercaron para preguntarme si necesitaba algo. Sobre la tarde, ya con hambre, pese a la lluvia me fui a un supermercado que estaba a 6 km de distancia, luego volví, me cociné y pasé otra noche; pero como la carpa estaba todavía mojada dormí en un banco. En la mañana, una de las personas del templo al verme que guardaba todas mis cosas se me acercó y me preguntó si necesitaba de algo, y pese a que le dije que estaba bien, me trajo un sándwich, y yo lo acepté aunque me hubiese gustado que se hubiesen preocupado el día anterior, cuando realmente lo necesitaba. Así son los japoneses, y la mayoría de la gente asiática. Son un poco duros para extender una mano. Nada que ver con los árabes.

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Me ha pasado varias veces que frente a una bifurcación no sabía que ruta tomar. Por ello, con mapa en mano me le acercaba a los autos para que me indicasen, pero siempre me costaba encontrar quien atendiese mi consulta, ya que la gente ni siquiera bajaba la ventanilla. Quizás por miedo, por timidez, por falta de hablar el inglés o porque su aire acondicionado estaba encendido. No lo sé, pero me daban ganas de romperles la ventanilla de una trompada, sentía impotencia. Recuerdo un día que una pareja de ancianos caminaba hacia mí, mientras yo miraba mi mapa, y por ello me dirigí al señor para preguntarle por la ruta. El señor fue amable, se detuvo y atendió mi consulta, pero su mujer, enseguida lo tomó de un brazo y a la fuerza se lo llevó, increíble.

Tokio

Japón tiene una población de más de 120 millones de personas, la décima más numerosa del mundo. El área metropolitana de Tokio, que incluye a la ciudad capital de Tokio y a los municipios de sus alrededores, es el área urbana más grande del mundo en términos de población, albergando a más de 30 millones de habitantes y por ello pensé que llegar a Tokio sería una odisea. Pero en el camino conocí a Riku, que también viajaba de bicicleta a la capital, y por ello aquel domingo a la noche todo fue muy fácil.

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A nuestra llegada conocimos a Shinosuke, un muchacho japonés que había recorrido los EE.UU en bicicleta durante 4 meses; y tras conversar un rato me aconsejó que me vaya a acampar al cementerio. Aquella noche, Riku que tenía donde hospedarse me acompañó al cementerio y luego se fue. El cementerio era gigante y abierto, tenía baños, algunos árboles y espacios de tierra entre la tumbas para poner la carpa. El lugar perfecto para acampar. Allí pasé 4 noches, llegaba tarde y me iba temprano, y nunca nadie me molestó. Aunque más de una vez tuve que levantarme por ruidos extraños.

Durante mi estadía en Tokio recorrí varios lugares de la ciudad, entre ellos el barrio de Asakusa donde visité el templo de Sensoji, también las zonas comerciales de Sinjuku, Shibuya y Ginza. Luego fui a Odaiba, a la torre de Tokio, al fish market y al museo de Sumo. Y queriendo tener una nueva experiencia, durante una tarde me hospedé en un hotel “cápsula” en el que sus habitaciones son como una caja (2 x 1 x 1 mt). Éstas se amontonan una al lado de la otra y una encima de otra, tipo nicho. Pero me gustó, las habitaciones tienen TV y son el alojamiento más barato de las grandes ciudades, situados siempre cerca de las estaciones de tren. El precio de las habitaciones del hotel que también cuenta con sauna, ronda los 15 euros por unas 6 horas en la tarde, pero si es para pasar una noche supera los 35.

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También durante mi estadía en la capital contacté una revista de ciclismo para venderles una nota, pero me resultaron dificilísimos para negociar y aunque Japón es la segunda economía mundial y uno de los países más caros del mundo me pagaron como si fuesen uno de los más pobres. Y yo acepté, porque desde que llegué a los países del este de Asia, hace más de un año, no consigo sponsors. Por ello también me paré en diferentes zonas comerciales como solía hacer en Europa, para vender mis fotos y/o souvenirs. Pero al igual que en otras ciudades asiáticas me resultó muy difícil recaudar dinero con la gente local en la calle.

Dejé Tokio de barco, en dirección sur hacia la isla de Shikoku. Allí desembarqué en Tokushima y pedaleé hasta Imabari bordeando el mar, donde playas con fabulosos atardeceres me acogieron para acampar. Luego camino a Hiroshima desde Shikoku regresé a la isla principal Honshu atravesando mediante puentes las islas de Oshima, Hakata e Innoshima entre otras. Este último trecho entre las islas menores es de 70 km y es el circuito preferido para muchas familias japonesas para recorrerlo en bicicleta, con bici senda, lugares para acampar y playas que merecen una parada. Definitivamente un lugar fabuloso para conocer.

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Mi última parada fue la ciudad de Hiroshima, escenario del primer bombardeo atómico de la historia, ocurrido el 6 de agosto de 1945. Allí el Museo Memorial de la Paz, expone objetos de recuerdo de los incidentes y narraciones de experiencia de las víctimas; y no sólo explica detalladamente la catástrofe sino que también muestra información sobre las armas atómicas en el mundo.

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Se estima que la bomba atómica de Hiroshima produjo la muerte de alrededor de 140.000 personas, en su casi totalidad civiles, dejando un saldo de más de 250.000 heridos. Entre las víctimas, del 15 al 20% murieron por lesiones o enfermedades atribuidas al envenenamiento por radiación. Y según dicen los percances biológicos y anatómicos persisten hasta nuestros días dentro de la población japonesa