Km 33.935

 Riga   Pasadas las 18 hs llegué a Riga, una ciudad gigante para lo que son las ciudades europeas. Y me impactó. A pesar de que era viernes había actividad como si fuese un fin de semana.

Riga que tiene una población de casi un millón de habitantes yace sobre el río Daugava y es parada crucial para los cruceros que recorren el Mar Báltico. Por ello, enseguida supe que sería un buen lugar para mis ventas pero que también sería un lugar más caro para hospedarme.

Pasadas un par de horas me encontré con Iosu y decidimos dirigirnos al camping para hospedarnos. En la noche una tormenta con truenos y relámpagos se largó, por momentos creí que la carpa iba a salir volando como si estuviese vacía; y luego el agua comenzó a entrar de todos los costados. En la mañana me desperté con temperatura, con un charco de agua dentro de mi carpa y con la mitad de mis cosas húmedas, inclusive mi único par de zapatillas.

Desayunamos y mientras preparaba la bici vi otro rayo de la rueda trasera roto, ya era el cuarto o el quinto y comencé a sospechar que así seguirían en tanto no comprase una rueda nueva. Ésta ya tenía más de 23.000 km. La nueva adquisición me salió 50 euros y sin anestesia.

Sobre el final de la tarde con Iosu nos mudamos para un hotel en las afueras de la ciudad, yo no me sentía bien y necesitaba una cama.

Al día siguiente el tiempo mejoró y juntos recorrimos algunos lugares; como el mercado central que son cinco viejos hangares de zeppelines alemanes de los años 30. Tienen una superficie total de 80.000 m2, abastece a toda la ciudad y es uno de los mercados más grandes de Europa. Cada hangar se especializa en un tipo de alimento, como el de pan y lácteos, el de carnes o el de frutas y verduras.

Pero lo que me más me llamó la atención fue el silencio que había, nadie gritaba, nadie discutía ni nadie ofrecía nada. Todos esperan a un ritmo muy tranquilo; por momentos me daba la sensación de que, dónde menos me encontraba, era en un mercado central. Nada que ver con los mercados africanos.

Interminables lluvias

Esa misma tarde Iosu fue astuto y partió; en cuanto yo preferí conocer un poco más la ciudad y dedicarle unos días a mis ventas. Pero a excepción de aquella tarde el tiempo nunca ayudó.

Por una cuestión económica abandoné el hotel y me fui a las instalaciones de un campo deportivo en la otra punta de la ciudad frente a un gran lago y allí permanecí durante 5 noches más porque la lluvia nunca cesó. Fue increíble pese a que estábamos en los días de verano; por momentos me daba desespero y quería irme pero no podía porque llovía muy fuerte y casi sin parar. Por momentos me sentí como si estuviese preso.

Hubo un día que empaqué la bici y a pesar del frío y las nubes negras, salí a la ruta, pensé que podía avanzar y que el tiempo podía mejorar, pero enseguida comenzó a llover y seguí pedaleando. Bastó con pedalear sólo 10 kilómetros para darme cuenta que no podía continuar más y que debía regresar; estaba empapado y sentía mis zapatillas inundadas. Entonces regresé.

Todavía recuerdo a Aldis, un señor mayor que con mucha paciencia me decía: “Esto no es nada; la temperatura en invierno cuando es agradable suele estar en los 10º bajo cero, aunque a veces puede bajar hasta los 30º, como aquella semana en uno de los últimos inviernos cuando el mar Báltico se congeló. Mucha gente no podía viajar, porque eran pocos los barcos que cruzaban desde los países Bálticos hacia Finlandia o hacia Rusia, sólo lo hacían los que se aventuraban detrás de un rompehielos”.

Tras escuchar los relatos de Aldis, me relajé y me di cuenta, que mi situación no era tan grave, y me resigné a esperar, hasta que pare de llover y nuevamente salga el sol.  Riga y sus lluvias quedarían en el recuerdo.

Si deseas conocer más acerca de mi viaje, consigue el Documental: Pedaleando el Globo