Cuando llegué a Litang paré unos días para descansar y arreglar la bici. También visité su Monasterio que data del siglo XVI e indagué acerca del Budismo Tibetano junto a una de sus más antiguas costumbres: el entierro celestial.

“Un Buda no es un Dios, ni un Mesías, ni un Profeta”, me dijo un monje. “El budismo es una religión no-teísta. Por lo general, los budistas no se plantean ni especulan sobre la existencia o no de un Dios, o un creador supremo. El budismo no requiere de este recurso para explicar cómo alcanzar la iluminación. Se considera a Buda como el guía y maestro que señala el camino para alcanzar el Nirvana y no como una deidad que hay que adorar. El sistema budista de filosofía y práctica meditativa no fue una revelación divina, sino más bien el entendimiento de la verdadera naturaleza de la mente y tal entendimiento puede ser descubierto por cualquiera”.

Litang es conocido como el lugar de nacimiento del séptimo y décimo Dalai Lama, y en el monasterio conviven más de un centenar de monjes cuya función es mantener las prácticas de rituales y enseñanzas del Budismo Tibetano, para ello monjes y novicios son ocupados en estudiar los principales textos de Sutras, que son los discursos dados por Buda o alguno de sus discípulos más próximos.

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Según Dorjee, un monje que conocí en el monasterio, el budismo entró en el Tíbet en el siglo VIII gracias al gurú indio Padmasambhava. Pero antiguamente, debido a la difícil geografía del lugar, los monasterios por estar distantes tenían escaso contacto entre ellos, de esta manera surgieron una gran variedad de escuelas, doctrinas y prácticas. Así nació el Budismo Tibetano que se fundamenta en su linaje a la hora de legitimar sus enseñanzas; es decir, que se han transmitido de docente a discípulo desde tiempos de Buda y que siempre se ha hecho de forma pura, realizando completamente su comprensión. En la actualidad el budismo tibetano es la religión mayoritaria en Mongolia y Bután y también está presente en Nepal, norte de India, parte de China y de Rusia; y es una de las escuelas budistas más conocidas y practicadas en occidente en la que todos reconocen al Dalai Lama como su líder espiritual.

Camino al monasterio me crucé con casi un centenar de fieles que provenían de los barrios vecinos haciendo girar sus manikors.

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El manikor o rueda de plegarias es un pequeño cilindro giratorio que tradicionalmente es utilizado para la oración. Se cree que cada rotación equivale a una expresión del mantra: OM MANI PADME HUM, el mantra de la compasión, que está inscrito por dentro y por fuera del manikor. Según me explicaron el mantra ayuda a lograr la perfección en la práctica de la generosidad, de la ética pura, de la tolerancia y de la sabiduría. De esta manera los fieles se dirigían a la stupa o santuario, para darle vueltas mientras continuaban girando sus ruedas de plegaria y cantando mantras. Luego entraban al pequeño templo frente al monasterio para hacer sus oraciones, algunos se tiraban al piso mientras que otros parecían aferrarse en el rezo. Fue conmovedor, allí pasé un largo rato y volví al día siguiente. Me impactó la devoción con que lo hacían.

Budismo tibetano

El ultimo día de mi estadía en Litang me interesé en conocer acerca del entierro celestial o Tianzang, una antigua tradición funeraria del budismo tibetano. Para ello me dirigí a las afueras de la ciudad. Según sus costumbres, cuando alguien muere, lo visten de blanco y lo llevan a un valle. Allí sus familiares entregan el cuerpo al Tondem, el maestro de la ceremonia. Éste retira la tela blanca, taja el cuerpo en pedazos con un cuchillo y luego es ofrecido a los buitres. De esta manera las aves pueden arrancar la carne y devorársela. Luego el responsable de la ceremonia, con un hacha descuartiza el cuerpo y lo tritura mezclándolo con harina de cebada para que el viento haga el resto. Presenciar éste rito fue escalofriante, por momentos me tenía que alejar debido al fuerte olor o por los sobresaltos que me causaba. Según la creencia budista, el cuerpo no es más que un vehículo que transporta a la persona a lo largo de esta vida. Al morir, su alma se separa del cuerpo, que ya ha cumplido su función. “Alimentar con el propio cuerpo a los buitres es un acto último de generosidad hacia el mundo vivo, y crea un vínculo con el ciclo de la vida”, me explicó Dorjee.