Antiguamente al norte de Mozambique, entre los ríos Lúrio y Messalo, vivía una tribu que se diferenciaba por llevar su propia estigma, la misma que los marcaría por el resto de sus vidas.

Con el correr de los años, esta tribu llamada Makonde fue mudando cautelosamente su posición para escaparle a la época del colonialismo. Buscaron zonas aisladas, y por ello fueron emigrando hacia las montañas del norte.

Hoy esta zona de planaltos que se divide por el río Rovuma, frontera entre Tanzania y Mozambique lleva un único nombre: Makonde. Allí encontré a su gente influenciada por el paso del tiempo y la evolución, quienes legaban para sus descendientes que el hacerse tatuajes en sus rostros o el afilarse los dientes ya no era esencial.

En ese momento percibí que me encontraba ante la última generación de quienes todavía conservaban de forma intacta sus más antiguas tradiciones.

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Haciéndose hombre
KM 19.851

Pedaleando los planaltos Makondes, a través de su gente fui conociendo sus costumbres que, según me contaban, algunas de ellas debían ser abandonadas acorde con los tiempos.

02Amuli Macheka, el jefe territorial, me contó por medio de Francisco (el traductor) que entre los varones, aún hoy es el padre quien determina (en función de sus actitudes y su crecimiento) cuándo su hijo está listo para ser hombre. En ese momento es llevado al artesano de la tribu, quien en la ceremonia de iniciación le efectúa el corte del frenillo de su órgano sexual. Luego de dicha iniciación el chico es enviado a la mata, donde según la tradición se hará hombre. Allí permanecerá aislado durante algunas semanas siendo sólo el padrino quien lo asista diariamente, llevándole comida y quien tiene el derecho de la caza obtenida por el iniciado.

Tatuaje a la africana

03Antiguamente cuando el chico era enviado a la mata, debía permanecer allí durante un año entero. Habiendo ya transcurrido los primeros 10 u 11 meses era visitado por el mismo artesano de la tribu quien iba a su encuentro. Allí el artesano, con su cuchillo, le dibujaba la cara durante 15 o 20 minutos y cuando la sangre cubría el rostro del chico, le refregaba un puñado de cenizas de carbón con ambas manos. Luego de limpiar su rostro le pasaba aceite de nbalika, una planta local. Por varios días el iniciado no podía lavarse la cara. Las cicatrices de la ceremonia le dejaban, para el resto de su vida, una señal inconfundible…la señal de un Makonde.

Costumbres femeninas

Entre las mujeres, la artesana de la tribu es quien las conoce a todas y las asiste en el momento en que dejan de ser niñas. Ante la primera menstruación las conmina a permanecer en su casa durante varias semanas sin tener contacto con ningún hombre. En la antigüedad, y al igual que con los varones, este período se extendía por el término de un año.

Durante ese tiempo aprende junto a su madre todo lo referente a los cuidados de una mujer, como lo son las tareas de la casa. Sólo puede salir para visitar a una amiga que se encuentre en el mismo período de preparación, pero en ese caso debe cubrirse totalmente ya que ningún hombre puede verla.

Antiguamente también la artesana les tatuaba el rostro marcándolas como Makondes.

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Pero además tenían otra señal distintiva: de niñas les agujereaban el labio superior y les colocaban un pequeño palillo, cuyo grosor iba aumentando con los años. Ya en la madurez, el rostro de la mujer quedaba adornado por un pedazo de madera que le llegaba hasta los dientes. Las maderas tenían el tamaño de un corcho.

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Los tiempos cambian

Otra costumbre también fundamental en el pasado para la tribu, tanto para los hombres como para las mujeres, era la de afilarse los dientes. El mismo artesano/a lo hacía con un cuchillo diferente al de los tatuajes, casi siempre antes de que llegara el momento de la iniciación.

Amuli subrayó una y otra vez que estas costumbres, tanto la de los tatuajes como la de los dientes, han quedado en la historia y sólo los más viejos las recuerdan. “Aquella época era muy dura, los tiempos cambiaron” me decía enfundado en su saco azul, mientras sonreía e involuntariamente me mostraba sus dientes afilados. “Ahora yo deseo que mis hijos puedan ir a la escuela y crezcan conforme con los cambios, para que mañana ellos estén bien preparados” concluyó.

Finalizada nuestra conversación, yo tomé mis cosas y me fui despacio, pensativo. A lo lejos, una señora de avanzada edad me hacía señas y se reía. Cuando me acerqué, insistió para que le sacara una foto. Busqué mi cámara, me acomodé y le hice un par de tomas. Después le agradecí y entonces, sin dejar de sonreír, me miró a los ojos y dijo: “Ahora…¿no me das una propina?”.

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