KM 17.204 – Llegando a la frontera Mozambique-Malawi


“Usted sin visa no entra! Regrese por donde vino o vaya a conseguir la documentación a Maputo”
me dijo, serio, el oficial aduanero. Estaba en la frontera de Malawi, un pequeño país situado en el interior de África.. La capital de Mozambique, Maputo, estaba a 2.000 Km. de distancia. Enseguida pensé: “¿2000 Km. para atrás con la bicicleta?…¡Piedad!!”.

Ya sin entender su griterío, me quede mirándolo sin saber que hacer, le conté acerca de mí, de mi viaje, pero al oficial parecía no importarle nada. Desanimado y casi vencido me fui a sentar a un rincón del paso fronterizo. Pasaron varios minutos hasta que este hombre delgado y de edad avanzada se acercó y me dijo: “vuelva mañana que hoy es domingo. Llamaremos a Blantyre, migraciones, y si ellos lo autorizan usted pagará una visa múltiple de 110 u$s en la ciudad”.

El precio de la visa que yo necesitaba no me convencía para nada, pero no parecían existir muchas más alternativas. Regresé a Milange, en Mozambique, donde unos misioneros argentinos me habían recibido muy bien.

Al otro día, bien temprano, volví a la frontera. El mismo oficial llamó a migraciones, desde donde autorizaron mi entrada. Pretendían que yo llegara a Blantyre, a 130 Km. de distancia, antes que el departamento de migraciones cerrara (a las 16 horas) para así poder saldar lo que ellos ya consideraban deuda. Luego de una dura negociación con el oficial aduanero, al que definitivamente no le gustaban ni las bicicletas ni los viajeros, pude ingresar a Malawi pero enseguida una fuerte lluvia me obligó a detener la marcha.


Durante mi camino a Blantyre fui subiendo y bajando por varias montañas sobre las que se repetía siempre el mismo cultivo: el té. Cientos de personas se esparcían a lo largo de kilómetros con grandes canastos sobre sus espaldas. En ellos colocaban las hojas de té arrancadas con sus propias manos durante el día de trabajo que, según me contaban, comenzaba sobre el amanecer y concluía a las 16 horas.

Blantyre

Blantyre es el centro comercial e industrial de Malawi, una ciudad limpia y con sus calles pavimentadas. Apenas llegué encontré la oficina de turismo, donde rápidamente fui bien orientado.

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Luego me hospedé en una pequeña pensión donde Havesting, la encargada que mostraba todos sus años en las arrugas del rostro y manos, me advirtió sobre no salir de noche. El motivo: la peligrosidad de las calles y más aún, ser hombre blanco. Aunque como en toda ciudad grande los cuidados deben ser mayores, aquí he caminado mucho más seguro que en otras ciudades africanas.

Una mañana, haciendo compras dentro de un negocio, escuché muchos gritos. Al salir a la calle pude ver un espectáculo especial: decenas de personas persiguiendo a un ladrón. Esa noche Havesting me contaría que antiguamente al ladrón capturado se le echaba gasolina y se lo incendiaba.

Mi paso por Blantyre duró unos pocos días a lo largo de los cuales no pude dejar de sorprenderme. En una ocasión, a la hora del almuerzo, encontré un restaurante donde servían comida típica de Etiopía. Estaba en pleno centro de la ciudad y la mayoría de los comensales llevaban saco y corbata. Yo los miraba y notaba algo extraño en ellos. Después de un par de minutos pude darme cuenta de lo que llamaba mi atención: todos estaban comiendo con sus manos.

Comían nsima, un plato típico africano hecho a base de maíz que se sirve en gran cantidad, a veces acompañado con alguna salsa o con algún tipo de carne. Tiene la consistencia del puré de papas, y es amasado en la mano antes de ser llevado a la boca.

La última tarde de mi estadía en Blantyre regresé por tercera vez al departamento de migraciones, donde finalmente pude conseguir la visa múltiple de cortesía.

Pedaleando por el interior de Malawi

Malawi, lo dije, es un país pequeño y muy pobre. Su población no supera los 11 millones. Allí pude manejarme con el idioma inglés, pero en el interior la gran mayoría de la gente sólo utiliza el dialecto chichewa.

En mi viaje conocí a John, un inglés que vivía allí desde 1964, cuando Malawi consiguió su independencia. Me contaba que la población se duplicó desde aquel año hasta la fecha, y que el gobierno trabaja arduamente en diferentes programas para reducir su crecimiento y la tasa de natalidad, aunque es difícil transformar la idiosincrásica de la gente que todavía considera a una familia grande y con muchos niños como garantía para salir adelante en las condiciones inciertas del país.

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Rumbo a Balaka tuve una nueva sorpresa. Había pedaleado un buen rato y tenía mucho hambre. Al costado del camino, unos chicos vendían comida y me acerqué a ellos: la oferta consistía en brochets de siete ratones asados al precio de 20 Kwachas (1 u$s = 79 K). Así comprobé lo que John me había dicho: la falta de comida es uno de los principales problemas de Malawi.

Al día siguiente paré en una escuela del distrito de Dedza. Los maestros me contaban que el grado de analfabetismo en el país es demasiado alto, y que es ésta una de las principales causas de la maternidad temprana en las mujeres. Casi media población de Malawi esta por debajo de los 15 años.

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