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A lo largo de mi viaje por África fui conociendo diferentes tribus, algunas grandes otras no tanto. Muchas de ellas perdieron sus principales costumbres y otras luchan aún por conservarlas.

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Las tribus son como grandes familias que durante siglos respetan una tradición. Las rige un jefe, usan ropas y marcas que las identifican y tienen su propia lengua.

Desde el inicio de mi viaje, por los días en que conocí a los Zulúes, supe que al este de África habitaba otra de las tribus más importantes de todo el continente: los Masais. Originarios de la región sur de Sudán y Etiopía, los Masais ocupan desde hace muchos años el sur de Kenia y el norte de Tanzania.

Hasta 1980 sus territorios, que bien pudieron haber conformado una nación, eran conocidos como “la zona de los Masais”. Nadie que no fuese de la tribu se adentraba en la región por su fama de arrogantes, poco amigables y peligrosos. De hacerlo arriesgaba su vida y podía resultar muerto.

Llegar a un Masai

Desde que dejé Dar Es Salaam hacia el norte del país vi a muchos de ellos, siempre demasiado serios y con sus ropas características largas y rojas. Traté varias veces de acercarme pero parecían estar a la defensiva. No conseguimos entendernos, y quizás fuera porque no les interesase.
Por eso, cuando llegué a la ciudad de Arusha, busqué un traductor y juntos nos dirigimos a Merelane, un pueblo de Masais.

02A nuestra llegada nos recibió Lenganasa, el hijo de un jerarca Masai, que dejó su pueblo durante algunos años para formarse en Sociología en la universidad de Dar Es Salaam. Lenganasa fue muy cortés: nos albergó en su casa y nos enseñó acerca de su gente. Todavía recuerdo aquel guiso de bananas que comimos en la cena. Creí que no me gustaría, pero comí tres platos…

Los Masais son una tribu acostumbrada a la cría de ganado, por lo que siempre se trasladaron en busca de pastos verdes. Pero en los últimos 25 años debieron abandonar muchas de estas tierras por el avance de la agricultura, o por la formación de Parques Nacionales. En este caso fueron expulsados con la excusa de que “irían turistas sólo para ver animales”.

Actualmente, los Masais de Tanzania o de Kisongo -como ellos se llaman- habitan una gran región de clima seco, por eso los chicos son quienes guían al ganado. Todos los días parten con el amanecer y recorren muchos kilómetros buscando agua y pasturas, regresando sólo al final de la tarde.

Debido a la problemática del espacio muchos de los Masais están mudando sus costumbres, aunque para una tribu lo más importante es mantener su identidad y respetar aquello que viene de sus antepasados, de padres a hijos, de generación en generación.

Algunos ya trabajan en zonas de minas -en los alrededores existe la tanzanite, una piedra preciosa de gran valor en el mercado- mientras que otros están cambiando la vida ganadera por la agricultura.

En tanto estos cambios continúan afectando sus costumbres más tradicionales y su modo de vida, mucha de su gente comienza seriamente a preguntarse: ¿cuál es la mejor opción?

Un convite muy especial

Entre los Masais existen diferentes categorías que señalan su poder y su autoridad. Para pasar de un rango a otro es preciso esperar casi 20 años, hasta la realización de “La Olng’eher ceremonia”.

Al igual que en otras tribus, cuando a los chicos se los considera ya maduros les efectúan la circuncisión. Es fácil distinguirlo porque durante algunas semanas se visten de negro y muchos de ellos llevan un maquillaje muy peculiar.

A partir de ese momento, si la ceremonia esta próxima a realizarse, se preparan por medio de los Morani o guerreros (primer rango) para ingresar en su grupo.

La Olgn’ener ceremonia dura tres meses y en ella se renuevan todas las categorías. Tuve mucha suerte: mi llegada a Merelane coincidió con la realización de dicho ritual. Masais de todo el territorio “Kisongo” habían arribado al pueblo para cumplir con la tradición, y así presencié parte de la ceremonia.

Los Morani recibían a los más chicos transmitiéndoles poder y autoridad sobre las responsabilidades de toda la tribu, ya que son ellos quienes de ser necesario estarán listos para pelear.

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A su vez, luego de casi 20 años (realizaron la circuncisión en 1983) los Moranis dejaron su categoría y bajo juramento pasaron a la siguiente (Junior elders), cuyo deber es proteger los asuntos de los Masais incluyendo su desarrollo y el arbitraje en caso de disputas. Los Junior elders también avanzaron al rango posterior, el de los Senior elders.

Toda la ceremonia fue presidida por el gran jefe, también llamado Oloiboni, con sus asistentes Malagwanani, que son los jefes de los diferentes grupos Masais.

La Olng’eher se realizó al pie de la Montaña Santa Endonyo Ormorwark, próxima a Merelane. Allí los antiguos Morani admitieron los errores cometidos y fueron perdonados o condenados antes de integrarse al respetable grupo de los elders.

Fue gracioso cuando en plena ceremonia varios Morani me vistieron como si yo fuese uno de ellos. Me contaron que llevan el color rojo porque lo consideran pujante e impetuoso, y lo relacionan con la sangre y los conflictos.

También supe que a las vacas sólo las matan para comer en algún acontecimiento especial, pues de ellas obtienen su alimento diario: la leche y la sangre. Según su tradición, las frutas que el monte les provee no son suficientes para estar fuertes; por eso a las vacas se les clava una lanza o una flecha en el cuello, y la sangre que cae se la almacena en una calabaza para luego mezclarla con leche.

Cuando me lo contaron sentí repugnancia y temí que lo peor sucediera. No me equivoqué!… en mi segundo día con los Masais, todavía de mañana, Lenganasa nos llevó a una boma (un lugar donde viven familias agrupadas).

Allí, una mujer con demasiadas artesanías, no tuvo mejor idea que ofrecerme un vaso de leche con sangre. Pensé en rechazarlo pero me imaginé que no sería de su agrado. Entonces tomé el jarro con una mano, lo miré bien fijo y me convencí de que era posible hacer fondo blanco. Y conté hasta tres, mientras todo el grupo familiar aguardaba ansiosamente que lo bebiese.

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La cara que habré puesto después de mi tercer trago debe haber sido abominable, porque todos comenzaron a reír. Entonces supe que me sería imposible terminarlo, y lo devolví diciéndoles que no era de mi agrado porque le faltaba azúcar.

Todos siguieron riendo y enseguida un niño demasiado delgado de no más de 8 años se acercó y pidió mi cóctel. En cuanto se descuidaron, con mucho disimulo y una falsa sonrisa corrí a mi bicicleta y busqué la cantimplora para quitarme con agua ese horrible gusto.

Tras tomar toda el agua y ya más tarde en el pueblo, compré una gaseosa y comí papas fritas y galletitas. Pero no hubo nada que hacerle: durante el resto del día me la pasé repitiendo aquel copetín que, según aseguran los Masais, es de lo más sabroso de todas sus dietas.

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