Mongolia – Km 85.070

Argentina es uno de esos países donde puedes agarrar una fruta de un árbol y comértela? Me preguntó un chico mongol apenas crucé la frontera. El chico que no tenía más de 15 años, enaltecía lo que nunca llegué a reparar. Por primera vez en nueve años de viaje, no era ni Maradona, ni el fútbol argentino por el cual me identificaban, sino por la gracia del lugar de donde he nacido.

Me encontraba en el desierto de Gobi, Mongolia; una de las regiones desérticas más grandes del mundo, donde su clima es extremo; porque no llueve, porque el frío en invierno llega a 35 °C bajo cero, o porque el calor en verano puede superar los 40°C. Pero sus cambios rápidos de temperatura no sólo se producen a lo largo del año, sino también en cuestión de 24 horas, cambios que pueden ser de hasta 30 o 40 °C.

Ingresé a Mongolia en el inicio del otoño, cuando comenzó el frío y si bien no era el mejor momento, entendía que para conocer al pueblo Mongol debía exigirme como pocas veces.

Desde el inicio del recorrido en Mongolia encontré dificultad, los primeros 400 km hacia la capital son caminos de tierra, que se entrelazan entre ellos, y por ello hay que adivinar cual es el de mejor estado. También a menudo me topé con trayectos de arena, donde tuve que arrastrar la bicicleta y cada tanto, trechos en obras, por lo que hay que tomar caminos alternativos, que están peor que el principal. Así durante esta primera parte nunca superé los 12 km/h. Una verdadera prueba de perseverancia y mucha paciencia.

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El primer día, el día de mi cumpleaños, con el anochecer avisté dos yurtas, que son las casas tradicionales de los mongoles. Y no lo dudé, me dirigí hacia ellas. En camino me encontré con un hombre de mediana edad, que regresaba con sus cabras, a quien mediante señas le pedí de montar mi tienda junto a las casas. El hombre, que era demasiado serio enseguida me invitó a entrar a una de las yurtas, donde estaba su hermano y una señora muy mayor, que era su madre. La señora que desde el primer momento me sonrió me sirvió té y luego me preguntó si quería comer. Por ello comenzó a amasar noodles. Así preparó una sopa con los fideos y carne. Estaba riquísima y me comí tres platos. Luego me dieron más té, unos bizcochos recién preparados, yogurt con azúcar y hasta vodka casero. Si comparo a ésta familia con campesinos de otros pueblos que ya he cruzado, me dio la sensación de que aislada totalmente de todo y de todos como está, no le faltaba nada.

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Mongolia es tan grande como España, Francia e Italia juntos, pero tiene una densidad de población menor a 2 habitantes por km², la más baja en todo planeta. Su población no llega a los 3 millones de habitantes, de los cuales la mitad vive en ciudades. Y aunque en muchos lugares, los asentamientos agrícolas han comenzado a reemplazar a los grupos nómadas y seminómadas, todavía existe mucha gente que vive como en un milenio atrás.

Aquella noche no tardé mucho en darme cuenta que me encontraba frente a una de esas familias.

Cuando salí de la casa había una oscuridad total; y cuando miro al cielo quedé deslumbrado, era verdaderamente impresionante! Tuve la sensación que miles de estrellas se me abalanzaban. Era la Vía Láctea como nunca la había visto. Armé la carpa lentamente, alucinado ante tal espectáculo, no podía dejar de mirar hacia arriba. Luego, tras un rato me acosté, eran las 8.30 p.m., y el termómetro marcaba 3 °C. Pero no dormí bien, las cabras lametearon unas cacerolas sucias y merodearon mi carpa durante casi toda la noche.

En la mañana la señora con ayuda de uno de sus hijos separó más de 30 cabras y con mucho trabajo (se le escapaban continuamente) consiguió maniatarlas por el cuello y rápidamente las ordeñó. Luego me invitaron a pasar a la casa, me sirvieron el desayuno y me dieron algo de comida y agua para que me lleve. Me despedí de ellos sorprendido, no esperaba tal recibimiento en mi primera experiencia con una familia mongol.

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Durante los días siguientes pedaleé con mucho viento en contra y frío, atravesé ciudades como Sainshand, Airag o Choir, algunas parecen pueblos fantasmas. Las pasaba siempre de día y por ello compraba algo de comida y seguía viaje. Así cada noche en Mongolia acampaba junto a gente local, solo, o cuando era más afortunado dormía en alguna yurta si me invitaban. Pero no siempre, porque hacerlo implicaba dormir con varias personas y niños.

Las yurtas son las casas tradicionales mongoles, de un solo ambiente en forma circular que están hechas de un esqueleto de madera y forradas con cuero de animal, nylon y lonas. Dependiendo del número de capas son frescas en verano o cálidas en invierno. Tienen un agujero en la parte central superior que permite la salida de humo y la entrada de luz. Recuerdo una noche que al llegar a un poblado una señora se sorprendió al verme y enseguida me llevó a su yurta a tomar un té y luego me ofreció quedarme a dormir allí. Ese momento fue como una bendición porque aquella noche hacía mas frío que nunca. La casa parecía un sauna, enseguida me quité toda la ropa y medio escondido detrás de la bicicleta me bañé en una palangana. Luego comí algo de comida que tenía mientras la señora alimentaba la caldera con boñiga de animal seco. Más tarde vino el hijo y al rato nos acostamos todos. Pero luego lo que parecía una bendición se volvió una pesadilla, porque a la señora se le dio por hablar y lo hizo por casi una hora, sin parar, hablaba sola, me costaba creerlo; y me puse nervioso. Pero respiré hondo, conté hasta 100 y me tranquilicé y luego me dormí. En la mañana, como es mi costumbre cada vez que me recibe gente humilde le dejo algo de dinero; aunque a ella un poco menos que a las otras familias mongoles.

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Cada noche en Mongolia era una verdadera aventura; una vez me tocó acampar en el medio de la nada, pero a mitad de la noche me despierto tras una pesadilla, soñaba que me estaban robando. Y de repente escucho pasos y el ruido como si alguien está arrastrando la bicicleta con todo el equipaje. En un ataque de desespero quiero abrir mi bolsa de dormir pero es nueva y no consigo, por ello me pongo más nervioso y salgo de la bolsa arrastrándome, cojo el cuchillo y asustado salgo de la carpa, semidesnudo. Afortunadamente era una vaca que pastoreaba vecino a la carpa. Alhamdulillah pienso, que en árabe significa Alabado sea Dios. Y mientras maldigo a la vaca, con un frío del demonio vuelvo a entrar a la carpa.

Si bien acampé en el medio de la nada y nadie me vio hacerlo, pienso que Mongolia no es de los países más tranquilos. A lo largo de mi viaje por Asia escuché varias historias de viajeros que fueron agredidos o robados en la capital, donde el turista no es más que un gringo con dinero. Por ello durante mi recorrido en el país siempre que pude preferí acercarme a la gente local y evitar acampar solo.

En ruta otra vez me sorprendió la ayuda que la gente se presta; a menudo me cruzaba con algún camión varado, pero siempre había uno o dos que paraban para darse una mano. Luego conversando con Idre en la capital me explicaba que debido a las condiciones extremas del clima del desierto la gente se ayuda como si fuesen familiares, como si fuese un mandamiento. Y una tarde, aunque todavía sin saberlo me tocó cumplir con tal mandamiento, como si fuese uno de ellos. El escenario era desolador, eran dos personas en la infinidad del desierto empujando un camión (mezclador de cemento) en una leve subida. Y aunque yo pedaleaba por otro camino paralelo a ellos, pese a la distancia me pidieron ayuda. Ya era tarde y por ello entendí que yo podía ser su única oportunidad. Dependiendo la suerte uno puede estar horas o mucho más esperando ser auxiliado. Así que dejé la bici en mi camino y me dirigí a ellos, sabiendo que empujar semejante camión no iba a ser una tarea fácil. Y me resultó cómico, porque al empujar ambos lo hacían de los laterales mientras que yo de atrás. Y así empujamos 50 metros de subida entre los 3 y luego otros 150 metros entre dos por una sutil bajada, cuando uno de ellos se subió para darle arranque. Pero el camión no arrancaba, y yo cada vez veía más lejos mi bicicleta. Transpiré mucho más que cuando pedaleo. “No hay forma” pensaba, queriéndome volver, pero no quería abandonarlos. Y por ello con un último respiro hice el último esfuerzo antes de dejarlos, furioso. …y el camión arrancó y enseguida se fue, y el otro tipo corriéndolo atrás, saludándome con la mano, posiblemente agradeciéndome. También lo hacía quien manejaba. Yo estaba mas contento que ellos. Caminé de regreso a la bicicleta, estaba sin fuerzas e inexplicablemente con una alegría inmensa.

Y no fue la única vez que me crucé con operarios, un par de noches acampé junto a quien debía pasar la noche cuidando un tractor. Recuerdo con mucha gracia a Batukhan que me comió todas las almendras y que casi se me lleva las pasas de uva. O a Ungern a quién invité con un plato de pasta y que muy educado, no quiso dividir la última porción, insistiéndome en que fuese yo quien se la comiese.

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Finalmente durante los últimos tres días hice un trayecto de casi 300 km por asfalto, y aunque todo debería haber sido más fácil, fue cuando peor la pasé. A dos días de llegar a la capital, sentía como si el frío y el viento en contra me partían la cabeza. Y con el atardecer comencé a sentirme mal. Afortunadamente avisté unas casas con luz. Me dirigí a ellas y al golpear la puerta un chico joven me abrió y mediante señas le pedí un lugar para pasar la noche. “You are welcome to my house”, me dijo Esuguey en un quebrado inglés y me hizo pasar a su casa, donde enseguida me lavé y me cambié. Temblaba de fiebre. Luego me sirvió un plato de arroz con vegetales y carne que me devoré y enseguida mejoré. Me tomé un paracetamol y casi sin hacer sociales abrí la bolsa de dormir y me tiré en el piso de su cuarto. Aquella noche deliré, pero en la mañana siguiente estaba como nuevo, me costaba creerlo. Y tuve un día fácil, caluroso y sin viento, era como un regalo de Dios y por ello pedaleé 108 km.

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Luego al atardecer paré en otras yurtas. Allí dos familias me recibieron, invitándome a pasar a una de sus casas donde me sentí como un rey. Me hicieron sentar en el único sofá y mientras cansado estiraba mis piernas me comí una cantidad inmensa de pasteles de carne que me servían constantemente acompañados de te. Me atendieron como si fuesen mi familia.

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Verdaderamente en el desierto de Gobi los mongoles me trataron de primera!

Ulaanbaatar

Tras 8 largos días de ruta llegué a la capital del país, Ulaanbaatar, que está situada a 1400 mts de altitud. Con un clima sub-ártico, rodeada de montañas y alejada cientos de km de cualquier costa es la ciudad capital más fría del mundo con temperaturas en invierno que pueden llegar a los 40 °C bajo cero.

A mi llegada me dirigí al hotel que había reservado y camino a él presencié un choque de autos. Enseguida los tres tripulantes de uno se bajaron a discutir con quien manejaba el otro vehiculo, que estaba solo. La gente local se alejaba y yo miraba, quieto con mi bicicleta ya que debía atravesar el lugar donde estaban discutiendo. Pero la discusión se puso violenta y uno de los tres tipos le sacó la llave del auto al otro. Luego los tres tipos dejaron el lugar, llevándose los dos autos y al otro tipo con ellos. Extraño, pero me pareció más un secuestro que un choque.

Al día siguiente salí a almorzar con Adrian, un turista suizo que se encontraba en el mismo hotel que yo. Mientras caminamos por una calle siento: “hello”, de un grupo de 5 o 6 chicos, entonces me doy vuelta y les contesto: “hello”. Pero al hacerlo uno de ellos corre hacia mí y agarrándome del brazo empieza a pedirme dinero. Trato de zafar pero no puedo, el chico que tenía 22 o 23 años no me suelta. Entonces lo amenazo, apuntándole con mi puño a su cara. Y esto funciona porque me suelta pero uno de sus amigos, el más grandote, viene hacia mí y ahora es él quien me agarra y me pide dinero. El suizo mira y quien pasa por la vereda de enfrente no se mete. La situación se pone tensa, yo le digo de todo y con el puño en alto lo amenazo también a él, pero ahora es el resto del grupo que corre hacia mi, aunque consigo librarme antes de que lleguen y como si nada sigo caminando, pero mirándolos y esperándolos. Aunque lo que menos deseo es pelearme con ellos. Pero me dejaron ir. Tuve suerte.

A lo largo de mi estadía en Ulaanbaatar tuve la sensación que la capital del país no es una ciudad segura como cualquier otra de los países asiáticos de donde provenía. He visto carteles de advertencia de robos en el hotel y hasta en el monasterio que visité. Por ello a diferencia de otros lados casi siempre evité salir con mis cámaras. En la ciudad la gente no me pareció muy amigable. Un día fui al mercado central con amigos y saqué la cámara de video para hacer unas tomas pero enseguida me empezaron a gritar para que la guardase, prohibiéndomelo.

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Durante mi estadía en la capital me contacté con Alejandro Verni, el representante de ventas de Arcor en Asia, a quien había conocido en el stand argentino de la Expo Shanghai, meses atrás cuando estuve allí. A través de él y de Nicolás Moretto me contacté con los responsables de Arcor en Mongolia. Y así organizamos un par de entrevistas, con los dos canales de televisión más importantes del país, en las que la empresa Argentina “Arcor” se vio beneficiada a través de publicidad. De esta manera “Arcor Mongolia” se convirtió en uno de mis sponsors y a través de una donación me dieron un empujón para que siga adelante.

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Finalmente en los últimos días en la capital me encontré con Álvaro, un español que desde hace 6 años está dando la vuelta al mundo en bicicleta. Nos conocimos a través de Internet hace ya mucho tiempo pero recién nos cruzamos por primera vez en Tailandia hace unos meses. Álvaro es un profesional de su proyecto, ex abogado y payaso por placer, realiza espectáculos gratis en cada país que visita. Conversar y compartir unos días con él fue como conversar con un amigo de toda la vida. Una pena que no compartimos unos días en ruta juntos, quizás la próxima. Para conocer más acerca de su proyecto puedes visitar su web: www.biciclown.com