Nairobi fue como mi casa en el este de África, una ciudad a la que regresé cinco veces y donde estuve un total de tres meses. También me sirvió para obtener la visa de los países a los que me dirigía, o para establecer los contactos con determinadas empresas que luego fueron mis sponsors.

Allí conocí a Daniel, un venezolano que no llevaba mucho tiempo en Kenia y quien me recibió en su casa como si fuésemos amigos de toda la vida.

Según los comentarios, Nairobi es una ciudad peligrosa, pero para nosotros no lo parecía hasta que vivimos aquella noche.

Una noche de terror

Eran las 5.00 AM de un lunes y cada uno dormía en su cuarto con la puerta cerrada. De repente sentí que me sacudían, y no precisamente con cariño; pensé que estaba soñando y me di media vuelta para seguir durmiendo.

Me desperté con una linterna enfocándome la cara y con dos adolescentes diciéndome: “¡money, money!”. No entendía nada, uno movía un machete mientras se quitaba una media de la cabeza, y el otro me amenazaba con algo similar a una espada. “¡Money, money!”, me repetían.

Me senté en la cama y prendí el velador. Tardé algunos segundos en reaccionar. Cuando finalmente entré en razón, tomé la riñonera y les di algo de dinero que tenía. “¡More, more!”, decían, mientras me pegaban un par de cachetazos. Revisaron todo el cuarto. Tomaron algunas cosas y encontraron mi filmadora: la filmadora que había comprado mi hermano hacía unos meses para que yo registrase mi viaje de una manera profesional, con una mayor calidad. No podía creer que esto me estuviese pasando.

Recuerdo que en Brasil trataron de robarme varias veces y por esas cosas del destino o de la suerte me salvé. Me preguntaba si esta vez tendría la misma suerte. Enseguida recordé cuando aquel Peruano que llevaba mas de cinco años pedaleando en búsqueda de un récord Guiness me dijo: “algún día te van a robar, el robo también es parte del viaje”.

“¡Mierda, mierda!”, me repetía una y otra vez. “No puedo permitir que me roben la cámara, tengo que impedirlo”, pensaba para mis adentros.

Estuvimos unos minutos más en mi cuarto. Yo no me movía, estaba sentado en la cama con uno de los ladrones frente a mí, amenazándome con el machete, mientras el otro revisaba los cajones. Luego me llevaron al cuarto de Daniel. Él ya había escuchado ruido y estaba tratando de llamar desde su celular a su vecina, la dueña de la casa, pero su teléfono estaba apagado. Estuvieron no más de 15 minutos en la casa, pero yo ya no quería que se fueran con mi cámara.

Cargaron con todo lo que pudieron

Revisando el cuarto de Daniel encontraron unos dólares, también tomaron la computadora, el DVD y su celular. Trataron de llevarse el equipo de música pero no pudieron, eran demasiadas cosas.

Varias veces pensé en arriesgarme, en saltar sobre uno de ellos, pero me faltó coraje. ¿Valía la pena arriesgar mi vida? ¿Y la de Daniel? ¿Quién estaba mas jugado, ellos o nosotros? Fueron varios minutos de incertidumbre. Los espacios de la casa no eran muy amplios y al primer guadañazo, como mínimo, terminábamos en el hospital.

En un momento, cuando ya tenían todo cargado en una de mis mochilas, nos dijeron que nos quedáramos tranquilos y no hiciéramos escándalo; era la primera vez que el venezolano y yo estábamos del mismo lado, opuestos a ellos.

Rápidamente fui a mi cuarto y tomé el spray (Red pepper defense) que llevo conmigo desde el inicio de mi viaje pero, rumbo a la sala, el que tenía el machete percibió que había agarrado algo y me enfrentó. Daniel y yo nos encerramos en su cuarto y comenzamos a gritar por la ventana desesperadamente: “¡call the police, call the police!”.

Cómo escaparon

Dejaron la casa por la ventana, por el mismo lugar que habían entrado. Habían cortado la reja y quitado los ventilares. Yo fui tras ellos, aunque no sé muy bien para qué. Pedía ayuda a los gritos. ¿Dónde estaba el vigilante de la casa? ¿Dónde estaba el perro?

Los alcancé en el parque de nuestro condominio; cuando estuve cerca de uno de ellos, apunté y disparé el spray, que tiene alcance de tres metros. “¡Maldición, no salió nada!”. Estaba trabado. Hacía más de un año que lo llevaba conmigo y nunca lo había utilizado. En ese momento, el que tenía la espada se perfiló para tirarme un guadañazo, pero corrí.

Fui hacia la luz de la casa, revisé el spray y los encaré otra vez antes de que saltaran la pared. Les tiré el gas y acerté con uno de ellos, pero tuve que correr de nuevo, ya que quien cargaba la mochila la dejo caer enfurecido para perseguirme; todo era un gran escándalo.

Retrocedí desesperado unos 15 metros en dirección a la casa, mientras que ellos aprovecharon y treparon la pared. Sin querer aceptar lo que estaba sucediendo fui tras ellos una vez más. Estaba fuera de control.

Por desgracia o quizás por suerte, en el aire había quedado disperso el gas y me afectó.
Así y todo salté la pared y me topé con el vigilante del otro condominio, un señor mayor que estaba muy asustado y quien me indicó una canilla para lavarme rápidamente los ojos. Luego trepé otra pared y salté a la residencia vecina, desde donde subí a un techo, pero no me animé a seguirlos más. Ellos corrían por los matorrales que llevaban al arroyo, todo estaba demasiado oscuro y no tenía la menor idea de dónde terminaríamos.

Seguirlos un poco más hubiese sido demasiado arriesgado. Yo estaba descalzo y un tanto lastimado, pero tuve suerte: pude haberme cortado entre tanta basura antes de saltar la primera pared.

El sereno

Mientras yo iba tras ellos, Daniel fue a pedir ayuda. Nuestro guardia se encargó de confundirnos aún más: le dijo a la dueña de casa que habían robado en el condominio vecino para que no llamara a la policía mientras que a nosotros, minutos después, nos dijo que la policía había venido y que ya estaba tras ellos. Mentira.

Por la mañana supimos que el guardia se reportó en su oficina de trabajo diciendo que todo estaba bien y que nada había ocurrido. Pregunto de nuevo, ¿puede un sereno estar dormido ante tanto escándalo? ¿Y qué pasó con el perro que ladraba todas las noches? Hacer cuatro cortes en la reja no es cosa de un minuto.

04Esa misma mañana vino la policía de Kileleshua, el jefe inspector de la D.C.I.O. (Division Criminal Investigation Office) de Kilimani y un oficial del Depto de huellas digitales de Nairobi, que junto al Departamento de Investigaciones Criminales de la Provincia de Nairobi trabajaron en el caso. Luego un vecino nos trajo el DVD que encontró en su jardín. Era evidente que no habían podido llevarse todo.

Según la policía fue un trabajo interno, alguien que sabía cómo hacerlo. El sereno estuvo preso diez días pero luego lo soltaron. Yo publiqué un aviso en el diario ofreciendo recompensa por la cámara, que seguro fue vendida por algunos dólares. También fui al mercado negro donde se compran cosas robadas y, con la ayuda de un colombiano, pusimos algunos policías privados para trabajar en el caso.

Tardé 3 semanas en asumirlo y aunque soy de ese tipo de personas que piensa que las cosas suceden no sólo por azar, me gustaría regresar el tiempo atrás para jugarme a mi verdadero destino.