Norte de ChinaKm 84.120

Regresé a China desde Corea, desembarqué de noche en el puerto de Tangu tras 25 horas de viaje. Y enseguida que lo hice busqué un hotel donde alojarme. Pero nuevamente me encontré con la problemática de que en los hoteles baratos no hospedan extranjeros, y así tras una hora recorriendo la ciudad me di por vencido y me instalé en un hotel caro para lo que es mi presupuesto. Eran casi las 12 de la noche y solo quería acostarme.

En la mañana tuve que cambiar una goma pinchada y arreglar un problema en el asiento, luego inicié mi pedaleada rumbo a Beijing. Eran las 10 de la mañana y pese a que era tarde esperaba recorrer los 170 km y llegar a la capital del país; ya que no deseaba pasar otra noche como la anterior. Y tuve suerte, porque el camino fue plano y casi no había viento, por ello llegué a Beijing a las 21 hs, aunque me encontraba del otro lado de la ciudad de la casa de Antonio, el italiano que me hospedaría. Cuando llegué a su casa eran pasadas las 23 y mi velocímetro marcaba un nuevo record, 212 km en 10 horas. Estaba totalmente exhausto.

Conocí a Antonio a través de Internet, que vivía con otras 3 personas; eran todos ex viajeros en búsqueda de una experiencia de vida en Beijing. Por ello según me contaban ellos reciben a cuanto peregrino transita la ciudad. Su casa parecía un hostal. Durante aquellos días dormí en el cuarto con Antonio y compartí la cama matrimonial con Iuri, otro italiano. Y fue muy gracioso, porque uno roncaba y el otro me suspiraba en el oído. La casa era un despelote, pero los napolitanos eran buena gente, aunque yo prefería un lugar más tranquilo. Por ello les agradecí y me mudé a casa de David, un español que había pedaleado desde Madrid hasta Beijing para ver las Olimpíadas. David, que ya lleva dos años en Beijing trabaja como profesor de golf, y a través de su propia empresa de turismo comienza a llevar chinos a jugar golf a España. David que sabía muy bien lo que era viajar en bicicleta ya se había convertido en un hombre de negocios, y me trató de primera.

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Durante mi estadía en Beijing quedé perplejo, porque esperaba encontrar una imagen de la China comunista pero me topé con una ciudad inmensa y moderna, con rascacielos, majestuosos centros comerciales y amplias avenidas. Beijing es una de las mayores ciudades capitales del mundo, con más de 14 millones de hab.

Allí visité los principales lugares turísticos, pero también me interesé en comprender una de las principales problemáticas del país “el crecimiento demográfico”. Según me explicaron, a lo largo de la historia los Chinos siempre pensaron: “cuanto más hijos mas prosperidad” pero para finales de la década del 70 los líderes del país entendieron que todos los problemas de China residían en su exceso de población. De esta manera en 1979 se implantó la política de un solo hijo como medida para controlar el crecimiento demográfico. El lema era: “Menos hijos, mejor calidad de vida”. Desde entonces las familias que no cumplen con los términos deben pagar multas económicas.

Según la entidad que se encarga de aplicar esta ley, la política ha permitido evitar de 300 a 350 millones de nacimientos desde su implantación y ha contribuido a la mejora de muchos indicadores sociales, como la renta per cápita, la extensión de la educación o la disminución en el número de personas que viven en la pobreza. No obstante, ésta ha tenido también efectos negativos para el país, como el envejecimiento de la población, los abortos selectivos y los abandonos de niñas por familias que prefieren tener un hijo varón, lo que ha desembocado en otro problema, como el desequilibrio de géneros. Según un reciente estudio, ya faltan millones de mujeres aptas para el matrimonio. En tanto debido a la práctica del aborto selectivo que se ha vuelto tan habitual, en algunas regiones de China se han prohibido las ecografías en las que se determina el sexo del bebé.

Pero la política del hijo único también incluye algunas excepciones. Pueden tener un segundo hijo, por ejemplo, las parejas en las que tanto el marido como la esposa no tengan hermanos, o las familias de minorías étnicas, como los tibetanos o los mongoles que se les permite tener hasta 3 hijos. Pero cuando por ejemplo, en el interior una familia no cumple con la política, y tiene 2 o 3 hijos, estos no son censados y por ello no reciben educación.

Según me explicaban ésta política ha creado una generación de niños mimados e incapaces de afrontar la madurez, ya que crecen siendo el centro de atracción y tratados como reyes. Según un amigo, casado con una china y separado, en la actualidad muchos abogados chinos se enfrentan a un problema común, cuando un matrimonio de la generación “un solo hijo” se divorcia teniendo un hijo; “el problema es que ninguno de los dos se interesa en la tenencia del chico”, me decía. La razón le explicaba el abogado a mi amigo: “porque ésta política ha creado una sociedad de chicos malcriados y egoístas”.

Durante mi estadía en Beijing visité la ciudad prohibida, que es el complejo arquitectónico más extenso y mejor conservado de china donde vivieron dos dinastías de emperadores que reinaron a lo largo de 500 años. También la plaza de Tainanmen, que según dicen es la mayor plaza pública del mundo y que ha sido escenario de varias manifestaciones populares, la más recientemente, las protestas estudiantiles en 1989 que terminaron siendo sofocadas de manera violenta mediante la intervención del ejército. El Templo del Cielo, el Templo de los Lamas y el Templo de Confucio. Y también los Hutong o callejones donde se encuentran las antiguas viviendas donde todavía vive gran parte de la población de Beijing, aunque como me explicaba Daniel, cada vez más son demolidas por el interés de construir una ciudad moderna.

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Por último visité la Gran Muralla en Mutianyu, donde subí en teleférico y bajé en un trineo, en tobogán, como un chico. La Gran Muralla fue construida a partir del siglo V a.C. por señores feudales para protegerse de los ataques de las tribus nómades; y luego unida y reconstruida por las diferentes dinastías del imperio Chino. En la actualidad se extiende por más de 6000 km, a través de desiertos, colinas y planicies, aunque solo unos sectores fueron reparados y restaurados por el gobierno chino a fin de que se mantenga su original aspecto de imponencia y grandiosidad.

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En Beijing me quedé más de dos semanas, porque durante mi estadía me dirigí a algunas empresas buscando que me esponsoricen. Y tras varias negativas conseguí por medio de una amiga argentina, Valeria Rabaglia, que la empresa china Huawei, participe en el proyecto. Ya había intentado con empresas locales en India, Tailandia, Vietnam, Japón y en Corea del Sur, pero no tuve suerte, y aunque no lo esperaba, tras más de un año de intentos, finalmente conseguí mi primer sponsor asiático. Ahora era una empresa China que me daba el OK para seguir adelante.

Rumbo a la frontera

Dejé la capital más equipado que nunca, me había comprado una bolsa de dormir de pluma de pato de 5 grados bajo cero, proteína en polvo, una rueda, una cubierta, nuevas cámaras y comida para aguantar varios días, porque para llegar a Ulaanbaatar, capital de Mongolia, tenía que atravesar casi 1000 km del desierto de Gobi.

06conZhangUna vez que me alejé de la ciudad capital, atravesé la gran muralla y luego por unos días crucé varios pueblos y zonas industriales por una ruta con mucho tráfico de camiones. Allí encontrar un hotel barato era una hazaña, porque como en la mayoría del país los hoteles populares no hospedan extranjeros. Recuerdo una noche en Huai Lai que ante tanta negativa de parte de los hoteles, Zhang Chao, el chico que me guiaba, me llevó a su casa. Ni siquiera llamó a sus padres para preguntarles. Y me trataron como si fuese uno de su familia. Pero me sorprendí aún más cuando en la mañana percibí que había dormido en el cuarto de sus padres y que él señor había dormido en el sofá.

Luego seguí por la ruta 110 hasta Jining, y de allí tomé la ruta 208 adentrándome en la región autónoma denominada Mongolia Interior. Allí inicia el desierto de Gobi constituido principalmente por altas mesetas y cadenas montañosas. Pedalear los 330 km hasta la frontera con Mongolia me tomó 3 días, y debido al fuerte viento en contra no podía avanzar más de 12 km/h. La temperatura por la noche bajaba a 3 o 4 grados, por ello prefería alojarme en pequeños hoteles o en casa de gente. Una noche debido a la mala información que recogí en el camino no pude llegar al poblado que esperaba, hacía mucho frío y el viento estaba más fuerte que nunca, pero por fin tras 10 horas de pedaleo avisté una casa y me dirigí a ella. Allí conocí a Pater y su familia, que no dudaron en invitarme a pasar la noche. Enseguida me sirvieron té y luego me cocinaron algo de comida. Eran mongoles y pese a que no nos entendíamos, mediante señas y con lápiz y papel tuvimos una amena conversación. Y me sorprendí porque pese al aislamiento me parecieron personas cultas, conocían la capital de Argentina y los nombres de muchos países cuando en el mapa les mostraba mi recorrido. También tenían un libro de un chino que había recorrido China a pie, quizás por ello se interesaron tanto en mi viaje. Me hicieron un montón de preguntas, eran muy curiosos. También me explicaron que allí la temperatura en invierno oscila los 15 °C bajo cero y que la cría de cabras y ovejas es el único método de subsistencia.

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Cuando llegué a Erenhot, la ciudad fronteriza, me dolían las rodillas, y tras varios días de bañarme en una palangana me hospedé en un buen hotel. Era el día previo a mi cumpleaños y darme una ducha con agua caliente fue el regalo que elegí, no pedía nada más, no lo necesitaba; solo quería descansar y concentrarme para la parte mas dura que se venía, aquella que intuía que sería única y que iniciaba justo el día que cumplía 37, Mongolia.