Nueva Zelanda –  Km 101.690

Desde Sidney viajé a Auckland patrocinado por Aerolíneas Argentinas, afortunadamente me liberaron los 107 kg de equipaje que llevaba. Nunca había estado tan cargado, llevaba un trailer para la bicicleta y 250 libros acerca de mi viaje, que financiarían mi estadía por el nuevo país. Dejé el aeropuerto a las 2 a.m., y mientras buscaba un lugar para acampar en sus alrededores un vigilante maorí me detuvo por no usar casco ni luces. Inmediatamente me reportó a sus autoridades y no me dejó ir hasta que su jefe, un hombre blanco, venga a mi encuentro. Recién a las 4 a.m. camino a la ciudad encontré un cementerio donde pude armar la tienda, lejos de la ruta y bien escondido entre árboles y tumbas.

En la mañana me tomé el ferry para Waiheke, uno de los principales destinos a visitar desde Auckland. Allí me recibió Francisco o Pancho, un biólogo marino argentino de Curuzu Cuatia, que vino a Nueva Zelanda en búsqueda de mejores oportunidades en un barco pesquero hace 19 años. Francisco que actualmente trabaja como consultor pesquero para organizaciones internacionales de desarrollo, me acogió con el estilo del cual solo un gran viajero posee.

Al tercer día, Pancho se fue de vacaciones y me dejó en su casa solo, como si yo fuese alguien a quien conoce de toda la vida.

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En aquellos días comencé a vender mis libros en los mercados de fin de semana, primero en la isla y luego en Auckland, donde también me recibieron cálidamente Lucas y Cristina.

Durante dos semanas recorrí la isla norte, con el trailer y la mitad de los libros cargados en él. En búsqueda de buenas playas me dirigí a la península de Coromandel, pero aquella ruta me exigió al máximo, tenía la sensación de estar arrastrando un cadáver, y por ello necesitaba detenerme cada 100 mts. Tras unos días preferí regresar a la ruta nacional, que por ser la más transitada no tiene de esas subidas que son una falta de consideración al ciclista. Atravesé Hamilton y Cambridge, donde paré en los mercados, e inclusive fui invitado por el general Manager del hotel Le Grand, a hospedarme sin costo por un par de días. El buen hombre era originario de Bosnia y Herzegovina.

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Camino a Taupo tuve varios días de lluvia, y sin opción debí atravesar la ruta del desierto que sube hasta los 1000 mt. Fue muy triste cuando sin un lugar donde cobijarme y sin fuerzas debí parar para cocinarme y almorzar bajo el agua. Como pocas veces me pregunté: “¿Que diablos estoy haciendo aquí?” Hasta hacía apenas un mes había estado en Argentina visitando a mi familia, donde obviamente mis cualidades de trotamundo se habían aplacado, y retomarlas no fue trabajo fácil. El clima comenzaba a ser hostil.

En uno de esos días de constante lluvia entré en un campo que era regido por quien parecía un latino. Pero Haki era fruto del cruce de su padre de origen inglés con su madre maorí. “La casa está llena”, enseguida me dijo pero bastaron unos minutos de conversación para que me habilite un espacio en un galpón avasallado de maquinarias y herramientas. Me permitió el uso de un baño y hasta me ofreció comida. El lugar que apenas estaba construido con maderas y chapas me resultó una bendición, porque llovió toda la noche. Allí pude estirar mi bolsa de dormir, cocinar e inclusive armar una especie de escritorio para trabajar en el ordenador. En la mañana el cielo amenazaba lluvia otra vez, y por ello demoré en partir. Haki me hizo compañía y posiblemente sin desearlo me dio una cátedra acerca de NZ.

“Los primeros pobladores conocidos en Nueva Zelanda fueron los polinesios que, de acuerdo con la mayoría de los investigadores, llegaron en canoa a partir del siglo IX o X. Desde entonces, los inmigrantes polinesios crearon una cultura distinta, conocida ahora como maorí. Los exploradores europeos que comenzaron a llegar a partir del siglo XVII y XVIII describían a los maorís como una raza de guerreros sanguinarios y orgullosos. Guerras inter-tribales sucedían frecuentemente durante ese período. Hacia el siglo XIX, la adquisición de rifles por las tribus en contacto con los europeos desestabilizó el equilibrio de poder y dio origen a un período de guerras inter-tribal, que terminó en el exterminio de varias tribus y la migración de varias otras. Colonos europeos también mataron un gran número de maorís durante este período, además de la captura de esclavos y mujeres por parte de los blancos. Se cree que la población maorí se redujo casi un 50%. Así Nueva Zelanda se convirtió en colonia británica”.

“Después de la Segunda Guerra Mundial, se desalentó el uso del idioma maorí en las escuelas y lugares de trabajo, pero en los últimos años se ha producido un proceso por conservar el idioma y la cultura del pueblo indígena de Nueva Zelanda. En 1987 se le concedió el estatus de idioma oficial. Ahora hay escuelas para aprender el idioma y dos canales de Televisión Maorí”.

“En la actualidad muchos de los aspectos típicos de Nueva Zelanda son derivados de la cultura maorí. Un ejemplo de este aspecto es el haka, la tradicional canción de guerra interpretada por los hombres maoríes y utilizada ahora por los All Blacks”.

La isla sur

Llegué a la isla sur con mucha expectativa, a lo largo de todo mi recorrido por la isla norte e inclusive por Australia me cansé de escuchar lo estupendo que sería recorrer la costa oeste de la Isla Sur y hacer el tour de barco en Milford Sound. Pero al fin y al cabo hallé que muchas de las personas que describen esos lugares como impresionantes, únicos o maravillosos no estaban más que excitadas y que engrandecían sus experiencias.

La famosa West Cost me resultó todo lo contrario. El trecho que va desde West Port hasta Haast, que se extiende por 450 km, no es más que una ruta con vegetación tupida, que por algunos momentos bordea el mar dejando ver algunas de sus playas, que por momentos están adornadas con alguna roca. En el medio del trayecto están sus dos famosos glaciares, que como no volé en helicóptero ni me sumergí a pie para explorarlos, debido al pago de cientos de NZD, los lugares ni siquiera me provocaron un suspiro tras el esfuerzo de haber caminado hasta ellos. Eran otros de esos días de constante lluvia. Y si le sumo las malditas sand flies y la poca onda de la gente, me animaría a decir que la West Cost de NZ ha sido una de mis mayores decepciones.

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Cuenta una leyenda maorí que cuando una de sus diosas contempló la belleza del sudoeste de la Isla Sur, (en la actualidad Parque Nacional Fiordland) tuvo miedo de que a los humanos les gustase tanto como a ella y decidiesen quedarse a vivir, así que mandó millones de sand flies para que se expandan e hiciesen de esa zona su territorio.

Las sand flies son unos bichitos microscópicos de color negro de la misma familia que los mosquitos pero más silenciosos. Pican y chupan la sangre como vampiros, lastimándote, están por todos lados, de día y de noche y siempre en masa. No te dejan un momento tranquilo, atacan cada parte descubierta del cuerpo, cada vez que paraba para comer, para acampar o para contemplar un paisaje. Era como si el repelente no existiese. No hay nada que se pueda hacer contra ellas, son el amo y señor de esta tierra.

Aún recuerdo mi peor día por la costa oeste, pasado el mediodía me detengo en el “Information Center de Punakaiki”, el pronóstico amenazaba más lluvia aún, por ello pregunté si había algún lugar free para acampar en los alrededores. La persona que estaba a cargo me preguntó en que tipo de vehículo estaba viajando y al saber que lo hacía de bicicleta me dijo en un tono demasiado alto y agresivo que no podía acampar en ningún lado y que si lo hacía la policía me encontraría y pagaría una multa de 200 NZD. Es que sólo quien viaja con un vehiculo y dispone de baño propio puede hacer free camping. Si bien el país cuenta con varios sitios de acampada con baños, en aquella zona no había.

Esa tarde seguí pedaleando tanto como pude, y ni bien me alcanzó la lluvia me detuve en un granero que tenía su portón abierto, necesitaba comer algo y en lo posible hacer tiempo. A los 10 minutos apareció su dueño y tras hacerme algunas preguntas me echó. Esa tarde la lluvia no me dio tregua, estaba totalmente empapado y no encontraba lugar donde parar.

Con la última luz atravesé un pueblo y me acerqué a una de las últimas casas, donde había un inmenso granero. Había una TV prendida y una mujer frente a ella. Me acerqué a la ventana y tras peinarme un poco la llamo, aún conservando distancia de la ventana. La mujer al verme desapareció apresuradamente, yo imaginé que había ido a ponerse un abrigo, pero estuve varios minutos esperándola y llamándola, pero nunca regresó. Por el contrarió me mandó su perro, un pequinés, que con la rabia que fui acumulando le hubiese dado una patada que se lo colgaba en la chimenea. No había sido un buen día, solo me faltaba terminar detenido por la policía, pensé. Así que respiré profundo y seguí pedaleando bajo la lluvia….

Ya de noche, tras 107 km, avisté un campo de rugby en otro pueblo y como no había nadie me refugié bajo un porche. Parecía el lugar perfecto. Al instalarme y terminar de cenar llegó un chico en su auto a pedirme cigarrillos. Estaba borracho y terminó siendo muy molesto. Tal fue así que a los 15 minutos decidí irme, porque su auto no le arrancaba. Eran las 11 p.m. y bajo la lluvia debí buscarme otro lugar para acampar. Estaba furioso. Al final cuando comienzo a montar la carpa, noto que lo estoy haciendo sobre el excremento de algún animal…. “Dios mío, definitivamente hoy no es mi día”, pensé. Pero en ese momento escuché el ruido empedernido del motor del auto del borracho y volví al campo de rugby, donde finalmente pasé la noche. Al día siguiente pedaleé otros 15 km bajo lluvia y sin dudarlo me instalé en un hotel. Necesitaba descansar.

Desplantes como aquel día tuve varios y a lo largo de todo el país. Pero rescato a Patrick en Wellington, a Tony en Nelson, a Kevin en Hokitika y Richard en Christchurch que como viajeros de bicicleta y buenos miembros de Warmshower.org supieron recibirme en sus casas.

Afortunadamente durante las últimas tres semanas de mi estadía en NZ llovió menos y aunque solo por un par de días y apenas algunas horas, pude pedalear con sol. Los trayectos más bonitos y que realmente valieron la pena resultaron ser Haast-Queenstown, Queenstown-Mavora Lake, Te Anau-Milford Sound y Queenstown-Tekapo Lake.

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Agradezco a todos los latinos que trabajan en NZ con la working visa o no, y que apenas necesitaron de segundos para abrirme las puertas de su casa y hacerme sentir como amigos de toda la vida. Gracias a Tomas de Argentina en Wellington, A Tarek y Xushua de Brasil e Inés de Argentina en Queenstown, a Cecilia y Pablo de Argentina en Te Anau y Milford, a Nico y Ana de Chile y España en Lumsden y a Fede y Angie de Argentina en Hindis. También a María de Filipinas en Palmerston North y a Andy de Argentina en Christchurch por llevarme al aeropuerto con esos semejantes paquetes.

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También agradezco a los viajeros de bicicleta que supieron compartir la ruta conmigo, o simplemente una buena noche de acampada. Gracias a Giovanni, Andrea y Jocham que pedalearon NZ de punta a punta; a Nuno y Joana que inciaron su viaje Nueva Zelanda-Portugal en bici y a Alvaro Biciclown, a quien ya cruzo por cuarta vez en mi viaje.

Nueva Zelanda, una verdadera aventura!!

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Si deseas conocer más acerca de mi viaje, consigue el Documental: Pedaleando el Globo