Dejé Litang en dirección sur, y tomé la ruta más corta hacia Shangri-la, pero también la más asolada; debido a su pésimo estado cuenta con muy poco tráfico y con grandes distancias entre pueblos donde encontrar un lugar para dormir.

El día que dejé Litang el pronóstico del tiempo anunciaba lluvia para los tres días sucesivos, pero partí igual, porque sabía que cuanto más días pasaban peor era. Al segundo día nevó en tres ocasiones, las dos primeras pude parar y cobijarme, pero la tercera no. Me faltaban 7 km para llegar al paso montañoso de 4675 mt pero no encontré donde resguardarme. Nevó muy fuerte, tenía que quitarme constantemente hielo de los brazos, del cuerpo y de las piernas. Yo usaba guantes y con bolsas de nylon me cubría manos y pies porque tenía los dedos congelados. También usaba gorro de lana, visera y capucha y con otro nylon me cubría la cara, la nieve me daba de frente, casi lastimándome. Así pedaleé durante más de una hora en subida y otros 5 km de bajada, con los frenos bien apretados, porque la bici patinaba. Pero trataba de ser optimista porque sabía que todavía podía ser peor, “si pincho una goma estoy frito” pensaba.

Aquella tarde, como bien Nico me había informado llegué a una casa en obras donde operarios chinos me habilitaron un cuarto para dormir. Allí me cociné y pasé la noche.

Por momentos sentí que pedalear el Tíbet es una buena práctica para entender la filosofía budista; que enseña que la vida es perecedera y que todo acaba para volver a renacer, trasmutar y evolucionar nuevamente. Así me sentía yo, pedaleando hacia arriba para luego bajar y volver a subir. Bajar y subir, subir y bajar…. Como si fuese un ciclo, el ciclo de la vida.

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Pero los días más duros aún estaban por venir, el Kuluku pass y el Dashueshan quedarán en mi memoria para siempre. La noche previa a cruzar el Kuluku había dormido en Sangui, un pequeño poblado y al levantarme encontré un paisaje espectacular, todo cubierto de nieve.

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Llegar al paso me llevó casi todo el día. Arriba la ruta tenía hielo. Había trechos que debía arrastrar esos 80 kilos que pesa la bicicleta o peor aún levantarlos cada vez que me caía. Cuando creo que ya lo había conseguido veo una bajada y una larguísima subida. Entonces se me fueron las pocas fuerzas que me restaban y pienso que no soy capaz de hacerlo. Me detengo unos minutos, como unas frutas secas y tomo aire, me tranquilizo y vuelvo a respirar. Y comienzo a bajar lentamente para luego volver a subir.  No me cabe duda, la mente tiene un rol mucho más importante que el propio cuerpo.

De repente veo una casa, parece ser de esas donde ejercen algún tipo de control o algo parecido. No hay nadie, excepto un perro que comienza a ladrarme y me sigue de cerca mostrándome los colmillos. Entonces me bajo de la bici, le tiro unas piedras y me deja ir. Ya es el décimo que me cruzo. Estos perros tibetanos son grandes y asustan; y están por todos lados. Finalmente estoy arriba, entre las cumbres de las montañas, con nubes oscuras cargadas de nieve como únicas testigos. Estoy encantado ante tanta belleza, el paisaje es imponente y soberbio. Estar allí es como una inyección de adrenalina, es el premio a una subida bestial que me da la fuerza para ir por más, aunque haga un frío de coño.

Pablo Garcia en el kuluku pass - Tibet

No me quiero ir pero debo hacerlo, comienzo a bajar y lo hago por unos 30 km, pero muy despacio porque la ruta está llena de pozos. Y me asusto porque no siento los dedos, por ello paro para quitarme los guantes y frotarme las manos. Y una vez más me agarra la noche. Llegando al pueblo me enfrento con más perros. “No hay hotel” me dicen, aún me faltan muchos km. Hablo con la gente del lugar y encuentro una maestra china que habla inglés y que junto a su amigo médico me ofrece dormir en el hospital, perfecto! Me cocinan y finalmente me acuesto, tras cambiar otro rayo de la bicicleta, estoy agotadísimo.

pablo garcia en china

La noche siguiente dormí en Rangwu, un poblado situado a 3300 mts que tenía un hotel con aguas termales; bañarme allí fue maravilloso y me sirvió para recuperar fuerzas para el día siguiente y así poder enfrentar el cruce más difícil, el Dashueshan pass. Aquella mañana me levanté más temprano que nunca, a las 6.15, cuando todavía era de noche. Medité por un rato y desayuné como de costumbre: avena con café con leche, pan con crema de maní y unas galletas. Y luego partí. De acuerdo a la info. que llevaba aquel día debía cruzar 3 pasos, a 4260, a 4360 y a 4400 mt. Todos en un trayecto de 60 km donde de acuerdo a Nico, tenía entre paso y paso unos km de bajada y otros cuantos planos. Pero en realidad fue casi todo subida. Debido a que Nico había pedaleado aquella ruta en sentido inversa sus bajadas eran mis cuestas, así como también lo que yo esperaba que fuese plano. Aquel día casi que no me detuve para hacer fotos o video, y así y todo la luz del día no me alcanzó para llegar al Dashueshan pass. Sobre el final de la tarde, a 5 km del paso ya no tenía más piernas y apenas podía respirar; tenía los dedos congelados y estaba empapado en transpiración. Y como la ruta estaba en pésima condiciones entendí que la bajada me tomaría bastante tiempo. Entonces decidí acampar a los 4300 mt. Aquel atardecer tuve un poco de miedo, porque desde entonces no pasó ningún otro vehículo y me sentí más solo que nunca. Con la última luz del día me puse toda la ropa de invierno que llevaba y con la última fuerza monté la tienda y luego empecé a cocinar. El frío me penetraba en los huesos, por ello no podía dejar de moverme, saltaba, alongaba y hasta corría. Así me preparé unos fideos con aceite de oliva que primero tuve que descongelar y hasta me tomé el agua con el que los había cocinado. A las 20.00 hs la temperatura ya era de 5º bajo cero. Luego me metí en la tienda y al cerrar los ojos recé para que no hubiese ningún temporal. Fue una noche larga, pasé 14 horas dentro de mi bolsa de dormir, vestido y aunque me desperté varias veces ni me moví, hasta que en la mañana el sol comenzó a iluminar mi tienda, cuando entonces le agradecí a todos los Dioses y me levanté para comenzar otro día.

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Cruzar cada paso montañoso era una epopeya, donde en cada uno de ellas dejaba un pedazo de mí. Pero valía la pena, porque me encontraba en uno de los lugares más altos del mundo y más impresionante, donde la naturaleza se manifiesta en todo su esplendor.

El Yunnan

La provincia de Yunnan fue el último trayecto que recorrí en China, de la cual dicen que es la provincia más atractiva del país. Aunque luego de haber visto parte del Tíbet, no lo pienso así. En mi camino hacia la frontera con Laos visité los principales destinos turísticos como Shangri-la, Lijiang y Dali, que son ciudades muy pintorescas que albergan miles de turistas pero también demasiado comerciales donde cobran un ticket para cada cosa. Se debe pagar para visitar el Monasterio de Shangri-la, para las Tres Pagodas en Dali, para el principal parque en Lijiang e incluso para visitar su casco antiguo. Y el precio nunca baja de los 15 o 20 USD. Una exageración si lo comparo con el resto de China, donde todo es mucho más accesible o gratis.

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Lo que si valió la pena visitar son los arrozales de Yuanyang. Según me explicaron Xinjie es un antiguo poblado que alberga a la minoría étnica Hani, de los que se cree que cultivan las terrazas de arroz por lo menos desde hace más de 1000 años. Debido al clima de su altitud que varia entre los 1000 y 2000 mt, el cultivo de arroz se realiza sólo una vez al año, tras la época de lluvia. Luego las terrazas son llenas de agua hasta abril, cuando se comienza a plantar otra vez.

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Se cree que los arrozales de Yuanyang son los mayores del mundo y los más espectaculares.

Finalmente dejé China tras casi 6000 km pedaleados que me llevaron 4 meses y medio. Y a pesar de que viajé por los cuatro puntos cardinales cuando crucé la frontera tuve la sensación de que había visto muy poco de lo que en realidad es éste impresionante país.

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Me llevo los mejores recuerdos. Sin duda China es un lugar para volver.