Otra vez en Laos  – Km 87.760

En dirección sudeste asiático, con rumbo a Australia, desde China regresé a Laos. Habían pasado más de 8 meses desde mi primera visita a éste país. Ahora el clima era más placentero, corría el inicio del invierno y por haber finalizado la época de lluvia el cielo estaba limpio y el aire era respirable.

Mi primera parada fue Udom Xai donde pasé más de una semana descansando de mi viaje a través del Tíbet, recuperando kilos y fuerzas, y trabajando en la web. Luego inicié mi recorrido hacia el sur, atravesando un entorno único.

Laos es el país más virgen de la zona, posiblemente por la falta de industrialización y por su reducida población. Se calcula que más del 50% del país está cubierto de bosques tropical virgen y que el 20 % del territorio nacional fue declarado zona de protección. Por ello durante gran parte de mi recorrido por éste país me dio la sensación que me encontraba pedaleando en el medio de la selva.

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En las zonas más recónditas del país me crucé con gente que llevaba arco y flechas o una escopeta para cazar. Según me explicaron cuando la gente no caza para comer lo hace influenciada en el comercio ilegal. Por ello no es raro encontrar en algún mercado de una ciudad del interior un mono listo para degustar. Y según me decían bastan un par de minutos para que lo vendan. También en el país es posible encontrar animales salvajes como elefantes, leopardos, tigres, ciervos y chacales; todos en peligro de extinción.

Pedalear por Laos me permitió observar el estilo de vida más tradicional del sudeste asiático. Según me contaron más del 80 % de la población vive en zonas rurales donde la mayoría carece de electricidad y de otros suministros. La gente se basa en la economía de subsistencia. Sus principales cultivos son el arroz, el maíz, la tapioca, vegetales, frutas y especias. También el tabaco y el café. Casi todas las familias tienen algunos cerdos, gansos o gallinas y búfalos para trabajar la tierra. La pesca es una de las principales fuentes básicas de alimento, pero no sólo en las aguas del Mekong o demás ríos, sino también en pequeños estanques, donde he presenciado como una mujer le cobraba a un pescador por la cantidad de pescados obtenidos. En cuestión de media hora, el hombre con su red se llevó 7 u 8 pescados.

Al igual que en Tailandia y otros países del Sudeste asiático, gran parte de los laosianos profesan el Budismo Theravada. Según Ven Charnsak, un monje con quien conversé, “Theravada” significa literalmente: “la doctrina o enseñanza de los antiguos”. La tradición theravada se fundamenta en el Canon Pali que todos los estudiosos budistas reconocen; éste es la compilación más antigua de las enseñanzas de Buda, y que para la tradición theravada representa las palabras y enseñanzas originales de su maestro. Según esta creencia todo hombre budista debe ser monje durante un corto espacio de su vida comprendido normalmente entre el período escolar y el momento de iniciar una carrera profesional o casarse. De esta manera el iniciado suele pasar entre unos meses y hasta un par de años en un templo. De hecho un hombre joven no es considerado maduro hasta que ha completado su “periodo espiritual”.

Pero durante mi estadía en el país, también entre los monjes laosianos es muy común encontrar pequeños monjes, que a veces no llegan a los 10 años de edad. El motivo me explicaban: “porque sus padres no tienen el poder adquisitivo para mantenerlos o simplemente para que los niños cultiven otras cualidades como la generosidad, renuncia, moderación y humildad, así como la toma de conciencia en todas las actividades”.

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Durante mi recorrido en Laos me crucé con varios ciclistas, pese a las montañas del norte, el país es uno de los más placenteros para pedalear en todo el sudeste asiático, hay muy poco tráfico, la gente es muy amigable y la belleza del lugar es única. El único inconveniente es encontrar lugares para comer; pese a que hay una clásica opción: “arroz frito con pollo” ésta no está siempre disponible. Recuerdo que al parar en los pueblos montañosos del norte, en un restaurante había bandejas con diferentes insectos para elegir, entre ellos larvas, grillos, cucarachas y escorpiones. Pero el gran sobresalto me lo llevé cuando cerca de la frontera con China vi a una señora quitándole la piel a una rata junto a un balde. Sin poder creer lo que mis ojos estaban viendo, me le acerqué y miré dentro de éste. Me fui espantado, había más de diez ratas en el balde.

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Tras una breve parada en Luang Prabang y Vang Vieng, llegué a la capital del país, Vientiane. Allí cálidamente me recibió Renaud un francés de 30 años que desde hace más de dos está construyendo su propia empresa: “Spirulinea”, una compañía que consiste en el cultivo y exportación de ésta alga. Me resultó un tipo inteligente y emprendedor, porque pese a todos los percances u obstáculos que se le presentan lo está consiguiendo. Afortunadamente, a través de Renaud pude presentarle mi proyecto al gerente de marketing de una importante empresa laosiana, solicitándole un sponsor. Pero él me contestó: “la política de marketing de la empresa no encaja con proyectos personales como el tuyo”. “Toda una respuesta diplomática” pensé, que ya he escuchado en varias ocasiones. Parecería que todos ellos han estudiado en la misma escuela.

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Mi recorrido por el resto del país fue fácil, la ruta fue casi siempre plana y a menudo encontraba pensiones para dormir, cuando no, acampaba. El laosiano nunca me incomodó, ni siquiera un grupo de niños que cazaban murciélagos cerca de mi carpa. De ésta manera atravesé las ciudades Thakhek, Savannakhet y Pakse, que descansan sobre el río Mekong. Pero también visité lugares recónditos, como la caverna Kong Lor de 7 km navegables o la isla de Don Daeng. También las 4.000 islas, otro de los lugares TOP para visitar en Laos, que por más que esté lleno de viajeros excitados, el lugar merece la pena.

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Finalmente en ruta hacia la frontera con Camboya me detengo en un restaurante, el lugar es muy pobre y lo atiende una señora que según me explicó tenía 12 hijos. “Es común que en el interior las familias tengan una docena de hijos”, me había dicho un laosiano. Mientras espero la comida, una chica de no más de 15 o 16 años me sirve agua y se sienta a mi lado, curiosa pero a su vez coqueteándome. Luego su madre al traerme la comida mediante señas me la ofrece, para que me la lleve. La chica es tímida pero espera una respuesta. En ese momento creo sentir que ella realmente desea que un extraño llegue y se la lleve, lejos. Pero me hago el tonto y no contesto; me quedo en silencio y no la miro más, aunque ella no me quita los ojos de encima. Luego pido la cuenta y la señora al cobrarme me la ofrece de nuevo. Entonces sin querer desilusionar a la chica, miro a ambas y les señalo mi bicicleta. Y fue suficiente porque ambas sonrieron y me dejaron ir, en paz.

Si deseas conocer más acerca de mi viaje, consigue el Documental: Pedaleando el Globo