Norte de Djibouti

Con el propósito de conocer Des Sables Blancs, según los comentarios es la playa más bonita del país, tomé un barco en el puerto de Djibouti para cruzar del otro lado del golfo, muy cerca de Tadjoura. El viaje demoró una hora, pero si hubiese ido por tierra habrían sido tres días.

La playa está situada en medio de montañas, en un zona árida. El lugar fue construido con la mínima e indispensable estructura para recibir turistas o residentes franceses de la capital, especialmente los fines de semana. Allí pude nadar, hacer snorkel y descansar toda la tarde. Me vino muy bien tras mis días agitados en la ciudad.

El parador fue instalado en el medio del desierto y el precio a pagar por la excursión, que no es barata para los djiboutianos, incluye una noche en tradicionales camas de hilo sobre la playa.
Éramos como cincuenta o sesenta personas que nos esparcimos en la orilla del mar para dormir a la intemperie del desierto, bajo un cielo profundo y repleto de estrellas, algo que nunca olvidaré.

El camino desde Tadjoura hasta la frontera fue más difícil y peligroso de lo que imaginaba.
Los primeros 75 Km. los recorrí por una ruta entre montañas y con muchas piedras que dificultaron el pedaleo. Recuerdo las advertencias de Thierry Massida: “¡Tené cuidado!, no te alejes del camino, ni siquiera para descansar bajo la sombra. Todavía existen muchas minas de la época de la guerra civil que disputaron los Afar y los Somalis, tras la independencia por la toma del poder”. Días después, supe que en esa zona, en 1999, más de cincuenta personas perdieron una pierna o murieron a causa de las minas.

Sobre el mediodía encontré unas personas en el camino. Eran Afar y me invitaron a descansar en su casa. Vivían bajo un árbol, uno de los pocos que había en toda la región. Hacía mucho calor, por eso dejé la bicicleta al cuidado de ellos y caminé un Km. hasta el mar para refrescarme. A mi retorno, me ofrecieron arroz que habían cocinado y hasta me habían preparado un lugar para acostarme bajo la sombra.

Me contaron que la pesca era lo único que les permitía una fuente de ingreso, con la cual compraban agua, arroz y algún otro alimento. Por esta razón, caminaban periódicamente hasta el pueblo, llevando sus camellos para transportar las mercaderías porque, según la tradición Afar, a los camellos no se los monta.

Llegué a Obock casi de noche, comí una buena pasta y busqué un lugar para dormir. Obock es una pequeña villa; para Djibouti, la tercera ciudad más grande del país. Aquí no hay hotel, su población es musulmana y, como en gran parte del país, hablan en afar, en árabe o en francés.

Por consejo de algunos, me dirigí a la comisaría para pasar la noche, pero luego me arrepentí. Los policías resultaron soberbios: enseguida mandaron de vuelta a quienes me habían acompañado, me revisaron la bicicleta, me controlaron el pasaporte y me preguntaron en muy mal modo de dónde venía, hacia dónde iba y qué estaba haciendo allí. No nos entendíamos. Para colmo, cometí el error de presentarme en inglés. Eso no hizo más que fastidiarlos porque yo no hablaba francés. Me hicieron escribir mis datos personales en una hoja, incluyendo el nombre de mi madre, dirección, teléfono y demás información. ¡Maldición! Sólo les pedí un lugar para dormir.

La conversación se puso tensa y comencé a exaltarme. Les contestaba en español y de mala gana. Me salvó el comisario, quien se presentó para decirme que podía quedarme. Aunque ya no lo deseaba, me quedé. Haberme ido en ese momento hubiese complicado aún más la situación.

Al final, me dieron un cuarto donde no corría aire y con muchos mosquitos, por eso les pregunté si podía dormir a la intemperie, pero me miraron con mala cara. Al observar esta antipatía, me resigné, lo mejor que podía hacer era acostarme.

Perdido en el desierto de Danakil

Dejé Obock tan rápido como pude, me levanté con el amanecer y me dirigí hacia el norte. Consulté con varias personas acerca de la dirección de Khor Angar, pero algunos se daban media vuelta y no me contestaban.

Tomé el camino principal que dejaba el pueblo, pero enseguida me invadieron las dudas porque éste comenzó a subdividirse. Por lógica elegía siempre la opción de la derecha, imaginaba que bordeando el mar llegaría a mi destino.

A media mañana comencé a ver sobre mi izquierda una densa vegetación y, pensando que era la que orillaba a un lago, seguí adelante. Tras un largo rato me topé con un ancho brazo de mar y no pude atravesarlo. Allí encontré a un pescador que, por medio de señas, me marcaba que tenía que regresar. Sin querer aceptar la realidad, insistí para atravesar a la otra margen. Pero el hombre, que no tenía mucha paciencia, me indicó con su mano la dirección de donde yo provenía y luego se fue.

Eran las 11 de la mañana y el calor comenzaba a ser sofocante. Enojado conmigo mismo y sin perder mucho tiempo, comencé a pedalear. Ya había bebido gran parte de los tres litros de agua que había cargado. Retrocedí varios kilómetros, bordeé el mangue que había visto inicialmente y continué por otro camino. A lo lejos, vi unos camiones que se detuvieron repentinamente. Me apuré hacia ellos para aprovechar la oportunidad para conseguir agua y buena información. Se trataban de militares franceses y me abastecieron con agua, aunque no tenían ni idea hacia dónde me dirigía. También me sacaron una foto, no podían creer que estuviese pedaleando en este lugar.

Djibouti es el lugar perfecto para fuerzas militares internacionales, por su ubicación estratégica y por ser un gran desierto. La mayoría de dichas fuerzas tiene como base un campamento en las zonas más afastadas del país, donde los soldados viven y entrenan para situaciones extremas. En varias situaciones encontré los restos de misiles. Pero lo que me llamó mucho la atención y me dio un poco de gracia fue cuando encontré a unos militares alemanes que por no tener campamento estaban hospedados en el Sheraton.

El último trecho hasta Khor Angar fue desesperante: el calor era infernal, la bicicleta se enterraba constantemente y tenía que esforzarme una y otra vez arrastrando sus 60 kilos. El camino se dividía decenas de veces y había trechos de arena cada 200 metros. Ya no tenía fuerzas, necesitaba parar y descansar bajo una sombra, pero ni siquiera había un arbolito. El velocímetro indicaba que me había pasado más de 20 Km., pero en la mañana había errado el camino y, según mis cálculos, debía estar por llegar, aunque no estaba muy seguro, atras había dejado unas montañas y otra bifurcación del camino que se dirigía entre ellas hacia el mar.

Por momentos, creía ver brazos de mar en mi camino, pero al avanzar me daba cuenta de que no existían. Deseaba darme un chapuzón, pero la playa estaba a 2 Km. o más, y en la distancia que me separaba de ella existía mucha arena. Al rato me detuve, necesitaba comer algo. Utilice la sombra de la bicicleta y comí unas frutas secas y unos maníes que llevaba conmigo, también bebí la última agua que me quedaba.

De nuevo en la ruta, me topé con una típica casa Afar y me detuve allí. Pensé que no había nadie, pero enseguida salieron tres mujeres y un hombre invitándome a pasar. Desde lejos les pregunté: “¡Khor Angar, Khor Angar!” Y una de las mujeres me hizo una seña hacia adelante. Me puse contento, ese gesto me indicaba que estaba en camino.

“Kilómetros, kilómetros”, les grité nuevamente y mientras se acercaban la misma mujer hablando en un francés quebrado me dice una palabra parecida a dix, por lo que imagine que eran diez. Luego insistió otra vez para que pasara a su casa, pero no quería demorarme más, sólo quería llegar.

Finalmente llegué a Khor Angar pasadas las 14:00, mi velocímetro marcaba 7:15 y 75 Km., aunque en mi mapa eran sólo 45. Estaba exhausto y acaloradísimo, no podía ni hablar. Me refugié bajo el techo de la escuela, la única construcción de material que existía en el lugar. Luego se me acercó una chica de trece o catorce años con una jarra de agua que quemaba, era imposible beberla. Era obvio que la había extraído minutos antes de los bidones que reposan bajo el sol. “Por favor, traeme agua de tu casa”, le dije a un chico que llegó junto a ella.

Khor Anghar - Djibouti

Khor Angar es un pueblo fantasma ubicado en el medio del desierto. Aquí no viven más de treinta familias, que subsisten gracias a la ayuda militar Somali, quienes periódicamente arriban con grandes camiones abasteciéndolas con agua. La gente del pueblo era amigable. Tras ver mi estado, enseguida me ofrecieron pasar la noche si así lo deseaba. Fue bueno porque me sentía afiebrado y lo que menos pensaba era seguir pedaleando durante la tarde.

Descansé un largo rato con paños húmedos en la cabeza y luego me repuse con dos platos de comida que me ofrecieron las personas del lugar. Más tarde por suerte chequeé la bicicleta. Pero que macana!!! tenia el portaequipaje trasero partido. El mismo que había cambiado en Nairobi, el que mi hermano me había mandado desde Argentina. El primero también se había partido de la misma forma, justamente el orificio del tornillo que lo prende a la bicicleta, algo muy difícil de reparar. Pero igual que en Mozambique, para salir del apuro le puse un par de arandelas y lo amarré con pedazos de cámara de la bici. “Ojalá resista”.

Con el anochecer, la gente me trajo comida nuevamente, y un colchón que tiré en la galería de la escuela. También utilicé mi bolsa de dormir para cubrirme, porque el desierto por la noche no es nada parecido al calor del día.

Deje Khor Angar con el amanecer, me faltaban sólo 30 Km. hasta la frontera y quería llegar temprano, ya no deseaba más percances. Finalmente, pedaleando a Moulhoule recapacité sobre mi camino recorrido.

Ahora entiendo por qué quienes viajan por África cruzan desde Etiopia para Sudan, prefiriendo obviar esta parte del continente. Más de uno me lo había advertido, pero quería conocer Djibouti y aún quiero conocer Eritrea, aunque reconozco que venir en bicicleta a estos lugares y pedalear solo es una verdadera locura.

Por eso, si tengo que resumir en unas palabras esta parte del viaje sólo se me ocurre una y en letras mayúsculas: ¡DESIERTO!

Si deseas conocer más acerca de mi viaje, consigue el Documental: Pedaleando el Globo