Km 137.610

Es domingo, y estamos camino a la frontera con Haití, atravesando una zona remota del interior de República Dominicana. La provincia de Santiago Rodríguez tiene pequeñas poblaciones, donde hay muy pocas cosas para hacer. El terreno es montañoso, la vegetación es semidesértica y no hay turismo, excepto nosotros que nos dirigimos a Dajabón. A media mañana, con pocos km recorridos, somos testigos de un acontecimiento popular. No sabemos que es, por ello nos detenemos y voy a investigar, mientras Fernando se queda cuidando la bicicletas. El pueblo entero parece estar allí. Son como ciento cinquenta personas, en su mayoría hombres que están reunidos bajo un rancho, que gritan y se desafían.

gallosAl acercarme noto que casi todos tienen un gallo entre sus brazos, que acarician primero y luego lo embolsan para pesarlo. Luego viene el momento de arreglar las peleas. Los gallos se miden en el suelo, enfrentados. Más de uno muestra miedo y quiere escapar. Pero sus dueños no lo permiten, le buscan otro rival. En otro sector está quien se encarga de colocar aguijones en las patas de los gallos para que puedan herir a su rival fácilmente. “Jugos, empanadas” gritan al lado de la mesa de dados. El lugar entero es una timba.

La gallera abre sus puertas. Estoy agitado, es la primera vez que me encuentro en una riña de gallos. Por ser extranjeros no nos cobran la entrada, que cuesta lo que vale un almuerzo. El lugar se llena, se hacen las apuestas, “me juego el dinero de una semana” me dice quien está a mi lado. Los gallos son puestos en la arena, se miden nuevamente y comienza el combate. También los gritos y nerviosismo de los dueños de los gallos y de los que apuestan. Los más chicos y abuelos también son parte de esa embriaguez. Las peleas duran 12 minutos, o hasta que uno de los gallos muera, me explica uno. Los gallos se picotean, se empujan, toman envión con sus alas y se atacan con las patas.

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La tercera pelea que ví, tuvo un final inesperado, al mejor estilo Rocky Balboa: tras varios minutos el combate se hizo sangriento, aumentaron las apuestas junto al desespero de los dueños de los gallos. El gallo que más sangre echaba solo retrocedía, era un final cantado, su rival no le daba respiro. Pero cuando nadie lo esperaba el gallo que se creía ganador es alcanzado por el aguijón de su rival y muere en el acto. El dueño del gallo ganador, un chico de 15 años festeja de manera eufórica: ingresa a la arena y comienza a dar saltos, a los gritos, arrebatando sus brazos como si de boxeo se tratase. También festejan de manera eufórica sus amigos y los espectadores que ganaron sus apuestas.

Según me explicaron, un gallo de riña está maduro para pelear después de un año y medio, cuando ha vivido 3 veces más de lo que suele vivir un gallo de corral, que tiene como fin el consumo humano. Si sobrevive a la pelea, el gallo de riña se recupera en dos semanas y enseguida podría volver a la arena, de no  pelear podría vivir hasta 10 años. Esto no es muy diferente a lo que sucede con los toros de lidia en países donde existen espectáculos taurinos.

Llegamos a República Dominicana tras 12 horas de ferry, desde San Juan de Puerto Rico. Por medio de un amigo del colegio, contacté con Juan, un ingeniero civil que tras vivir 10 años en España, regresó a su país para ejercer su profesión junto a su amigo de facultad, Carlos, también ingeniero, pero industrial. Juan nos recibió en su casa por varios días, donde pudimos diagramar nuestro recorrido por el país y Carlos nos gestionó algunos contactos para que nos reciban en la frontera con Haití. Y vaya fuerza la de mi destino, que me trajo aquí justo cuando ambos tipos se encontraban lanzando Raassolar, una compañía que elabora proyectos de energía solar. Tras un par de charlas, Carlos decidió patrocinarme durante mi paso por la isla, solo por el hecho de querer ser parte de este proyecto, “porque no contamina y porque te mueves con energía limpia, como la propulsión humana”, me dijo.

Durante dos semanas Fernando y yo recorrimos gran parte del país. Desde Santo Domingo pedaleamos hacia Punta Cana, la zona turística de excelencia por sus interminables playas de arena blanca y su óptima infraestructura hotelera. Aislada del escenario local, esta región apunta hacia una clientela de mayor poder adquisitivo aunque cuenta con el Bávaro Hostel, un lugar alternativo para viajeros independientes. Su dueña Gill, al conocer acerca de mi viaje, nos brindó un pequeño depto en el hostel de cortesía por un par de días, en los que pudimos descansar y explorar la zona.

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Siguiendo hacia el noroeste del país llegamos a Sabana de la Mar, donde un ferry nos transportó hasta Samaná. En condiciones normales el viaje dura un poco más de una hora, pero en nuestro caso cuatro, porque el barco fue sobrecargado y a mitad de camino el motor dejó de funcionar. Quedar varado en el medio del mar no es una experiencia grata, principalmente si este se mueve como una silla tambaleante y hay gente descompuesta. Era la quinta vez en el mar del Caribe que la pasaba mal y al igual que otras veces desee nunca haber venido.

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En dirección a Haití, el viaje siguió hacia el oeste, pasamos por las Terrenas, Cabarete, Puerto Plata, Santiago Rodríguez y Dajabón. Conocimos km de playas con buena infraestructura hotelera y un mar turquesa, pero también poblaciones del interior que nos mostraron una cruda realidad.

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Según me explicó Marcos, un dominicano con el que me detuve a charlar un buen rato, el gran flujo migratorio de personas de Haití hacia la República Dominicana es uno de los principales problemas del país y por ello existe un cierto rechazo hacia los haitianos, porque son relacionados con la extrema pobreza, la violencia y el desempleo.

Durante mi paso por el país, en la ciudad de Moca, la muerte de un joven estudiante supuestamente en manos de haitianos desató la ira de los dominicanos, desalojando a la fuerza, con palos y machetes, a cientos de haitianos que vivían en la ciudad.

“Al igual que nuestros vecinos más cercanos del Caribe, el dominicano es una mezcla de culturas colonizadoras, esclavos africanos e indígenas nativos, aunque estos últimos fueron en gran parte exterminados,” me decía Marcos. “Esta composición ha creado una sociedad acomplejada, una identidad mal definida. Los dominicanos en general nos consideramos descendientes de los españoles y nos creemos el mito de la superioridad de la raza blanca mientras rechazamos los nexos con Haití, menospreciando a nuestra cultura afroamericana que vemos con inferioridad intelectual. Lamentablemente el racismo es una herida que aún no ha cicatrizado en nuestro país.

A mi regreso a Santo Domingo, antes de partir para Cuba, presencié como un joven desde un auto, sin razón alguna, le tiró un puñetazo a otro joven que pasaba caminando. El tipo que iba a mi lado y que también vio la escena, al verme desconcertado, me dijo: “porque es negro, o haitiano que es igual”.

Muchas gracias a los dominicanos y argentinos que nos recibieron de brazos abiertos en sus casas, y a Rafael de planetabike, por ponerme en condiciones la bicicleta.

Si deseas conocer más acerca de mi viaje, consigue el Documental: Pedaleando el Globo