Hacia el sur de Tailandia- Km 90.340

01acampandoenunwatEntré a Tailandia desde Camboya, y me tomó tres días llegar a Bangkok. Desde la frontera hasta la capital atravesé una región seca, con algunas colinas; una zona desfavorable para la agricultura y poco poblada. Por ello durante el día tuve trayectos largos a pedalear, atravesando la nada. Había pocos lugares para abastecerme y hacía mucho calor. En las noches paraba en templos donde los monjes me brindaban un lugar para acampar y para asearme. También provisiones y algunos hasta donaciones para que siga viaje.

Al inicio del año 2010 llegué a Bangkok por primera vez y allí me quedé casi un mes. Aquella vez visité templos, centros comerciales y la famosa China Town, también conocí la vida fluvial urbana y hasta hice un curso de masajes. Ahora, un año después tras 14.000 km pedaleados en el sudeste y norte de Asia regresé a Bangkok, y aunque esta vez no me interesé en recorrer la ciudad me detuve nuevamente para realizar otro curso de masajes.

Según mi maestro, el origen del masaje Tailandés se remonta a la India y a 2.500 años atrás. Se cree que su fundador era un médico del entorno directo de Buda, que inclusive es mencionado en las escrituras del Budismo Theravada. Los conocimientos de ésta medicina se transmitieron oralmente y llegaron a Tailandia por monjes budistas hacia los siglos II – III a.C. Luego tal práctica se vio influenciada por conceptos chinos de acupuntura y digito-puntura y por otras técnicas de la medicina tradicional del sudeste asiático. Hasta el siglo XIX, el Masaje Tailandés también conocido como la medicina tradicional tailandesa, se solía recibir en los Wats o templos budistas y se los consideraba una práctica sagrada porque era allí donde los tailandeses se libraban de sus sufrimientos, tanto físicos como emocionales.

02enelcursodemasaje2Al igual que el primero, mi segundo curso de masajes tailandés lo realicé en la escuela de Wat Po, la más antigua del país, inaugurada en 1955 en el templo que lleva su nombre, el más grande de Bangkok y uno de los lugares más venerados del país. Aprobada por el Ministerio de Educación Tailandés, la escuela de Wat Po enseña la técnica que envuelve presiones y estiramientos. Las presiones se realizan con los dedos, las manos, los pies, los codos o las rodillas y siguen las líneas energéticas del cuerpo. Los estiramientos permiten recuperar flexibilidad y alcanzar una relajación muy profunda. El masaje se aplica a todo el cuerpo, desde los dedos de los pies hasta el cráneo y su función se concentra en eliminar toxinas y liberar el flujo vital de energía, ofreciendo al paciente una sensación de paz tanto en su cuerpo como en su mente.

A diferencia de otras técnicas de masajes, el estilo tailandés es llevado a cabo en el piso y el cliente usa ropa confortable que le permite moverse.

En los últimos años aumentó la aceptación de la medicina tradicional tailandesa no solo por los mismos tailandeses sino también por parte de los extranjeros. Y aunque las técnicas de medicina avanzan considerablemente y se construyen muchos hospitales modernos, el Masaje Tradicional Tailandés no deja de practicarse.

Hacia el sur

Dejé Bangkok rumbo al sur, pedaleando con una mano y con la otra sujetando mi teléfono “navigator” que mi sponsor kuwaití me regaló tiempo atrás. Después de China, donde éste me salvo la vida, el “navigator” se volvió un elemento fundamental de mi viaje. Desde entonces le cargo los mapas de los países a atravesar. La tecnología comienza a fascinarme. Recuerdo un año atrás las vueltas que di para dejar Bangkok. Ésta vez lo hice como quien conocía la ciudad y entre semejante caos me sentía como en casa.

Mi primera parada fue Samut Songkhram, desde donde visité el mercado flotante de Damnoen Saduak, una de las principales atracciones turísticas cercanas a Bangkok. Llegué muy temprano en la mañana, cuando todavía no había turistas, cuando las primeras barcas comenzaron a llegar. Son pequeñas canoas de madera que transportan frutas, vegetales y todo tipo de comida que recuerdan la forma de vida tradicional tailandesa. Las mujeres locales usan sus característicos sombreros de paja y reman por el principal canal ofreciendo sus productos. Pero al rato llegaron docenas de micros con turistas y con ellos casi una centena de canoas que vendían sourvenirs u ofrecían paseos alrededor. Entonces el lugar se volvió caótico, pero también colorido y divertido. Con embotellamiento de canoas incluido.

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Mi camino siguió hacia la ciudad de Chumphon por varios días, atravesando las provincias Petchaburi, Prachuap Khiri Khan y Chumphon. A veces por la autopista y sino por rutas secundarias que se entrelazan en un área de verde intenso, entre infinidades de palmeras y sus canales de riego. En las zonas no turísticas del país no hay mucho que ver; el interior del país está casi todo copado con plantaciones de caucho, las playas no son tan bonitas y en las pequeñas ciudades las actividades principales son el comercio y la pesca. Pero su gente es mucho más servicial y desinteresada que en los lugares turísticos.

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Desde la Isla Tao, tomé un barco a la isla Panghan. Por estar con la bici llegué dos horas antes y fui el primero en comprar el pasaje. También hablé con la gente de su compañía advirtiéndolos acerca de mi bicicleta. Pero a la hora del embarque, ninguno me pensó y me mandaron a esperar, y entre los 150 turistas fui casi el último en caminar por el muelle hacia el barco. Cuando llego a éste noto que sería imposible subir mi bici con todo su equipaje en una pieza, como esperaba, por lo que comienzo a desmontar las alforjas tan rápido como puedo. Pero los empleados del barco se molestaron, estaban apurados y quisieron irse. Entonces me puse loco y como loco subí toda las cosas, nervioso y furioso. Al llegar fui uno de los primeros en bajar y mientras montaba mi bicicleta los empleados comenzaron a arrojar los bolsos al muelle, pero uno de ellos, lo hacía con demasiada fuerza, apuntándomelos. Los turistas se quejaban pero nadie decía nada. Yo no me pude callar, todavía estaba furioso por el embarque y por ello increpé al que me apuntaba. El tipo no hablaba inglés pero bastó mi enojo para amenazarlo. Luego continué montando mi bicicleta, a 5 metros del barco, porque no me corrí, simplemente porque no quise. Y de repente otro bolso me pegó en la pierna, entonces me exalté más aún pero un turista italiano me llamó a entrar en razón mientras miraba al empleado desafiándolo y esperando otro bolsazo para agarrarlo del cogote. Y fue suficiente, porque pese a que el tipo siguió tirando los bolsos como si fuesen bolsas de papas, éstos ya no me pegaron más.

Historias de malos tratos y malos servicios se repitieron a lo largo de mi recorrido turístico por Tailandia. También me cansé de escucharlas, como la de aquellos turistas que viajaban de van y que no fueron llevados a destino, sino dejados en las afueras de la ciudad. O peor aún, como unas chicas me contaron, que fueron amenazadas a guardar silencio durante el viaje o no llegarían a tomar el avión. Tailandia me pareció el peor país del sudeste asiático en cuanto al trato que dan al mochilero en lugares turísticos. Tampoco falta el piola que quiere cobrarte 3 veces lo que vale algo. Y es una pena, porque algunos lugares podrían llegar a ser un verdadero paraíso. Porque el país está lleno de lugares impresionantes, como Koh Chang, Koh Phangan y Koh Lanta o los alrededores de Krabi o de Phuket. Playas agrestes y solitarias, casi infinitas, de arena blanca, con incontables palmeras y el mar que varía de color verde esmeralda a turquesa. Como en pocos lugares del mundo. Tailandia es un país de una belleza única.

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Mi recorrido hacia Malasia se extendió por más de 1300 km, que me tomaron más de 3 semanas. También recorrí las provincias de Trang y Satun, donde casi no hay turismo. Allí los hombres visten la tradicional ropa musulmana, las mujeres se cubren la cabeza y las mezquitas aparecen por todos lados. El sur parece otro país, sus playas ya no son tan espectaculares y la hospitalidad de la gente sobresale, como en todo país musulmán.

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