A nuestra llegada a Varanasi pasamos como 3 horas buscando un hotel para alojarnos; si bien la ciudad está llena de alojamientos baratos no todos albergan turistas extranjeros y se muestran seguros. Algunos tienen cuartos formato caja, sin ventanas y con baños compartidos demasiados sucios.

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Una vez instalados nos interesamos en recorrer la ciudad, que se cree que tiene más de 3.000 años de antigüedad. De acuerdo a la leyenda, Varanasi es la ciudad preferida del Dios Shiva que ayudó a bajar del cielo a la tierra a la Diosa Ganga (versión mítica del río Ganges) absorbiendo el impacto de la gran cascada. De esta manera el Ganges cayó sobre la espesa cabellera de Shiva que al retorcer un mechón de su pelo el río comenzó a caer suavemente. A Él está dedicado el templo dorado, el más popular de la ciudad, inaccesible a los no hindúes. También se cree que Varanasi en el período védico fue un importante centro religioso dedicado al Dios del Sol, Surya.

En la actualidad Varanasi es considerada para los hindúes una de las principales ciudades de peregrinación, que de acuerdo a la tradición se debe visitar al menos una vez en la vida. Situada a orillas del río Ganges, peregrinos de todo el país vienen a bañarse para purificar sus pecados, o para pasar sus últimos días en la ciudad santa porque se cree que todo aquel que muere en Varanasi queda liberado del ciclo de reencarnaciones. De esta manera la ciudad se ha convertido en el destino de enfermos y ancianos, que en diferentes residencias esperan que les llegue su hora.

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Por momentos tuve la sensación que si hay un lugar en el mundo que represente como la vida y la muerte no son mas que momentos transitorios de un mismo camino, es éste.

Durante los días siguientes deambulamos entre los Ghats (nombre que reciben las escaleras que descienden hasta el río), como buscando algo, pero en realidad Varanasi no esconde nada, lo muestra todo. Los ghats de Mani Karnika y Harischandra son los crematorios principales, donde suelen quemarse más de 100 cuerpos por día en cada uno. Según nos explicaron son necesarios 60 kilos de madera para la cremación de un cadáver, que es transportado en una camilla de bambú por sus familiares desde cualquier lugar de la ciudad; a veces en camioneta, en moto o hasta en bicicleta pidiendo paso con diligencia, tocando bocina o a los gritos. Luego, el último trecho lo hacen a pie, o mejor dicho “al trote”. De esta manera, envuelto en una sabana blanca portan al cadáver a orillas del río, donde se lo moja y se lo cubre con la madera para que un sacerdote dirija la oración mientras los familiares y amigos se despiden sin dar muestras de dolor. Los presentes no suelen llorar ni tampoco se lamentan, sólo contemplan esperando que el cuerpo se convierta en cenizas (3 horas) y que el alma viaje hacia el más allá.

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Durante nuestra estadía en la ciudad cada acontecimiento me llamaba a la reflexión. Todavía tengo la imagen grabada en mi mente, cuando caminando en la oscuridad de sus estrechas calles, vi a un viejo sadhu sentado en el piso comiendo; pero que al acercársele una vaca decide compartir su pequeño plato de comida con el animal, dándole de comer en la boca. Tuve que detenerme para poder confirmarlo, me costaba creer lo que estaba viendo.

Los sadhus o santones son aquellas personas que visten con túnicas naranjas y que han renunciado a la vida material. Andan sin rumbo fijo, viven sin familia y sin más bienes de los que llevan encima. Viven de la limosna y duermen en cualquier sitio. La meta de un sadhu avanzado es llegar a dominar el funcionamiento del cuerpo para que les ayude a progresar espiritualmente, por ello tratan de dominar los deseos carnales, controlar los sentidos y canalizar su energía a voluntad. Según me dijeron todavía hay muchos que viven en las alturas del Himalaya, siguiendo el ejemplo del Dios Shiva. Allí se encuentran maestros que imparten la sabiduría de su experiencia a sus discípulos enseñándoles meditación, yoga, medicina naturista y otras prácticas físico-espirituales. Fue precisamente un sadhu de estos que inspiró al príncipe Siddartha a abandonar su palacio para luego convertirse en Buda, 2500 años atrás.

06babajiPero como en todas las cosas, los hay buenos y otros que no lo son. Según me explicaron algunos son santos de verdad y su misión consiste en guiar a la gente en la vía de la religión. Otros son aprovechadores que se han puesto esa indumentaria para comer gratis y están ocupados en prácticas poco espirituales, como el consumo de drogas o alcohol. También, debido a que muchos de los santones no tienen domicilio ni documentos, se cree que algunos fugitivos de la ley se aprovechan y se convierten. Una clase completamente diferente de los verdaderos sadhus se encuentra en los lugares turísticos que por su apariencia exótica posan para fotos pidiendo dinero a cambio. Algunos son unos personajes, como el caso de Babaji que estaba hospedado en nuestro hotel y quien muy a menudo se sentaba en la mesa a comer con nosotros. Babaji estaba totalmente enamorado, llevaba más de seis meses conviviendo con su novia alemana aunque según nos contaba ella le daba mucho dolor de cabeza. Nos pareció como un chico y realmente no muy “espiritual”.

Durante los días siguientes nos levantamos bien temprano y contratamos un paseo de barco. Nos resultó como si estuviésemos en un teatro, en primera fila. Pasear en el Ganges durante el amanecer es un verdadero espectáculo y asegurado. Cuando sale el sol se pueden ver a hombres y mujeres realizando sus baños purificadores en el río a la vez que rinden tributo a Surya, el Dios del Sol. Algunas personas mediante rituales son iniciadas en el camino espiritual y otras meditan, mientras que otros lavan sus ropas o simplemente se lavan; jabón y champú incluidos. Pero de repente y por un rato el espectáculo se paraliza porque nos acosan los vendedores en bote, o porque simplemente nos cruzamos con un búfalo que flota como un globo, como quien busca también limpiar sus pecados. Y entonces una vez más recuerdo el slogan del Ministerio de Turismo, “Incredible India”.

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En nuestro último día en Varanasi mi hermano y Clara compraron una torta de chocolate y por ello festejamos mi cumpleaños número 36, el noveno durante el viaje. Al día siguiente Clara y yo partimos para Nepal a las apuradas, porque a ella se le vencía la visa y a diferencia de cualquier otro país asiático, India no la extiende. Pero estábamos contentos, porque dejábamos el país y se venía Nepal, aunque yo luego volvería, pero ya no acompañado, para adentrarme en la última parte de India.