Km 132.933

En ruta - Venezuela

Al ingresar al país el oficial de turno que no superaba los 20 años revisó una de mis alforjas de forma minuciosa, incluso la comida que llevaba. Me preguntaba si tenía dólares y si llevaba droga, aunque el problema fronterizo de Venezuela no es lo que entra, sino lo que sale del país.

Corría el mes de agosto y en aquellos días el Presidente Venezolano Nicolás Maduro había determinado el cierre fronterizo nocturno con Colombia para la lucha contra el contrabando. Según las noticias en lo que iba del año 2014 ya se habían incautado 21 mil toneladas de alimentos, que superaba lo incautado durante todo el 2013 y que sirve para alimentar a 700 mil personas durante un mes. También se había superado en 500% la incautación de combustible respecto al mismo año: 40 millones de litros de gasolina.

Entré a Venezuela por una de las zonas más pobres del país: la Guajira, donde todo es un inmenso matorral semidesértico con temperaturas que pueden superar los 45ºC. Al igual que en Colombia en esta zona escasea el agua, por ello los camiones para abastecer a la población llegan cada 4 días. Los valientes que habitan la zona son los wayú, el pueblo indígena más numeroso de Venezuela que se caracteriza por conducir autos clásicos americanos de 8 cilindros de los años 70. Hasta Maracaibo son los vehículos que prevalecen y que circulan como si fuesen autos de carrera por una ruta en mal estado y que no tiene acotamiento, arriesgando la vida de cualquier ciclista.

Sobre el mediodía me detuve en un puesto de comida, donde conocí a Carlos que ejercía el negocio de contrabando. Según me contó, todos los días hacía uno o dos viajes entre la ciudad capital del estado Zulia y un pueblo vecino a la frontera donde descargaba 160 litros de gasolina. “El contrabando es una de las causas principales de la escasez y el desabastecimiento que vive el país, pero este no se lleva a cabo por las rutas principales sino por cientos de caminos secundarios que existen entre ambas fronteras, previo pago de coima a los funcionarios que custodian el territorio limítrofe”, me dijo.

Trochas - Venezuela

Durante aquellos días, cuatrocientos accesos ilegales, conocidos como trochas, fueron identificados en un tramo de 350 kilómetros de la frontera colombo-venezolana que se extiende por más de 2000 km. El país Bolivariano, que cuenta con las mayores reservas petroleras, tiene la gasolina más barata del mundo. Al momento de mi visita llenar el tanque de un automóvil costaba 3,5 bolívares. ¿Y qué cuesta 3,5 Bs. en Venezuela? Un caramelo. Según el cambio del dólar paralelo, con 1 usd se llenaba el tanque de un auto promedio, 23 veces.

Mi primera parada fue en San Rafael de El Moján, donde me alojé en el hotel más barato, a 2,5 USD el cuarto, o el equivalente a 57 caramelos o tanques de gasolina, que es igual. El hotel estaba totalmente vacío, ni siquiera un empleado vivía allí, lo atendía el vecino. Pero al menos estaba custodiado por 3 perros raquíticos y salvajes que bien atados apenas me daban paso para ingresar. Queriendo ser amigable, en la noche preparé mi cena y la compartí con los perros, pero no hubo caso. Mi cuarto era amplio y tenía aire acondicionado pero no se podía regular, o me congelaba o moría de calor. No había intermedio. También tenía baño privado y una cama matrimonial, aunque no había agua ni sábanas. Aquella noche no dormí bien, por ello cuando al mediodía llegué a Maracaibo pensé en instalarme en otro hotel desde temprano.

Maracaibo - Venezuela

Pero en la capital del estado de Zulia los hoteles que abundan son para tener sexo y se paga por hora. No encontré hotel que me dejase entrar antes de las 17 hs, y el que si, no me permitía hacerlo con la bicicleta. También discutí con quien me vendió un jugo de naranja y con otro tipo por poner la bicicleta en su sombra. Eran tipos toscos y rudos. Durante dos horas deambulé por un mapa, pero no tuve suerte. La ciudad me pareció caótica, sucia y desordenada; un infierno. La temperatura superaba los 40ºC., por ello volví a la ruta con ganas de avanzar y adentrarme en la montaña.

Ciudad Ojeda fue la siguiente parada. Allí me alojé en un hotel alojamiento por el equivalente a 90 caramelos. Dejé la bici y salí caminando a comprar comida, escoltado por quien ejercía de seguridad en el hotel: “es muy peligroso, por aquí roban mucho y en algunos casos matan para robar” agregó el hombre que insistió en acompañarme. Aquella noche cociné arroz con atún, un clásico de la ruta, y por fin tras 117 km me acosté, estaba destrozado. Pero antes me tocó lidiar con el aire acondicionado, era todo o nada otra vez.

En la mañana comencé a pedalear con el amanecer pero estaba desorientado y me perdí. Al pasarme tres ciclistas les pedí información pero los tipos estaban muy concentrados en su pedaleo y ni me miraron. Enfurecido, me la agarré con el último, “marica” le grité y vaya que sorpresa me llevé, funcionó. El hombre bajó la velocidad, me informó y enseguida se fue, como si en una carrera se encontrase. Maldición, estaba pedaleando en sentido contrario. Más tarde, ya en la dirección correcta volví a preguntar y me aconsejaron tomar un atajo, pero ni bien lo tomo se detiene un auto y su conductor me advierte que de seguir por allí me van a robar. “Mierda donde estoy”, me pregunté una y otra vez mientras recorrí Venezuela. En este país no hay indicaciones que marquen el camino a seguir, ni los km y tampoco mapas. Queriendo comer algo, me detuve en un puesto de frutas para comprar bananas, al pedir dos, su dueño me pregunta en tono agresivo: “que quieres que te las regale? Lo dije, la gente por aquí me resultó tosca y ruda. En la tarde, mientras pedaleaba la Via Trujillo-Zulia, me detuve en una tienda para comprar comida, parecía una celda, estaba toda enrejada. Era la única tienda que había visto en horas. El matrimonio que lo atendía estaba limpiando.

-Un paquete de arroz, por favor –les dije en tono amigable.
-Estamos cerrados –murmuró la mujer.
-Soy un viajero argentino y estoy pedaleando hacia Mérida, necesito comprar algo de comida, no puedes venderme arroz por favor? –insistí.
-No tenemos arroz –dijo el hombre.
-Bueno que sea pasta, entonces…
– Tampoco tenemos pasta –dijo la mujer.
-Bueno, lo que tengan, que me pueden vender?
-Está cerrado y el encargado no está -contestó ella. 
Preferí contar hasta 10 antes de discutir con aquel matrimonio, porque no les creí. La tienda rebalsaba de mercadería y en una zona asolada como tal no es posible que exista un encargado. Aquella noche me negaron un lugar para acampar cuatro veces, y por ello no tuve más remedio que seguir pedaleando en la oscuridad, aunque hacerlo en este país es estúpido, no solo por la violencia que hay sino por como conducen. Al final me encomendé al cielo y me aferré al mantra que siempre me acompaña.

Al llegar al cruce de Agua Viva, ya con 132 km recorridos, acepté el ofrecimiento de la policía: detener una camioneta y pedir que me lleven los 15 km que faltaban hasta Dividide. Por fin allí cené en un restaurante y me alojé en un hotel donde el aire acondicionado sonaba como un lavarropas. Su precio el más caro de todos, el equivalente a 157 tanques de gasolina. El cuarto estaba en el primer piso, tuve que hacer cuatro viajes para subir mi bicicleta y todo mi equipaje. Luego me tocó acostarme con ropa de invierno y frazada, porque el aire acondicionado no se podía regular y sin él el cuarto parecía un horno. Eran las 12.30 am cuando les pedí a los chicos que jugaban en la puerta de mi habitación que por favor se vayan a otro lado. Volví a la cama y agarré el libro de Prabhupada, la perfección del yoga, estaba exhausto. “Mañana será otro día”, pensé.

En la Sierra de Mérida

Camino a Mérida - Venezuela

Ya desde el estado de Trujillo el camino comenzó a elevarse y todo cambió. El clima es más fresco, el paisaje más verde, con cultivos de todo tipo y la gente simplemente diferente. Tito, Leonardo, Balmore, Henry y Goyo, fueron algunas de las personas que me acompañaron en ruta, que me abrieron la puerta de sus casas o pagaron un hotel para que yo pueda descansar.

Hospitalidad Venezolana

La Sierra Nevada de Mérida cuenta el con pico Bolívar, la montaña más alta de Venezuela, y la ruta llega a los 4200 mt. Allá arriba falta el aire, la lluvia y el viento hace más difícil el pedaleo y la baja temperatura te congela los dedos de manos y pies. Y con páramos de 3000 mt todavía siguió mi ruta hacia Bailadores y La Grita, pero allí aparecieron Armando y Richard que bien pudieron enseñarme acerca de la hospitalidad Venezolana.

En Mérida tampoco faltó gente de gran corazón como Neudi o William que me recibieron como si fuese un familiar.

Durante mi estadía en Mérida me encontré con otros viajeros, como Pablo Luna, quien estaba de regreso hacia Argentina después de haber viajado hasta Alaska en moto durante casi 3 años. También con Sergio Salinas y Seba Quiroga quienes vienen viajando a dedo desde Tijuana, México y a quienes crucé tres veces en el último año de recorrido. Ellos, como viajeros de pocos recursos, aprovecharon la Misión Milagro, un plan sanitario llevado a cabo en forma conjunta por los gobiernos de Cuba y Venezuela. Sin costo alguno Seba pasó por el dentista y se arregló 5 caries, mientras que Sergio se operó del ojo, por un problema que venía acarreando desde tiempo atrás.

Elegí viajar por Venezuela no para conocer sus playas o lugares turísticos, que a esta altura del viaje, son pocos los que me impresionan, sino para escuchar en primera persona a la gente. Al verme extranjero, algunas personas en ruta me gritaban, viva la revolución! Pero que sucedía en Venezuela antes de la revolución? Mis amigos venezolanos me lo explicaron:

“Venezuela siempre ha sido un país democrático, pero a medida que fueron avanzando las décadas del 70 y 80 el país se sumergía cada vez más en la pobreza. Auspiciadas por el FMI, las medidas sociales, políticas y económicas, impuestas por el Gobierno de Carlos Andrés Pérez, originaron en 1989 una ola de violencia conocida como el Caracazo. La deuda externa, la liberación de precios, el aumento de la gasolina, el desabastecimiento, la liberación de la tasa de cambio del bolívar y el incremento de las tarifas de servicios públicos fueron algunos de los ingredientes de una bomba popular que estallo con la bajada de los cerros y una rebelión popular que dejó cicatrices imborrables. Desbordado por los saqueos, el Gobierno declaró el toque de queda, militarizó las ciudades principales y aplastó las protestas con violencia desmesurada. Según cifras oficiales hubo miles de muertos, heridos y desaparecidos, que provocaron un fuerte descontento en el seno de las Fuerzas Armadas. En 1992, Hugo Chávez lideró como comandante militar una intentona golpista para derrocar el gobierno de Carlos Andrés Pérez. Pese a ser acogido favorablemente por parte de la población, el golpe fracasó y Chávez fue detenido y condenado a prisión. Tras ser liberado, Chávez abandonó el ejército y entró de lleno en la lucha política. En 1998 fue electo como presidente con un proyecto socialista y revolucionaro. En un principio las ideas de Chavez fueron muy buenas y muchísimos venezolanos volvimos a tener esperanza. Hubo mejoras en la educación, se erradicó el analfabetismo, aumentó la cantidad de centros ambulatorios, hospitales, y se redujo el nivel de desempleo y de extrema pobreza. Pero lamentablemente a medida que los años fueron transcurriendo los objetivos que se han planteado se han distorcionado y eso ha llevado a niveles altísimos de corrupción e ineficiencia”.

También durante mi recorrido por Venezuela he conocido a quien paga mensualmente el equivalente a 2 USD por un préstamo hipotecario, debido a que el préstamo fue adquirido al comienzo del gobierno chavista a 20 años y pese a la devaluación de la moneda local la cuota a pagar nunca ha tenido un ajuste.

Estando en casas de personas que me recibieron noté que en el baño la mayoría no tenía papel higiénico, porque no se consigue. La escasez también llega a otros productos básicos de higiene personal como jabón de tocador, desodorante, acetone, shampoo y algodón entre otros.

“El Estado en Venezuela subvenciona también muchos de los alimentos básicos, como la harina pan, el aceite o la leche”, me contaba un amigo, “pero para conseguirlos, hay que hacer largas colas, a veces de 1, 2, 3 o hasta 4 horas. Hay familias que no tienen tiempo o que no soportan las colas mientras que otras se dedican a la compra de tantos productos como pueden y a la reventa, que en la mayoría de los casos llega a 4 o 5 veces el valor del producto. Y así es con todo, hasta con la batería para un auto, aunque para ella hay que ir a hacer la cola la noche anterior. Venezuela es el país de las colas” se quejaba.

En la actualidad la escacez y el contrabando ha provocado el racionamiento por ello los supermercados piden el documento de identidad para que quede registrado que y cuantos productos uno compra; inclusive a quien lleva un paquete de avena, uno de arroz y cuatro bananas, como yo.

Seguramente si los venezolanos no se sacasen ventaja el país iría mucho mejor. Pero ellos se justifican:“tenemos que sobrevivir”.

Gracias también a todos esos venezolanos anónimos que se cruzaron en mi ruta y bien supieron extenderme una mano.

Si deseas conocer más acerca de mi viaje, consigue el Documental: Pedaleando el Globo