Llegando a la capital – Km 27.750

Desde Masawa hasta la capital hay sólo 115 Km. La ruta es asfaltada, pero para llegar allí precisé pedalear durante casi dos días.

Debido al calor del desierto, el primer día comencé pasadas las 14 horas, y antes del atardecer llegué a Gahatelay, un pequeño poblado que tiene como único hotel una choza de paja con algunas camas de hilo. Gahatelay es el último pueblo del desierto, a partir de ahí el camino se interna en las montañas. Fue difícil comunicarme con los lugareños: ellos hablan el tigrinya, el idioma oficial de Eritrea, aunque también hablan árabe por practicar la religión musulmana.

Pedalear el segundo día fue duro. Recorrí 70 kilómetros. No me dieron tregua, desde la planicie del desierto hasta los 2400 metros. Fue un ascenso constante que inicié al amanecer, tras sólo un paquete de galletas que por suerte luego fue compensado. El paisaje fue cambiando al tiempo que la temperatura disminuía. Atravesé varias poblaciones que, a diferencia de las tierras bajas, tenían cultivos y varios animales.

Tras los primeros 20 kilómetros de una inagotable subida, la que me tomó casi tres horas, llegué a Ghinda. Allí encontré un bar que poseía una licuadora. No lo podía creer, pensé que estaba soñando, llevaba más de 15.000 Km. africanos y nunca había podido saborear un licuado de bananas, con lo que me gustan. Como el dueño del bar no tenía leche ni bananas, me fui a un mercado; estaba sediento y necesitaba recuperar fuerzas, y un buen licuado era la mejor opción.

Por la tarde, a unos pocos kilómetros de Asmara me pasó algo muy feo. Atravesando un pequeño poblado me rodearon varios chicos que tendrían entre 8 y 10 años y como es costumbre por ser un blanco comenzaron a pedirme plata. Como muchas otras veces no les di importancia y seguí pedaleando, pero de repente comenzaron a agarrar piedras y a correrme gritándome give me money, give me money, amenazándome a sólo 6 o 7 metros de distancia.

No sabía que hacer, sentí bronca y un poco desespero. Comencé a pedalear más rápido mientras los miraba fijamente y les decía de todo en un tono bravo. Sólo deseaba que no me lastimasen, no sabía cómo podía reaccionar. A medida que me fui alejando comenzaron a arrojarme las piedras y aunque en vano comencé a buscar alguna persona mayor para que los calmase. Pero tuve suerte de las 10 o 12 piedras que me tiraron no acertaron ninguna y al menos me sirvió para subir más rápido otra gran ladera.

Asmara, la capital – Km 27.820

Llegué a Asmara a media tarde, estaba muy cansado y hambriento, había pedaleado más de 7 horas. Recorrí la ciudad durante otro largo rato y finalmente me hospedé en una pensión que tenía más comodidades de las que realmente necesitaba.

Asmara es una ciudad distinta del resto de las capitales africanas que visité, sus calles están prolijamente delineadas poseen un buen asfalto y todas tienen su vereda.

Fue fácil percibir la influencia italiana, en su avenida principal existen decenas de bares que en su mayoría son frecuentados por hombres de avanzada edad, la única generación entre la población que aún habla italiano. Me causaba gracia verlos entrar de a cuatro o de a cinco, con sus manos en los bolsillos, como con cierta petulancia, sentados en las mesas redondas pidiendo un capuchino con una donut. Definitivamente esto era muy distinto a lo que había visto en los otros países de África.

La población de la capital no supera el medio millón de habitantes y la mayoría son cristianos. Los musulmanes, que en el país suman el 50 % de la población, habitan principalmente la región de la costa y el borde con Sudán.

Así y todo tras el último día de Ramadán, la principal mezquita de la ciudad fue asistida por miles de personas para celebrar el Id al Fitr, una de las conmemoraciones más importantes en el calendario Islam.

Ese día me levanté temprano y, antes de las 7, estaba allí. La gente comenzó a llegar desde todas las direcciones y, en menos de una hora, la plaza que existe frente a la mezquita y sus calles estaban repletas de sus seguidores. A medida que iban llegando, se sacaban los zapatos y se sentaban sobre unas pequeñas alfombras que cada uno traía. Luego rezaron y cantaron durante casi dos horas. Para ellos era el final de Ramadán y así lo celebraban.

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Buscando sponsors

Si bien mi economía no estaba en crisis como en otros momentos de mi viaje, el final de mi recorrido por África y el inicio de mi próxima etapa, Europa, me obligaban a pensar en la necesidad de nuevos sponsors.

Pero conseguirlos en esta capital fue más difícil de lo que imaginaba: Eritrea es un país nuevo, por lo que casi no existen grandes empresas completamente privadas. De esta manera, el Estado siempre tiene una participación en las compañías o, como en muchos casos, en su totalidad.

En total habré recorrido más de 20 empresas, pero siempre me encontraba con la misma respuesta: «Sabés qué pasa pibe, esta empresa es del estado y para conseguir plata es muy difícil, aparte de burocrático. Y vos no vas a permanecer mucho tiempo en la ciudad».

Pero como si este viaje se ciñera a continuar por el buen camino, entre tanta perseverancia aparecieron aquellos que me dijeron: «Te vamos a ayudar». Como la empresa Coca Cola, que por medio de Coca Djibouti, sabía que arribaría, o William, un francés que gerencia el Hotel Intercontinental y que tiene como hobby también la bicicleta.

También me apoyó Beraki y su equipo, que desde hace unos años tienen la cadena de televisión de cable en Eritrea: DSTV. Beraki también había escuchado de mí en Kenia; el Primer Secretario de la embajada de Eritrea en Nairobi, a quien había visitado tiempo atrás, le había comentado. Y finalmente la empresa Mitchell Cotts, una importadora cuyo director es uno de los miembros del comité olímpico de Eritrea, que había viajado a Argentina para presenciar el mundial juvenil de fútbol. A todos ustedes, gracias por permitirme seguir adelante.

Permanecí en Asmara más de un mes. Visité los diarios, la tele y la radio. También utilicé la ciudad para comprar repuestos para la bici y reparar el portaequipaje trasero que, a pesar de que lo soldé en Masawa, se había vuelto a partir en el mismo lugar.

Pero lo que más tiempo me demoró fue esperar en vano las promesas de la gente de la embajada de Sudan.

Keren – Km 27.920

Queriendo dar un sosiego a la larga espera de mi visa, viajé al interior del país para conocerlo un poco más.

Keren es la tercera ciudad más grande de Eritrea, está ubicada a 100 Km. de Asmara y tiene un clima mucho más agradable que el de la capital, debido a que su altitud es de 1.000 metros menos; por eso, pedalear hasta allí fue un placer: casi 50 Km. en constante bajada.

A mi llegada me dirigí a la calle principal, había mucha gente y en su mayoría eran musulmanes que se me acercaban para observar la bicicleta. Fue gracioso cuando, sentado en la calle bebiendo un cartón de leche, se me acercó un señor para darme una limosna, me eché a reír espontáneamente. Le dije que no la necesitaba, que me encontraba bien y que sólo estaba recuperando un poco de fuerzas y disfrutando del paisaje. El señor que me pareció bastante educado en seguida guardó su billete y se fue caminando con un poco de vergüenza.

No es la primera vez que me pasa. Para los africanos, comer algo sentado en la calle es una actitud propia de un mendigo.

Durante la época de la colonia, Keren fue un lugar estratégico para los italianos, prolongando hasta aquí la construcción del ferrocarril que unía Massawa con Asmara. Sólo este primer trayecto tuvo 30 túneles y 65 puentes.

En mi estadía conocí a Yassini, un señor mayor que aún recordaba los relatos de su padre. Según me contaba, en aquella época fueron realizadas grandes obras que sirvieron para el desarrollo del país, como la construcción de lo que hoy es la red nacional de rutas, eficientes sistemas de irrigación, así como muchos planeamientos y construcciones urbanas.

Pero también en el inicio de la colonia, durante las décadas del 20 y del 30, existió en Eritrea un sistema de discriminación similar al apartheid de Sudáfrica. Chicos italianos y locales eran educados en diferentes escuelas, con distintos libros y niveles. Los hombres locales no podían aprender ningún oficio, ni tampoco abrir su propio negocio. Solo podían trabajar como empleados para los italianos. También eran obligados a abandonar sus casas o sus mejores tierras para cultivar, guardando distancia de los lugares donde vivían los italianos; quien no obedecía la ley era detenido o, como muchas veces, asesinado sin causa.

En mi ultimo día en Keren pude conocer el “Camel Wood Market”, un antiguo mercado en el cual gente de todos los alrededores de la ciudad viene con sus camellos cargados de leña u otras mercaderías para vender. Incluso los mismos camellos se comercializan si alguien así lo desea.

Según me contaba la gente del lugar, los aldeanos venden la pila de leña en 50 o 60 nakfas, el equivalente a 3 u$s. Pero si alguien desea comprar un camello el precio a pagar ronda los 9.000 o 10.000 nakfas.

Me pareció caro, pero me explicaron que el camello no sólo es redituable para una persona, sino que para toda la población de la aldea, que al menos todos los lunes seguirán viniendo al “Camel Wood Market”

Si deseas conocer más acerca de mi viaje, consigue el Documental: Pedaleando el Globo