Km 143.010

Desde Perú, ingresé a Brasil por el río Amazonas. Tabatinga es la ciudad brasilera que comparte frontera con Leticia, Colombia y Santa Rosa, Perú. La zona es conocida como la triple frontera, una región caliente marcada por la violencia y el narcotráfico. Bajo un estricto control de la policía federal brasilera me embarqué hacia la ciudad de Manaos. Éstos barcos, que transitan el río Amazonas durante días, suelen llevar entre 200 y 300 pasajeros; en ellos no existen los asientos y apenas hay 3 o 4 camarotes a un precio caro para los viajeros. Por ello es casi un deber llevar una hamaca, a no ser que uno quiera viajar sentado en el piso. Basta con encontrar un lugar para colgarla. Lo sorprendente es cuando el barco parece estar lleno y sigue subiendo gente que cuelga su hamaca a tan solo 5 cm de uno, o en el peor de los casos encima, como me tocó en otro viaje. Y como en este tipo de embarcación no hay muchas reglas, aquella vez, mis opciones fueron: correr mi hamaca para otro lugar o aguantarme el viaje de varios días con el culo de mi vecino, prácticamente en mi cara. Yo elegí la primera.

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Al principio dormir en una hamaca puede resultar incómodo, aunque solo se trata de encontrar la diagonal; y cuando uno se acostumbra puede llegar a ser más relajante que dormir en una cama, porque al estar colgado no existe ningún punto de apoyo y la relajación es total. Durante mi recorrido por el nordeste brasilero siempre que tuve la opción de elegir entre una cama y la hamaca, me quedé con la segunda.

Los barcos brasileros son un lujo al lado de los barcos peruanos, porque son limpios, la comida es mucho mejor, en cantidad y en calidad y más seguros. En los dos barcos que abordé en Perú fui advertido a tomar cuidado de mi equipaje, porque durante las paradas nocturnas, mientras uno duerme, suelen robar.

Cuando llegué a Manaos me instalé en el departamento de Wesley, que contacté por internet. El buen tipo ni siquiera estaba en su casa, y aunque no me conocía, por medio de su primo me dejó la llave y su departamento a disposición, como si nos conociésemos de toda la vida. Durante unos días me quedé en la capital amazónica que tiene una población superior a los 2 millones de hab, y que no es amigable para los ciclistas, porque sus calles no disponen ni un espacio mínimo para pedalear, parecen una pista de carrera; una característica de las ciudades brasileras, la tierra del tan amado Ayrton Senna. Pero lo más duro en Manaos es la humedad que llega al 90 %. En esta ciudad, de ritmo frenético, uno traspira como si estuviese en un sauna. Ni en la playa de Ponta Negra, el principal balneario de la ciudad, me he sentido a gusto, el calor es asfixiante.

A dos días de barco la siguiente parada fue Santarém, situada en la confluencia del río Amazonas con el río Tapajós, éste último conocido por sus aguas cristalinas. A tan solo 30 km de la ciudad se encuentra Alter do Chao, un paraíso escondido; un pueblo de pescadores con playas de arena blanca y fina, que se forman durante la época seca, cuando el río Tapajós baja. Bellísimas.

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De allí, a unos 50 km y por camino de tierra se encuentra la reserva del Tapajos, un área habitada por poblaciones tradicionales cuya supervivencia se basa en la agricultura de subsistencia, la caza y pesca. Tras otros 50 km, en los que tuve que arrastrar la bicicleta como una mula llegué a Piquiatuba, donde me instalé por unos días para conocer la región. Zezinho, el jefe de la comunidad, me habilitó las galerías de la casa de huéspedes para colgar mi hamaca que tiene como proyecto ser reestructurada para recibir turistas algún día. Según me explicó Zezinho, en la reserva existen más de 20 comunidades que albergan entre 1000 y 1200 familias que tienen como objetivo proteger su cultura y forma de vida, asegurando el uso sustentable de los recursos naturales. De esa  manera presencié la colecta de la mandioca y el proceso para la elaboración de la farofa, el acompañamiento tradicional y típico de la cocina brasileña, que muchas familias suelen producir en cantidades mayores para su venta. También salí a pescar en canoa y con redes; y fui agasajado con quirquincho a la parrilla y a la cacerola, que estaba una delicia. Durante aquellos días Zezinho se encargó de mostrarme que tan poco se precisa para vivir dignamente cuando la naturaleza es generosa.

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Desde la provincia de Pará mi recorrido por el nordeste brasilero siguió hasta Maceió, casi siempre por el litoral con mucho viento en contra y por ello, dolor en las rodillas. Pero la dificultad mayor la encontraba a la hora de buscar un lugar para dormir. En varias ocasiones me acerqué a estancias donde pedí permiso para acampar, y fui rechazado. La gente tiene miedo y ya no me pareció tan hospitalaria y alegre como en el año 99 cuando desde Maceió regresé a Argentina de bicicleta.

Aunque la inestabilidad política del gobierno por los casos de corrupción y el retroceso en la economía son las preocupaciones principales de los brasileros, la violencia no es un tema ajeno. Renato, un camionero que me invitó a almorzar en una de mis paradas me contó al respecto: “El nordeste brasilero que cuenta con más de 50 millones de personas y representa casi la tercera parte de la población del país, es la región brasileña con la más baja renta per cápita y los peores niveles de pobreza, aparte de tener la tasa más alta de desnutrición”.

Brasil está en crisis, y el país entero está dividido, en todos los niveles sociales. Durante aquellos días cientos de miles de personas marchaban a favor y en contra del juicio político a Dilma, por el uso de fondos de bancos públicos para cubrir programas de responsabilidad del gobierno, conocido como “las pedaleadas fiscales”. Hugo, un abogado retirado y en contra de la medida, me dijo al respecto: “Maniobras contables siempre han sido usadas por distintos gobiernos. Desde que Dilma fue reelecta sus opositores buscan una forma de terminar su mandato, es muy deshonesto plantearlo de esta manera. Es como si fuese un golpe de estado. Nunca hubo un movimiento político tan grande en Brasil, y esto es motivado principalmente por los medios, que se alinean con la oposición. También están los brasileros que no simpatizan con ningún partido político, y que quieren ver en prisión a todos los políticos acusados de corrupción. La limpieza en la política se inició con el escándalo de corrupción de Petrobrás, una de las más grandes empresas estatales de América latina que llevó a prisión a más de una centena de políticos y empresarios. Eso si me parece bien”. añadió.

Durante mi recorrido por el nordeste elegí detenerme en algunos de los lugares mas famosos y bonitos de Brasil, como Jericoacoara, Canoa Quebrada, Pipa y Porto de Galinhas, pero como ya los conocía no me intereso quedarme muchos días, solo quería  llegar a Maceió, el lugar de donde partí para dar la vuelta al mundo en 1999.

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Finalmente el 30 de diciembre de 2015 llegué a Buenos Aires bar donde me esperaban un par de medios de prensa, y cinco amigos, el resto fue llegando de a poco. No fue una llegada gloriosa, como uno se la podría imaginar, la mayoría de las personas que transitaban por allí no sabían ni quién era, ni de donde venía, apenas me miraban como suelen mirarme en tantos lugares. De todas maneras, para mi fue emocionante, porque estaba concluyendo un proyecto maratónico, tras más de 14 años (no cuento el año y medio 2000/01, que pasé organizando el viaje) y 146.000 km pedaleados.

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Finalmente había concluido mi sueño: dar la vuelta al mundo en bicicleta. Bien Pablito, lo hiciste!

Pero el viaje aún no termina, porque aún me resta pedalear de vuelta hacia Argentina. Para ello, atravesaré Bolivia, Chile y llegaré hasta Ushuaia y luego iré hasta Misiones y de allí en dirección Buenos Aires. Son otros 15.000 km que si Dios quiere terminaré en Septiembre de 2017. Vamos Pablito!!!!!