Km 14.568

Swaziland es una pequeña monarquía que limita con Sudáfrica y Mozambique.
Este diminuto país, de apenas 400 kms. de extensión y paisaje montañoso, posee rasgos similares a su vecino Sudáfrica.

Pasé por Manzini, una de las ciudades más importantes, donde me detuve a realizar trámites. Dejé mi bici en el albergue de Matsapha para movilizarme mejor. Así mismo, con un bolso en mano, fui advertido tres veces por gente del lugar sobre mi ingenuidad al caminar tan despreocupado. Aquí, como en muchos lugares de Sudáfrica, es recomendable no circular de noche por las calles: ser blanco y turista es algo que no ayuda

Pude encontrar varios bancos, pero todos ponían dificultades a la hora de cambiar cheques de viajero, lo cual me obligó a pensar sobre el resto de mi viaje por estas tierras.
Completé mi excursión en la ciudad con un poco de internet – cada vez mas difícil de encontrar – y ya mas tarde, antes de que cayera el sol, me dirigí como un soldadito al hospedaje donde comencé con los preparativos para volver a las rutas.

Indios Swazi

Continuando con la pedaleada me detuve en una aldea llamada Mantenga Swazi, unas pocas decenas de chozas esparcidas en un pequeño valle sobre la orilla del río. Al caminar por esas callejuelas tuve la sensación de estar dentro de una película. Sus grandes laberintos me hacían perder la noción del espacio por donde transitaba.

Pese a que su dialecto es el swazi encontré a Xahama, con quien conseguí comunicarme en inglés.

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Me sorprendió la cantidad de monos que me crucé llegando a la aldea. Más tarde descubriría que los monos a la cacerola eran el plato favorito de Xahama. Cuando él me describió cómo los cazaban a piedrazos en la cabeza, comencé a alucinar que en ese poblado perdido podría pasar a ocupar yo también, una de sus enormes cacerolas.

La gente del lugar, vestida con cueros de animales y portando lanzas y escudos en sus manos, me insistió en que vistiese sus ropas. Me contaban que como todo africano el triunfo de un padre de familia es tener muchas hijas. Sus costumbres consistían en cederlas al matrimonio a cambio de vacas. Pero el cambio en Mantenga Swazi estaba más caro que en Zululand: mientras los zulúes pedían 11 vacas por una mujer sin hijos, aquí las cotizaban a 17. Sobre la tarde comenzó a llover, lo cual me obligó a pedirles albergue hasta el otro día.

Enseguida la lluvia comenzó a inundar los corredores de la aldea y debí refugiarme en una de sus chozas. Así pude apreciarlas por dentro: son construcciones artesanales sólo de paja y ramas flexibles, y tardan más de 30 días en construirlas con sus propias manos.

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La gente Swazi vive de sus cultivos y bajo un régimen monarquista. Al igual que sus antepasados, practican la astrología y la hechicería. También poseen su Sangoma quien oficia en medicina y trabaja sobre la fortuna y el futuro. Al anochecer compartimos la cena y aún con mucho hambre me acosté en otra de sus chozas, anhelando que la lluvia, al día siguiente, me dejara continuar.

Si deseas conocer más acerca de mi viaje, consigue el Documental: Pedaleando el Globo