Km 153.100

Tras más de 15 años pedaleando por todos los continentes, ingresé a Argentina totalmente emocionado. Por fin la vuelta al mundo en bicicleta me regresaba a mi país, aunque en muy mal estado de salud debido al último trecho que había atravesado en Bolivia. Allí recorrí más de 500 km, entre los 3600 y 5000 mts de altitud, con temperaturas que llegaron a 15º bajo cero. Debido a la comida y el agua que llevaba la bicicleta nunca pesó menos de 90 kilos, por ello me la pasaba arrastrándola. Los caminos eran terriblemente malos, una mezcla de arena y piedras, en los que muchas veces no podía superar los 30 km diarios. Bolivia me exigió al mango, como si hubiese tenido que superar una última prueba antes de regresar a mi país.

El frío había cortado mis manos, principalmente la derecha que era la que más utilizaba, tenía mas de 30 tajos y me sangraba diariamente. Al llegar a Jama, el pueblo fronterizo entre Chile y Argentina, me fui a una sala de primeros auxilios, donde me hicieron una cura: me limpiaron las manos con desinfectante y me untaron con crema cicatrizante, luego me colocaron guantes de goma que debía conservar el día entero. La misma cura la repetí durante cuatro días, primero en Jama, y luego en el hospital público de Susques, la primera ciudad argentina donde me detuve. La atención siempre fue gratuita, porque en Argentina existe la salud pública, aunque a veces el servicio pueda ser complicado. Debido a que allí no contaban con variedad de medicamentos y que en ninguna de las dos poblaciones había farmacias compré en una tienda de ropa mentisan y grasa de mula, para aliviar el herpes oral y la tos, según me aconsejaron.

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Al llegar a San Salvador, la capital de la pcia de Jujuy, fui al hospital público Pablo Soria. Llegué a las 5.30 a.m. para hacer fila. A las 6.00 am, me dieron un número y a las 7 abrieron las ventanillas para hacer los trámites, en mi caso, por ser la primera vez en ese hospital, me hicieron un ficha.  A las 8 comenzaron a atender los médicos, aunque el mío avisó a las 8.30 que no llegaría. Demoraron una hora para notificarnos que no había médico para sustituirlo, por ello, 9.30 am nos informaron que podíamos pasar el turno para la tarde o el día siguiente. Al final me compré otro jarabe para la tos  y preferí seguir viaje.

Diez días después fui a una clínica privada en Salta, y el médico me diagnostico principio de bronquitis, por ello me dio dos desinflamatorios, uno para los bronquios. Como no mejoré a las dos semanas regresé a un hospital público, pero esta vez en Tucumán y de noche. Mientras salí a tomar aire un momento, llegó una ambulancia escoltada por al menos 20 policías, el paciente era un preso acusado de asesinato, que según me informaron había sido herido de cuchillo. No se cómo, pero enseguida llegaron los amigos y familia de la víctima del preso. El caso fue conocido en toda la pcia por la brutalidad en la que el hombre acuchillo a su pareja. En cuestión de minutos se armó un escándalo: un grupo de hombres y mujeres intentaron ingresar al hospital buscando al asesino, hubo corridas, empujones y agresiones, y la policía cerró  la puerta del hospital, y yo quedé afuera. La escena se volvió violenta y tuve que irme. “Bienvenido a Argentina”, pensé. Aunque lo que sucede aquí no es mucho menos de lo que sucede en Brasil, Colombia, Venezuela, Honduras, El Salvador o México. Esto es Latinoamérica. Armado de paciencia en la mañana regresé al hospital Padilla y por fin me atendieron en sala de emergencia. La sala no era mayor a los 12 metros cuadrados y al entrar ya había 10 pacientes, luego llegó un hombre con principio de paro cardíaco, una mujer embarazada con dolor, y otras dos personas que debieron tomar suero. Ya no había espacio pero seguían entrando personas y el equipo médico seguía atendiendo, a todos al mismo tiempo. La mayor virtud de la médica, así como la de los enfermeros, no era el conocimiento científico sino la compasión que tenían por cada una de las personas que estábamos ahí dentro. Aquello era una verdadera muestra a la vocación. Sentí admiración por ellos y los felicité por su trabajo. Y me dio la sensación que el reconocimiento de sus pacientes es lo que les da fuerza para seguir adelante. Finalmente, me hicieron una radiografía y una tomografía computada; la doctora me diagnosticó bronquiotacsis y me medicó con un antibiótico para los bronquios y broncodilatador; y a los diez días por fin me curé.

Conversando con uno de los enfermeros sobre el episodio de la noche anterior supe que en la sala de emergencia deben mantener la puerta cerrada porque muchas veces los familiares de los pacientes llegan armados y los amenazan. Por ello el hospital cuenta con policías las 24 hs para brindar protección a los médicos.

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Siguiendo mi viaje hacia el sur, atravesé las pcias de Santiago del Estero, Catamarca y la Rioja. Cuando atravesé la pcia de San Juan, corría el mes de Diciembre de 2016 y soplaba el zonda, un viento seco y cálido que por momentos me llevaba a una gran velocidad. Para la 1.30 pm llevaba 110 km. Llegué a Mayares, una pequeña población con algunas casas y apenas un negocio donde pude comprar pan y fiambre para almorzar. Mi velocímetro marcaba 44ºC de temperatura. Estaba exhausto y furioso por no encontrar una sombra donde resguardarme. En la población entera no había siquiera un arbolito. De repente aparecieron unos tipos de moto, les pregunté por los km que faltaban para la próxima población, pero sabían menos que yo, y a uno le contesté mal: “para que hablas si no sabes, es mejor decir no se”. De no haberle pedido disculpas podría haber recibido una buena golpiza y hasta podrían haberme robado, porque los tipos eran 5 y el lugar era un pueblo fantasma.  El cansancio, el calor y la falta de un lugar donde descansar me hizo perder el control. Así, enfurecido conmigo mismo, comí mi sándwich y seguí pedaleando otros 40 km en búsqueda de una sombra donde descansar.

A las 15.30 llegué a Bermejo, otro pueblo fantasma sin árboles. Me detuve en el control policial e imploré por agua y un  lugar donde cobijarme. La temperatura era de 47ºC. El oficial de tránsito enseguida me invitó a pasar a la casilla. El lugar era lamentable, las paredes estaban totalmente venidas abajo, no había ventilador ni heladera. Según me contó el oficial los mosquiteros que estaban en las ventanas para protegerse de las moscas los habían comprado e instalados ellos mismos, porque desde la central de tránsito no se los tenía en cuenta. “La comida y el agua que recibimos para alimentación durante los turnos de trabajo no es suficiente, debemos comprarnos y muchas veces tenemos que compartirla con los vecinos, porque aquí en Bermejo el agua no es potable”, me dijo. Sentí pena cuando al pedirle agua para seguir pedaleando, el oficial me cargó media botella; seguramente fue porque ya me había bebido un litro y medio. Aquella tarde me hice una siesta en el galpón de chapa vecino a la garita. Me sentí como en un sauna. Finalmente pedaleé hasta Vallecito, y completé 192 km en el día, los últimos 20 con fuerte viento en contra y en subida. Estaba destrozado y con las rodillas doloridas.

3Según me contaron en Vallecito no viven más de 500  personas, pero debido a que allí se encuentra el Santuario de la Difunta Correa, visitan el pueblo más de 500.000 personas por año. Allí conseguí donde ducharme y comer un buen plato de comida. Pero no encontré cuarto para una persona, por ello me tiré a dormir en la carpa en el área de picnic, que apenas tenía una familia acampando. Pero al rato llegaron varios vehículos, y el lugar se convirtió en un club. Familias enteras llegaron para tomar mate y conversar, algunos jugaban a la pelota y otros ponían música. Era medianoche y comencé alterarme otra vez, pero esta vez fui más inteligente, conté hasta 10, desmonté mi campamento y me fui a acampar en un descampado por detrás de la gasolinera.

Durante mi recorrido por el norte del país me recibió gente en cada una de las pcias, también algunos hoteles me brindaron alojamiento gratis, como el hotel Huacalera en Jujuy, Hotel Los Sauces en Cafayate, Cabañas No me Olvides en Tafí del Valle, Hotel Bristol en Termas de Río Hondo, Hotel Savoy en Santiago del Estero y el Hostel Punto Urbano en Mendoza. También en cada una de las pcias contacté los medios de prensa, me hicieron notas en más de 30 medios, entre ellos los principales periódicos, los canales de TV y radios. Siempre creí que si salgo en los medios de comunicación tendría más chance de conseguir un patrocinador. Pero esto aún no sucede en Argentina

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Contacté a varias empresas privadas, a la Secretaría de Deportes de la Nación y hasta el Ministerio de Transporte, cuyo Ministro fue el responsable del área de transporte en la ciudad de Buenos Aires en el último Gobierno y encargado de desarrollar la red de ciclo-vías aumentando el uso de la bicicleta. De todas las puertas que golpeé muchas no contestaron, y los que si, se disculparon justificándose de la crisis económica que vive el país. Paradójicamente son las mismas respuestas, que durante todos estos años, recibí cada vez que me acerqué a una empresa argentina.
Y me duele. He conseguido buenos patrocinadores en los países más pobres del mundo, Mozambique, Etiopía, República Dominicana entre otros, y aquí de vuelta en mi país no encuentro a quien me extienda el brazo para cerrar ésta historia única en Argentina.

Hay un dicho que dice, “Nadie es profeta en su tierra”. Será así?

Si deseas conocer más acerca de mi viaje, consigue el Documental: Pedaleando el Globo