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Cuando ingresé a Haití, sentí como que estaba en África. La población es afrodescendiente, sin excepción. Las calles son un desorden, están en mal estado y el calor es abrazador. Ingresamos por Juana Mendez, la ciudad fronteriza situada en el norte del país. Eran las 10.30 am, y ya habíamos presenciado el ingreso de al menos 5000 haitianos a República Dominicana, que habían cruzado la frontera para vender sus productos. Era lunes y era día de mercado en Dajabón, al mejor estilo africano. La gente ingresa con carretillas o con inmensas bolsas sobre sus cabezas, que rebalsan de mercadería. Era como ver una manada de ñus que en época de lluvia migran en búsqueda de pastos verdes. Eran miles de haitianos que apretujados se lanzaban a su país vecino con la esperanza de lograr al menos una venta. Seguramente que muchos también tratarían de filtrar el cordón militar y quedarse en República Dominicana.

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La inmigración clandestina haitiana se ha vuelto un problema serio en República Dominicana. Organizaciones que estudian el tema estiman que en la actualidad viven más de un millón de haitianos, entre inmigrantes y personas nacidas en territorio dominicano, lo que representa más del 10% de la población. Es una inmigración extremadamente pobre y muchos dominicanos los relacionan con la delincuencia, el hacinamiento y el desempleo. 8 de cada 10 personas dominicanas nos hablaron mal de Haití y de su gente. Lo absurdo era que nadie había visitado este país.

Haití tiene el ingreso per cápita más bajo de todo el hemisferio occidental, y según el Índice de Desarrollo Humano de la ONU es el país más pobre de toda América. Tuve muchas dudas de venir a Haití, porque no hay turismo independiente y porque pedaleando por sus rutas no sería más que un gringo vulnerable para el atraco. Me preguntaba hasta que punto merecía la pena arriesgar mis pertenencias y equipo de trabajo por el solo hecho de visitar otro país. Haití no es el mejor lugar para ir a pedalear solo, pero me encontraba con mi amigo Fernando, que había viajado desde Argentina para acompañarme en esta etapa.

Pero Haití no es un país más, sino el primer país de América Latina en conseguir su independencia, y el primer caso en la historia en el que la rebelión de un pueblo alcanza la emancipación y la abolición de la esclavitud. Y por ello me pregunté: ¿Por qué en la actualidad es uno de los países más pobre del mundo?

01-marcMi amigo Marc, un haitiano que al momento de conocerlo preparaba su tesis en Administración de Empresas en República Dominicana me dio su opinión: “Durante la época de las colonias al igual que en otras islas del Caribe, la isla de Santo Domingo fue explotada en su máximo potencial. Corría uno de los períodos de la humanidad donde más explotación había, a nivel humano y a nivel recursos naturales. La mano de obra era toda proveniente de África, de diferentes lugares, de diferentes lenguas, culturas. Esta diversidad de gente se fue encontrando en un mismo pedazo de tierra y con el tiempo nació un nuevo idioma: el creol y con él una nueva identidad, con nuevas y profundas ideas. Sus líderes primero Toussaint Louverture y luego Jean-Jacques Dessalines llevaron a Haití en el año 1804 a ser el primer país libre de esclavitud e independiente. Pero los blancos dominaban el mundo y no podían consentir la existencia de una nación gobernada por ex-esclavos porque representaba una amenaza para sus propios sistemas esclavistas. Por ello durante 20 años Haití sufrió un bloqueo comercial promovido por Francia, EE.UU y las potencias europeas. Fue un abandono total de parte de la comunidad internacional, para ponernos las cosas más difíciles. El reconocimiento de la independencia Haitiana y el levantamiento del bloqueo se condicionó al pago de una enorme indemnización a Francia, por la que nos endeudamos con ellos. Aquel fue el primer crédito contratado que sometió al país a una creciente deuda externa. También hemos sufrido desde nuestra independencia conflictos internos, el asesinato a nuestros líderes y la corrupción. La historia nos ha puesto en un camino de explotación de recursos naturales, y nosotros hemos seguido ese camino hasta el presente, obteniendo cada vez más leña y madera, lo que provoca la erosión del suelo y una gran escasez de agua potable. 7 de cada 10 haitianos dependen de la agricultura de subsistencia y eso es lo que los mantiene con vida”.

Al llegar a la frontera, Fernando y yo decidimos aceptar el ofrecimiento de Carlos y Juan, dos ingenieros dominicanos que nos recibieron en Santo Domingo y que habían trabajado en Haití. En Dajabón, la ciudad fronteriza dominicana, nos esperaba su persona de confianza: Alexis, que trabajaba en suelo haitiano en un proyecto de plantaciones de bananas. Al conocer nuestra historia Alexis se convirtió en un entusiasta de mi proyecto y nos encargó a dos motociclistas para que nos oficien de traductor, guía y en el peor de los casos: guardaespaldas. Las protestas callejeras de ese mes ya habían dejado cientos de heridos y siete muertos, siendo uno de ellos, un casco azul de Chile.

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Nuestros compañeros de viaje eran Leframe y Bruno que tras llenarles los tanques de sus motos y ponernos de acuerdo en el precio por su trabajo, partieron detrás nuestro. Cuando dejamos Juana Mendez comencé a sentirme como un ganso, era la primera vez en 13 años de viaje que llevaba escolta por elección propia. Pero a medida que nos fuimos adentrando en el país comencé a notar en el mirar de las personas cierta antipatía hacia nosotros. Éramos dos extraños, la gente no está acostumbrada a ver turistas, nos miraban como si fuésemos intrusos, como preguntándonos: ¿que están haciendo acá?

La Citadelle Laferriere era nuestro destino, la fortaleza más grande del continente, testigo de la única revolución exitosa de esclavos en la historia.

Aquella tarde llegamos a Milot, el último pueblo que existe camino a la Citadelle. Allí había solo un hotel, a precio europeo y nos resultó carísimo. Por ello Fernando y yo nos dirigimos al Batallón Chile, fuerza conjunta Ejército – Armada, en Cabo Haitiano, donde pedimos permiso para acampar. Pero allí nos recibieron como verdaderos compatriotas, nos brindaron un cuarto con aire acondicionado, colchón, mantas y nos invitaron con la cena y desayuno.

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En la mañana dejamos nuestras bicicletas y de moto con Leframe y Bruno, nos fuimos a la Citadelle. Patrimonio de la Humanidad, la Citadelle Laferriere fue construida justo después de la independencia, bajo las órdenes del rey Henri Christophe a comienzos del siglo XIX para defender el interior del país ante un retorno de los franceses. Llegar a la fortaleza es una iniciativa ambiciosa para cualquier persona. El viaje desde la ciudad de Milot al pie de la fortaleza es el primer obstáculo a superar, imposible llegar allí de bicicleta. El camino empedrado, estrecho, de curvas cerradas y demasiado empinado cubre 700 mt de desnivel en un tramo de 5 km. Cientos de obreros y algunas maquinas trabajan con la esperanza de que llegue el turismo, pero también impiden el paso de cualquier vehículo, excepto las motos y los caballos que ofrecen los guías locales en el pueblo. Leframe y Bruno conducen sus motos de forma espléndida. Fernando y yo sufrimos más que ellos por el desgaste de sus vehículos en ese camino y por ello a la hora del pago, son recompensados.

Al pie de la fortaleza nos encontramos con guías locales que ofrecen su servicio y otra vez caballos para subir por un sendero más empinado, que culmina en el tope de la montaña, a 900 mts de altitud. En nuestro caso solo contratamos a Philippe y por ello trepamos durante 45 minutos bajo un sol infernal. A pesar de que no era necesario, nuestros guardaespaldas fiel al encomiendo de Alexis no se separaron de nosotros y treparon aquel terrible sendero también. Nuestra relación ya no era como el primer día, apenas laboral. Fernando y yo empezamos a estimarlos, y creo que ellos también.

Llegamos todos exhaustos pero semejante esfuerzo tuvo recompensa, el lugar es asombroso con una vista espectacular del valle circundante, varios pueblos y el mar. Y durante el recorrido por la fortaleza Philippe que habla 4 idiomas, entre ellos el español nos contó: “La fortaleza fue construida por 20.000 hombres durante 15 años y fue planteada para albergar a 5000 soldados por un año completo. Existen 365 cañones y miles de balas de cañón. Los cimientos del edificio fueron construidos sobre la roca y sujetados con una mezcla de cal, melaza y la sangre de las vacas y chivos. Estos animales eran sacrificados derramando su sangre sobre las paredes en construcción para que los dioses vudú proporcionasen poder y protección. Tal vez es esa protección la que le ha permitido resistir varios terremotos desde su construcción”.

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Haití fue el único país que nació como resultado de una revuelta de esclavos. Para los haitianos la Citadelle Laferriere es un símbolo de la lucha por la libertad, de triunfo y de lo que podríamos alcanzar si nos uniésemos en vez de luchar entre nosotros”.

Fernando y yo dejamos el país contentos. Visitar Haití había sido una buena elección, y contratar a Leframe y Bruno también. De no haber venido aquí, seguramente que a la hora de hablar nosotros también estaríamos cegados.

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Info: Te de contacto de Leframe Almonor para organizar un tour: 4257-3165 o 3749-1176