Km 39.970, camino a Madrid

Desde Santiuste regresé a Segovia, y de allí, pese a que era media tarde encaré la sierra de Guadarrama por el puerto de Navacerrada, de 1860 mts de altitud. Y fue una locura; aquel día acabó siendo el día más frío de mi vida.

Cuando llegué al puerto era final de la tarde y como no llevaba mis guantes puestos debido a que estaban húmedos por la lluvia y la transpiración de los días anteriores, tenía mis manos congeladas. Y mis pies estaban peor que mis manos. Tal era el frío que cuando abrí mi botella térmica noté una capa de hielo en el agua; era increíble. Sin tiempo a perder me abrigué otro poco, vistiendo un buzo, el gorro de lana y los guantes húmedos. Y aprovechando la última luz del día decidí bajar los 20 km restantes para llegar a Collado Mediano, donde dormiría en la casa de otro amigo, Mariano.

Pero que duro fue. Bajé a una velocidad de 40km/h, los frenos de mi bici estaban muy gastados y los apretaba por instinto porque el viento y el frío me hicieron perder la sensibilidad de mis manos y también la de mis pies. En ese momento supe que podía perder el control de mi bicicleta, por ello no paré de rezar.

Cuando llegué al primer pueblo, me detuve porque había errado el camino. ¡Maldición!!! Recuerdo que no pude quitarme los guantes con las manos, tuve que hacerlo con los dientes, y cuanto que me demoré en abrir el bolso para agarrar el mapa, mis manos estaban heladas.

Entonces comencé a saltar y a mover el cuerpo, corrí como un loco, de un lado para otro, hasta que un hombre apareció y me indicó el camino. Tuvo que hacerlo tres veces, porque no le entendía, estaba temblando desesperadamente y no conseguía coordinar mis sentidos. El hombre estaba asombrado y me dijo: “eres un loco tío, pero tienes que tener unos cojones terribles, cruzar ese puerto, a esta hora y con temperatura bajo cero…”

Y no me quedaron dudas, soy un maldito loco pensé.

Sin tiempo a perder me subí a la bici y continué cuesta abajo, rumbo a Collado Mediano. Pero por suerte, enseguida me topé con una gasolinera, donde me detuve y me tomé tres chocolates calientes. El empleado que me vio bajar de mi bicicleta y notó cierta dificultad en mi habla no se demoró en atenderme. Luego de algunos minutos, mejoré un poco y pude seguir otros 15 minutos más.

Finalmente llegué a Collado Mediano agradeciéndole al que manda. Nunca había pasado tanto frío. Había sido el día más frío de mi vida. Y por primera vez en mi vida sentí como alguien puede morirse de frío.

Llegué a Madrid el 23 de diciembre de 2004, justo para pasar las fiestas con mi hermana, mi cuñado, mi sobrino y mis viejos. También me encontré con Oli, un amigo de toda la vida, a quien no veía desde hace 5 años.

Y brindo por ellos, y por otro año de viaje, pero con menos lluvias y menos frío.

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